lunes, 6 de abril de 2020

Nos va la vida en ello




Se nos ha ido Luis Eduardo Aute. El tiempo, inexorable, nos despoja de referentes importantes en nuestra vida. Aute lo fue en la mía. Renacentista multidisciplinar en una época que salía de un tiempo oscuro y con un ansia de libertad…que venía con hambre atrasada. Poeta, pintor, escultor, músico, compositor, cantante -por presión de sus poemas- cineasta y, sobre todo, enamorado de la vida y del amor. Su música nos acompañó a lo largo de los años. Y como solo sucede con los grandes, algunos temas, por sí solos, justifican toda una carrera. Nos ha dejado en tiempos difíciles y duros. Sin poder despedirnos ni darle un emocionado adiós. Como llevando al extremo esa discreción que fue siempre la expresión de su elegancia. Quizás mañana, al alba, nos vuelva a decir…que no todo fue naufragar/ por haber creído que amar/ era el verbo más bello. Que nos lo repita una y mil veces. Nos va la vida en ello.

04.04.2020
D.E.P.


viernes, 31 de enero de 2020

Habitación vacía con escarpia


La habitación estaba vacía y era difícil concluir cuánto tiempo llevaba así. Esa indeterminación trasmitía un cierto halo de soledad, de abandono voluntario o forzado. Los suelos, de baldosa de barro cocido, aún desprendían un cierto cuidado que mejoraban la impresión inicial. A mano derecha, un balcón alto con puertas de acceso de estructura de madera y saetinos de vidrio, dejaba pasar una luz que se proyectaba sobre la pared de enfrente en la que había una solitaria escarpia. Por las características de la vivienda no era fácil que esa pared fuera de pladur, ese material empleado en las restauraciones y que apenas requiere taladro; un destornillador y un golpe de martillo son suficientes para poder insertar un taco que al recibir la escarpia se abre por dentro y asegura un cierto grado de firmeza. No, esa escarpia daba la sensación de solidez, de haber soportado algo importante o de peso. Golpeé con los nudillos para comprobar su dureza y asegurarme de que ese tabique era sólido; de esos que necesitan un taladro e incluso percutor cuando encuentra un ladrillo cruzado y que pueden precisar hasta la ayuda de algún punzón que lo quiebre. Esa escarpia estaba enhiesta, firme, como retando cualquier prueba. Quise, curioso, comprobar si era de clavo o tornillo y, con un pañuelo para no dañarme los dedos, forcé el giro a la izquierda y, aunque evidenció una notable resistencia, conseguí la media vuelta que me confirmó que era de rosca. La volví a su posición inicial y mientras elucubraba sobre el marco, mueble, estante, percha o cualquier objeto al que había servido, observé una tenue grieta que partía de la parte inferior. Sentí el leve daño que había sufrido y como si me preguntara el porqué de aquella prueba. Quise darle una utilidad temporal y colgué en ella mi gabardina del pequeño pasador interior del cuello y que, normalmente con el logotipo de la marca, sirve para esos menesteres. De repente, adquirió otra dimensión y transformó toda la estancia. El vacío se había roto y las sombras que la luz proyectaba por los pliegues de mi prenda la llenaron de significado e importancia. La escarpia, sobresaliendo, se mostraba orgullosa y me contagiaba su satisfacción. Seguramente, había sido testigo mudo de intensas e importantes vivencias. Lentamente, continúe la visita por la vivienda observando los detalles de cada una de las habitaciones, la calidad de los materiales, lo adecuado de la distribución y el estado general. En la mayor parte se apreciaban las huellas de los muebles ausentes y su disposición por los antiguos moradores; y eso que la agencia había hecho un buen trabajo de acondicionamiento. Solo se habían dejado la escarpia. Mientras revisaba con el agente los planos, condiciones, vecinos, gastos y detalles varios, volvimos a la habitación inicial de la visita y le manifesté que estaba dispuesto a hacerme con la propiedad. Entonces, el vendedor me preguntó que qué era lo que más me había gustado de la casa: pues todo, le contesté, pero especialmente la habitación de la escarpia. Esa escarpia solitaria. Me miró, interpretando ironía en mis palabras y me dijo que antes de la entrega la arrancarían, cubrirían esa pequeña grieta y alisarían la pared. No, no lo hagan, por favor. Le repito que es lo que más me ha gustado de la casa. No toquen esa escarpia.

lunes, 20 de enero de 2020

Bailar en la oscuridad



Nos propone el taller de escritura al que asisto los martes, una incursión en el mundo interior de una persona que, o bien es ciega de nacimiento o pierde la vista a lo largo de los años. Desde el primer momento no me pareció un tema fácil y procuré documentarme de diversos modos, hasta encontrar la deslumbrante película de Lars von Trier “Bailar en la oscuridad”. No estoy seguro de que lo que sigue obedezca plenamente a la tarea encomendada, pero mi tendencia libertaria antes que cualquier formalidad me impulsa, en este caso de manera entusiasta, a expresar el enorme impacto que esta película me ha producido. De entrada y casi concluyendo diré que nos encontramos ante una obra maestra del cine. Una película deslumbrante, conmovedora y tan hermosa como perturbadora. 

Selma (Björk) es una obrera, madre soltera e inmigrante checa en un pueblo del la América profunda. Trabaja hasta la extenuación, y ahorrando dólar a dólar, con el fin de que su hijo Gene sea intervenido quirúrgicamente y evitar la ceguera hereditaria que, de no ser tratada prontamente, sufriría como ella que ya se ha acostumbrado a un mundo de oscuridad. En ese mundo de sombras, von Trier y la maravillosa Björk componen un bellísimo musical en el que se desarrollan todas las ilusiones y sueños de nuestra protagonista; con cada sonido de una máquina, de unos zapatos, de un lápiz deslizándose en el papel, de un cristal, de las vías de un tren, del viento en los campos, se compone un espacio onírico subyugador que le permite sobrellevar, día a día, la poca luz que la acompaña y evadir la realidad del mundo que la rodea. Selma busca la música en la cotidianidad, donde se esconde y trata de sentirla. Todo termina por abrirse al mundo de la música. Todos los sentidos se reducen al auditivo, sentido que constituye, junto al bienestar de su hijo, su razón de ser. Todo lo que vemos ella lo siente a través de la música. Contrapuntos del sonido y la ceguera, son la bondad y la crueldad, la verdad y la mentira, la risa y el llanto.  Y son la fantasía de las canciones y números de baile de sus musicales favoritos los que la transportan a un mundo amable y bello “porque en los musicales nunca pasa nada malo”. 

Y, sin embargo, pocas historias más desgarradoras, durísimas, tristes y a la vez bellísimas nos ha regalado el cine como la de 'Bailar en la oscuridad' que, al tiempo, es un hermoso canto a la vida en su plenitud más gloriosa. Una concatenación de sucesos la conducen irremediablemente a un trágico final, evitable si accede a renunciar, incluso temporalmente, a la razón de su vida. Selma no atienda a ninguna lógica que no sea impedir que su hijo sufra su mismo mundo de sombras, y su trágico destino es consecuencia de su indolente actitud que da prioridad a sus emociones y valores por encima de su propia supervivencia. Pero es fácil comprender que el alma pura del personaje nos coloca ante una hipérbole trágica, un poema lírico, que enfrenta el egoísmo, la carencia ética, y la clara condena de la doble moral de la sociedad norteamericana. 

'Bailar en la oscuridad' es una delicia sensorial y un durísimo golpe en el alma. El final de la película hiela la sangre y agita tu corazón con unas imágenes desgarradoras y un silencio, ahora sí, ensordecedor. Y sin ser un bienintencionado y previsible alegato al uso, nos golpea con esas imágenes de la indignidad humana que supone la pena de muerte.
Todavía conmocionado.

viernes, 17 de enero de 2020

Mi cazadora de aviador



Siempre quise una cazadora de aviador, pero no había encontrado el modelo adecuado. Casi todas y siguiendo la tendencia respondían a la estética de motorista.

 - Ahora que estamos fabricando en el nuevo taller prendas de piel para la colección de mujer, me gustaría hacérmela a medida, les dije a Ismael, director del equipo de diseño que formaban junto a Ana y Maite.
 -Pues creo que aún guardo algunos bocetos y fotos de mi etapa en Burberrys, me dijo Ana.
- Ya me los enseñarás, pues me cuesta bastante encontrar lo que quiero -le dije- y la idea la tengo clara. Tiene que parecerse a las que llevaban los pilotos de la RAF inglesa o los de la Luftawe alemana en la segunda guerra mundial. A ver si en Nueva York encontramos algo.

Desde al año 2000 no habíamos regresado a la ciudad que solíamos visitar en busca de modelos a copiar o ideas inspiradoras para trasladarlas a nuestra colección. La tragedia de las torres gemelas y el triste pálpito vital posterior, unido a las incomodidades de los múltiples controles y dificultades, habían desaconsejado ese regreso a una ciudad en la que había disfrutado tanto -Maite no la conocía- con Ana e Ismael. Pero nos decían que las cosas, dos años después, ya se habían normalizado y, aunque no conseguimos vencer la pereza de Ismael, marchamos los tres, como siempre, ilusionados. Maite soñaba con subir a lo alto del Empire State y contemplar las maravillosas vistas de la ciudad. Ana y yo ya habíamos estado y aprovechamos una mañana en la que ella no se encontraba del todo bien, -un leve catarro- para dejarla en el hotel y acompañar a Maite en esa visita.  Todo había cambiado. Lo que antes era sencillo y fácil se había convertido en esperas interminables, controles exhaustivos, cacheos indiscriminados y todo tipo de incomodidades. Mi alergia a las colas y esperas, como a las gestiones administrativas, es tan exagerada como insuperable. Solo la ilusión de Maite, me hizo soportar, no sin quejas ni resoplidos, la ascensión hasta el final de la torre y que supuso hora y media de suplicio. Una vez en lo alto, le dije a Maite que se tomara todo el tiempo que quisiera para disfrutar de las vistas mientras yo, agotado, me disponía a encender un cigarrillo -todavía se podía fumar en espacios abiertos- y calmar mi ansiedad. Al cabo de unos veinte minutos y después de rodear toda la torre se acercó y me dijo: ya está, ¿bajamos? Y le miré a los ojos. Brillantes, gozosos, felices y plenos de gratitud fueron, aquel día, lo más hermoso del cielo de Nueva York.

Por la tarde, y recuperada Ana, anduvimos por todas las tiendas del Soho además de los almacenes Barneys, Sacks, Macy´s y Bedford Goodman, haciendo nuestro trabajo de investigación y comprando las prendas que pudieran servir de base para alguna línea de nuestra propuesta creativa. Y también buscábamos cazadoras. Alguna de Chevignon o Ralph Lauren se aproximaban a mi idea, pero con exceso de fantasía. En una librería de viejo, y de verdadera casualidad, encontramos un libro de uniformes militares de la segunda guerra mundial, lleno de fotografías de soldados de todos los cuerpos y bastantes aviadores junto a sus aeroplanos, con lo pantalones anchos de pliegues, botas acordonadas y cazadoras de piel, posando ante la cámara en momentos de descanso. Allí se encontraban múltiples modelos de mi agrado y que servirían, haciendo los patrones adecuados, para fabricar mi ansiada y exclusiva prenda.

De regreso y ya en el estudio, Maite hacía los primeros bocetos y Ana se encargaba de los forros y fornituras adecuadas. Elegimos una piel de vacuno, recia en apariencia, pero suave, flexible y mórbida al tacto que denotaba un excelente curtido; el elástico de la cintura y puños estaría recubierto con la mejor calidad de punto y en un hilo de merino extrafino que no se suele utilizar en complementos; el interior, acolchado y con bolsillos de parche de la misma piel exterior, ya contenía uno pequeño del tamaño de los móviles de entonces y que hoy ha quedado para otros usos. Charreteras reforzando los hombros, apliques que simulaban los escudos distintivos de las unidades militares, fuelles en la espalda, grandes bolsillos de plastrón con cierres de presión y un gran cuello redondeado que con el paso y el uso de los años ha adquirido ese aspecto de napa más oscura que el resto de la piel. El cierre de cremallera completaba el hermetismo de la pieza. Ismael seguía, admirado, la calidad con que se fabricaba en ese taller pues siempre tuvo una extrema debilidad por la calidad intrínseca de cualquier artículo y del trabajo bien hecho.  
Es mi cazadora de aviador que me acompaña desde hace dieciséis años, que guardo   como un tesoro y que sigo utilizando. 
Fue la etapa profesional más gozosa de mi vida y creo que de la de todo el equipo. La sintonía personal se unía a una simbiosis de criterios, percepciones y gustos que hacían de cada jornada de trabajo una fiesta. Nuestros viajes, también a París, Londres o Milán, reforzaban esa relación.
Pocos años más tarde y debido a la enorme competencia del mercado y a los costes de producción nacional, la corporación propietaria de la fábrica y la marca, decidió su cierre. Algo muy doloroso para todos los que habíamos conseguido hacer de nuestro trabajo algo más que una relación profesional. 
El día en el que nos despedíamos, entre abrazos y lágrimas sabíamos que una etapa única había concluido. Y yo, con la convicción de que los tres eran un ejemplo de lo mejor que la vida profesional puede aportar a una persona. 
Han pasado los años y seguimos manteniendo un esporádico contacto; los recuerdos, que tienden a situarse al borde de la memoria no han caído en el abismo del olvido.

Cuando llega el otoño y, como ahora, comienza a refrescar, voy a mi armario, recupero la cazadora, le quito la funda de tela, la miro sonriente y me la pongo. Me abrazo con ella y revivo nuestra amistad, aquellas lágrimas y abrazos y el cielo de Nueva York.

domingo, 12 de enero de 2020

Día de lluvia en Nueva York




Siempre aprecié el cine como una experiencia compartida pero íntima. La oscuridad, el sonido, la pantalla y el silencio, sobre todo el silencio, como expresión de respeto, tanto como para el creador de la película como para el resto de los espectadores, componían un mundo mágico que durante dos horas te trasportaban de la realidad al sueño. Y determinadas películas -todas lo merecen- casi lo exigen. Recientemente, he visto la excelente comedia de Woody Allen “Día de lluvia en Nueva York” en uno de esos pequeños cines -no más de cien butacas- cómodos y con buen sonido; la verdad, algo más que el salón de mi casa y con calidad acústica parecida. La diferencia es que en este caso la hubiera disfrutado en ese silencio que reclamo y necesito, mientras que en la sala de cine la disfruté y sufrí con comentarios, risas a destiempo, ruidos y aromas de palomitas que por momentos me provocaron verdadera irritación. Y es que el cine ya no es lo que fue. Las salas se han visto obligadas, para rentabilizar la exhibición, a vender todo tipo de comidas y bebidas y los espectadores adoptan una actitud “televisiva”, como si en el salón de su casa estuvieran, sin el menor recato en comentarios y, en muchos casos, con tendencia a “radiar” la cinta. -Mira, el puente de Brooklyn, la Tour Eiffel, la estatua de la Libertad, etc. son voces tan odiosas como habituales. La película de Allen, alejada de una obra maestra, tiene la delicadeza y poesía del director que ama la ciudad y te empapa de ella, además de unos diálogos inteligentes, dinámicos e interesantes. Toda la cinta se ve con una sonrisa, pero sin ninguna carcajada. Algo que algunos espectadores consideran casi una obligación al ver películas de este director. Insufrible. Hace tiempo que vengo batallando por la implantación definitiva de la multipantalla. Algo a lo que la industria del cine se resiste por intereses económicos y percepciones cortoplacistas. Sé perfectamente que no hay nada mejor que una película en un buen cine y en las condiciones ideales. Pero estas, hoy, casi no se dan. Espero que, no tardando, esté accesible para verla de nuevo en streaming en el salón de mi casa y disfrutarla como se merece. Al menos, como a mí me gusta. 

lunes, 18 de marzo de 2019

El Padre Pedro




Esta mañana de un precioso día soleado y después de un largo paseo y de visitar el rastro de la plaza San Bruno, en el regreso a casa he pasado por la Iglesia de la Escuelas Pías y he visto a mucha gente saliendo, no sé exactamente el motivo, con unas macetitas y comiendo una especie de mantecado. Y he sentido el impulso de entrar después de más de 55 años. Debo decir que es la Iglesia principal de mi colegio y la de las grandes celebraciones y también aquella en la durante años hice de monaguillo y celebraba los primeros viernes de mes la confesión general e hice mi primera comunión. Mi agnosticismo militante ha cedido ante la tentación del recuerdo. Recuerdo que, como todos, queda empequeñecido en el presente casi tanto como mi tamaño a esas tempranas edades. Observando el altar mayor, y la entrada lateral a la sacristía en la que tantas veces ayudé al cura a vestirse, vi que habían desaparecido los confesionarios entre las capillas laterales -no sé si esto es ya algo general- y al recorrerlas una a una, le he visto. Sobre una plataforma plena de flores, se encontraba un marco con su retrato de expresión bondadosa y de dibujo casi fotográfico. Era el Padre Pedro. El cura que me enseñó a leer. Infantil -equivalente al párvulos actual- que era el primer curso y aproximación a la enseñanza y que quedaba exclusivamente en sus manos. He hablado en alguna ocasión de la brutalidad y maltrato que practicaban los curas del Colegio de los Escolapios donde hice mis estudios hasta el bachiller; no podría exonerar a ninguno de los que conocí y los más benevolente sería establecer una clasificación del más salvaje al más tolerante. Pero el retorcido castigo físico, la humillación, el daño y la arbitrariedad, eran la constante. El Padre Pedro nunca fue así. Jamás le vi más que simular un cachete a algún pequeño. Su clase, era una especie de guardería en la que la misión principal era que los niños saliéramos sabiendo leer y escribir. Su paciencia y su bondad hacían impensable lo que vendría en los años siguientes. La eme con la a, ¡maaaaa!, gritábamos. La eme con la e, ¡meeee!, la eme con la i, ¡miiii!, todos a una; cuando escribías el dictado de la pizarra, venía a corregirte con la goma de borrar y el lápiz, la letra que había escapado de los márgenes señalados. Te atendía si te encontrabas mal -no soportaba el lloro de un niño- y si era necesario casi te limpiaba las cacas que a más de uno se le escaparon. El padre Pedro, corrobora mi teoría de que en los momentos más tenebrosos y en los entornos más miserables hay gente que no renuncia a la bondad de sentimientos. Creo que, en la actualidad, está en proceso de canonización. Me interesa poco ese reconocimiento confesional que siempre estará por debajo de mi recuerdo. En una mesita lateral, se encontraban unas fotos para que todo el mundo pudiera llevarse una. La he tomado y he pensado llevarla como separador de las hojas de mis libros. El Padre Pedro. El cura que me enseñó a leer.

domingo, 17 de marzo de 2019

Impacto visual




Pocos profesionales del mundo textil en España saben tanto como yo. Creo que estoy entre el cinco por ciento que más sabe. Seguro que muchos, al leer estas afirmaciones, pensarán que me ha dado un ataque de pedantería o vanidad. Si tienen un poco de paciencia y continúan la lectura verán que no es así. Comencé mi andadura en un comercio de élite como dependiente y luego como encargado adquiriendo conocimientos de venta al detall. Posteriormente me inicié como comercial en una industria vendiendo a las tiendas. Mi posterior paso por la dirección de ventas me posibilitó adquirir conocimientos de marketing, estrategias y dirección de equipos. Y la posibilidad de colaborar con los equipos de diseño me proporcionó conocimientos fabriles poco habituales en un comercial. Es decir, conozco desde el primer hilo base de un producto hasta el producto acabado. Cuantas agujas por pulgada tiene una galga, qué significa un número de hilo, un hilo doblado, qué es un telar, trama, urdimbre, qué es una máquina rectilínea, una circular, una tricotosa, una Stoll, una Shima, que es un 120, 140, 160 dos cabos, hilo de escocia, algodón peinado, un merino extrafino, tejer, acabar, vaporar, qué son las fornituras, etc. Podría llenar varias páginas de estos conocimientos hasta el aburrimiento cuyos síntomas confío no hayan aparecido. Pues bien, el noventa por ciento de toda esta erudición profesional y técnica…hoy NO SIRVE PARA NADA, o dicho de forma más suave, no tiene relevancia o valor de cambio. Guardo una inolvidable anécdota de una clienta de Levante, que cuando le enseñaba y explicaba mi colección de punto para mujer y glosaba las cualidades técnicas de mi producto y después de escucharme con enorme atención, me dijo: -Sabes mucho, hijo mío, pero hoy en día lo importante es… ¡el impacto visual! Como podréis deducir de ese llamarme “hijo mío”, la clienta era bastante mayor que yo, pero con semejante observación me hizo sentir más viejo que ella. Desde entonces he tratado de aplicar esa lección a todos los órdenes de mi vida. Qué duda cabe que los años te aportan conocimiento pero también muchas adiposidades –en muchos casos disfrazadas de sabiduría- que imposibilitan la comprensión de nuevos comportamientos, formas y valores. En esta nueva etapa de jubilación y no apartado del todo por la tienda de mi hijo del mundo textil, he comprendido que lo mejor que podía hacer es respetar sus decisiones y elecciones y responder –solamente responder- a sus requerimientos en puntuales circunstancias. La gran e importante diferencia que hay entre los dos es que él sabe lo que hay que saber hoy y que el noventa por ciento de lo que yo sé…hoy no sirve. Y por eso cuestiono casi toda mi experiencia que corresponde a un pasado y miro con enorme interés todo lo joven. 
Claro que tenemos derecho a nuestra opinión. Faltaría más. Pero creo que debemos tener la prudencia de analizarnos de forma muy crítica, especialmente, porque el futuro no es nuestro y en el pasado quizás no lo hicimos tan bien. Hace unos días y con motivo de la publicación de un artículo de Javier Marías –excelente escritor y no necesariamente buen articulista y menos analista político- hubo comentarios acerca del mismo. La mayor parte eran positivos y el mío bastante negativo. Obviamente, respeto la opinión de los admiradores, pero a mí me pareció un ejemplo de lo que he tratado de exponer. Un hombre que reconviene a los jóvenes que han irrumpido en la escena política por su descaro, arrogancia y formas, ponderando los méritos de esa generación que hizo la transición…”sin que se derramase una gota de sangre” –olvida que alguna hubo- es que está fuera del tiempo o que, como me gusta decir, el tiempo le ha alcanzado. Ese lenguaje épico y tópico es totalmente incomprensible para los más jóvenes. Si no son críticos serán distantes. Olvida, además, que esos políticos nuevos – de uno u otro signo- han sido votados por más de nueve millones de electores. Y por otra parte, ¿hay algo más consustancial con la juventud que el descaro, la arrogancia o el cambio de formas? ¿Cómo es posible que la edad nos vuelva tan desmemoriados? ¿No nos damos cuenta de que doce millones de electores nacieron después de la dictadura y que nueve millones más cuando fueron a votar por vez primera, el dictador acababa de morir? Nunca proclamaré que la juventud, por el hecho de serlo, tenga razón. Pero es un error de la madurez no comprender, y terrible, no aceptar que nuestro esfuerzo de acercamiento es lo que realmente constituye nuestra mayor sabiduría. Y no esa otra pretendida que es el escepticismo, el “estar de vuelta de todo”, el que nuestra experiencia vital adquiere el carácter de axioma. Esa actitud que no es sino el espejo de nuestro propio fracaso y remota incapacidad. “Es un error planificar el futuro como una extrapolación del pasado porque el futuro va a ser diferente”, decía un afamado gurú de la economía. 

Algo parecido puede aplicarse a la sociedad. Observo en mi entorno que, con los años, la palabra utopía pierde valor y la palabra imposible adquiere una firmeza casi pétrea. Lo llaman madurez y quizás sea una consecuencia de los desengaños y las decepciones. Tienen que ser muy importantes para impedirte soñar y perder la esperanza. Cosas que a mí me mantienen vivo.

Tengo muchas dudas o más bien soy bastante crítico con nuestra generación. Esa de las barricadas, del mayo del 68, de la rebeldía, de los cabellos largos, del amor y las flores, hippies, revolucionarios y utópicos y que, en definitiva, somos hacedores del mundo que tenemos. “El tiempo envejece deprisa”, decía Antonio Tabucchi. ¿Lo hemos hecho bien? ¿Tenemos el mundo que soñamos? ¿Nos pervirtieron por el camino? Y si nuestro sueño no se cumplió, ¿tiene nuestro fracaso el derecho de dudar siquiera de que ellos lo puedan hacer mejor?

Yo, casi de forma incondicional, los prefiero.



miércoles, 9 de enero de 2019

Creencias y certezas

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Recuerdo que en los años de mi rabiosa juventud –ese tiempo de curiosidad permanente- me apunté a un curso de meditación trascendental –el adjetivo era motivador- pues respondía a casi todas las preguntas que me podía hacer en la época. Consistía en unos ejercicios de meditación basados en el control respiratorio, relajación profunda y repetición de un mantra en tu mente con objeto de lograr un estado de paz y bienestar con todo lo que me rodeaba hasta el punto de que con años y entrenamiento podía llegar a levitar, cosa que nunca pretendí. Ese mantra, que era individual y secreto, en mi caso era “Siri”, como el algoritmo de Apple –desconozco si proviene de la estancia de Steve Jobs en la India- cosa que pasados los años llamó mi atención. Esos ejercicios tenía que hacerlos dos veces al día y a los largo de veinte o treinta minutos. Tengo que reconocer que fue una experiencia curiosa y que me duró dos o tres meses y que funcionaba muy bien como relajación; pero llegaba tan en paz, bondadoso y comprensivo al visitar a mis clientes que ante cualquier objeción a mis propuestas me rendía de inmediato. Y claro, mis ventas se resintieron. Y mi fe en la eficacia del método decayó como le sucedió a la mayor parte de los que asistimos. Porque una de la bases del éxito del método era la creencia, la convicción de que mi participación mejoraría mi vida y la del mundo que me rodeaba. Ahí es nada. He de añadir, que también por la época había renunciado a las creencias religiosas a las que tantos años y esfuerzo habían invertido en mí la familia, el colegio y los curas. Y comencé a desconfiar de las creencias.

Sin embargo, simplemente hechos de carácter médico –abundantes en mi familia- y su solución terapéutica, tal y como pronosticaban, hicieron depositar toda mi confianza en las certezas; es decir, todo aquello soportado por la demostración empírica. Un cierto interés en los hechos y avances científicos, más allá de la pobre enseñanza escolar, confirmó mi adscripción a lo que hoy entendemos por cientifismo y que no es otra cosa que aquello que confirma el conocimiento tanto teórico como práctico de las cosas. Aquello ampliamente demostrado por la experimentación al punto de constituir una evidencia.

Pues bien, observo que cada día aumenta el número de personas, al menos en mi entorno de amistades e incluso en prensa, artículos y libros, sensibles a un cierto crecimiento de “creencias” de todo tipo; espirituales, médicas, religiosas, esotéricas, etc., con evidente asombro. -Yo “creo” que me ayuda desde al más allá. -¿Tú no “crees” en la energía positiva que transmiten sus manos? –Pues yo sí que “creo” en la homeopatía. – ¡Ojo! Con los fármacos que tomas. –Yo “creo” en los productos naturales…. Y también la elevación a categoría científica de cosas que nuestros antepasados conocían desde la antigüedad y que ahora se llaman biodinámica agrícola o convertir variantes de yoga en eso tan moderno que se llama “mindfulness”. Y lo extraordinariamente favorecida que se ha visto la creencia con el exponencial aumento de licenciados en medicina general que nos ha proporcionado internet. Con razón me decía una entrañable y excelente doctora que su gremio está harto de escuchar estupideces. 

Parece que las personas desdeñaran la certeza –enfrentar la evidencia- y depositara su esperanza en la creencia, en aquello que escapa a la realidad, que supone un sueño, que reconforta. En verdad, una forma de religión. Como dijo Proust, “Los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias, y como no les dieron vida no las pueden matar; pueden estar desmintiéndolas constantemente sin debilitarlas, y una avalancha de desgracias o enfermedades que tras otra padece una familia no le hace dudar de la bondad de su Dios ni de la pericia de su médico”.

A mí, cada día que pasa me ocurre lo contrario y aumenta mi confianza en la ciencia, creo que con evidentes certezas, y me quedo perplejo ante las creencias.

La diferencia entre ambas me ha hecho recordar una anécdota con un querido amigo y excompañero de trabajo. Hace muchos años, cuando surgió el grave problema del Sida, una ministra nos previno y aconsejó que “no hiciéramos el amor sin preservativo excepto con parejas de confianza”. -¿Y cómo sé yo que es de confianza?, me dijo mi amigo. –Hombre, supongo que quiere decir con tu mujer. Insisto, me contestó. ¿Y cómo sé yo que es de confianza? Lo dicho. Una creencia.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Merci, grand-mère



Conforme pasan los años o quizás más bien recientemente, parece que preciso de mayor reconocimiento. Si coloco un cuadro me digo que lo he hecho bien; si le hago alguna propuesta en la tienda a mi hijo digo que le será muy útil; si decido algún cambio en la ubicación de objetos en la biblioteca, ésta queda insuperable; incluso si me atrevo con la cocina alabo el final de mi plato y lo equiparo a la altura de estrellas Michelín. ¿Pero no os parece que está muy bien?, digo reclamando ese aplauso. “Chico, llevas un romance contigo mismo…”, me dice Carmen, y lo confirma la risa de mi hijo aprovechando para machacarme un poco. Y esto me ha hecho pensar. Y me he acordado de ella. Porque esta será la segunda Navidad que no está con nosotros y creo que es la responsable de mi hábito de alabanzas pues era la que más me aplaudía. Si alguna bombilla se fundía y procedía a su cambio, al iluminarse la habitación me miraba admirado; que su silla de ruedas se hacía pesada porque la ruedas estaban faltas de presión y con una sencilla bomba de bicicleta se las hinchaba, al deslizarse suavemente por el pasillo decía que yo servía para todo; que reparaba cualquier utensilio de menaje de la cocina, decía que tenía unas manos de oro. ¡Qué padre tenéis!, les decía a mis hijos con una mirada, entre asombrada y severa, con la que transmitía que debían estar a la altura de mi supuesta bondad. Incluso cuando después del desayuno la llevaba junto a la ventana, al subir la persiana para que entrara la luz me hacía protagonista de un nuevo amanecer.

El otro día y bromeando con Carmen –cosa que hago con bastante frecuencia- le dije: no sé qué está pasando con los años: antes te hablaba en francés y decías que te encantaba y me mirabas embelesada. Ahora dices que no me entiendes, le apostillé en divertido reproche. Y nos reímos un rato.

Estoy seguro de que ella, mujer humilde que sólo sabía leer y escribir, hubiera dicho: ¡qué bien habla en francés!

Merci, grand-mère

lunes, 19 de noviembre de 2018

A. Pérez Reverte y la entrevista





Soy hombre de pocas filias –incondicional de ninguna- y procuro evitar las fobias. Ninguna de las dos son buenas compañeras para esa objetividad a la que todos aspiramos. Por eso, el sábado pasado esperé con interés a un hombre que despierta ambas pero que considero un intelectual al que merece la pena escuchar. Los leves cortes en los que anunciaban a lo largo de los días la entrevista hicieron saltar mis alarmas y, a la vista del programa, no me defraudó.

Comenzaré con algo en lo que estoy absolutamente de acuerdo con él y es ese revisionismo tan absurdo como indocumentado acerca del descubrimiento –no me voy a enredar con lo adecuado o no del término- de América por el Imperio español. Pretender juzgar hechos que comenzaron en 1492 con miradas actuales es, sencillamente, estúpido. Unos cientos de salvajes que se embarcan a la conquista y expolio de nuevas tierras no puede entenderse con el pensamiento actual. Todavía es más grave que con ese pensamiento de hoy suceden cosas a nuestra vista o con nuestra connivencia que, ahora del todo, avergüenzan la condición humana. Todos los Imperios han sido y son depredadores. Y la tan destacada crueldad del nuestro es comparable e incluso sale beneficiada con relación a otros. Los invasores ingleses e irlandeses no dejaron indio viviente; los colonizadores holandeses no dejaron en Australia aborigen viviente; los belgas del rey Leopoldo son autores de las mayores atrocidades que se cometieron en el Congo. Y no hablemos de los USA. Con la diferencia de que esos hechos se han producido en siglos muy recientes y los nuestros se remontan a los siglos XV, XVI y XVII. Como mínimo el nuestro dejó estructuras sociales, políticas y académicas y, permítaseme la frivolidad, nuestra afición al “folleteo” derivó en un mestizaje que hoy podemos valorar tan único como positivo. Las sombras, los grises y los negros, todos. Y la brutalidad de los conquistadores ha sido documentada -el detalle es importante-por nuestros propios cronistas de la época e historiadores. Por eso, esta moda a la que es tan proclive alguna izquierda de postureo y frívola, y que además pretende una suerte de superioridad moral, es una de las cosas que me enervan. Ignorancia, soberbia y una buena dosis de estulticia.

Discreparé de Reverte, no tanto en su devoción jacobina, como en su condena a los nacionalismos. Se declara admirador del estado francés centralista –jacobino como dice- y, en otras ocasiones ha declarado que en España faltaron guillotinas. Es muy posible que tenga razón pero no tanto por motivos descentralizadores sino por los mismos que los franceses: derrocar a unos reyes y a una burguesía extractiva y explotadora –en nuestro caso ni siquiera ilustrada- originaria de todos los males que nos aquejan y perviven. Yo, como él, soy un profundo admirador de Francia como también lo soy de Alemania, Reino Unido, Suiza e, incluso en muchos aspectos, de los EE.UU. Todos tienen estructuras políticas y sociales totalmente diferentes a la francesa y funcionan con un grado de autonomía e independencia –empleo sin miedo la palabra- que da resultados óptimos. No debemos olvidar que en USA te pueden ejecutar por ley en unos Estados y en otros no –para mí máximo grado de independencia-; en Suiza, con 12.000 firmas se puede solicitar una consulta; en Reino Unido hemos tenido dos recientes; y Alemania está compuesta por “landers” con notable autonomía. Por eso, es tan respetable ser jacobino-centralista como federalista- autonomista. La base es el acuerdo social. Por eso me llama la atención que no proporcionara ningún argumento acerca de los beneficios o perjuicios de cada uno de los sistemas y solo hiciera afirmaciones del tipo “el nacionalismo es el peor de los males de un país” o “el origen de todos los males”. Afirmaciones tan rotundas como, en mi opinión, de nula consistencia.

Y, por último, mi gran decepción – los franceses tienen un término, “Je suis désolé”, más rico porque implica decepción y tristeza- al referirse a la Monarquía como forma de gobierno. Solo nos comunicó dos cosas. Que Felipe VI, nuestro actual monarca es una gran persona (sic) y que lo conocemos desde hace años –infancia incluida- y, por tanto sabemos quién es y repitiéndolo hasta la saciedad. Y que imagináramos un Presidente de la República como Rufián, Tardá o Puigdemont –una comparación manipuladora donde las haya- para acabar suavizando esas supuestas adversidades al añadir a Zapatero, Rajoy o Aznar. Desconozco qué pensarán o si preferirán los franceses un Rey – ahí tienen a otro Borbón aspirante- en el lugar de Macron, Hollande, Sarkozy o Chirac, en ese país al que tanto admira. Evitó, también, referirse a la historia, de la que es un profundo conocedor, y hablarnos de toda la dinastía de los borbones. Y menos del Rey emérito, desvergüenza de comportamiento en su reinado que es difícil de superar. Pero creo que olvidó lo más importante. Esa magnífica persona que tenemos como Rey es consecuencia de una de las, al parecer, múltiples cópulas reales, al igual que esa niña, Princesa Leonor, de la que todos los medios de comunicación no cesan de alabar su desparpajo, desenvoltura y naturalidad –esta debe ser por parte de madre- es también producto de otra cópula real. En el peor de los casos, y seguro que el más detestado por mis lectores, si Gabriel Rufián llegara a esa Presidencia de la República sería consecuencia de la elección libre de los ciudadanos.

Eso que llaman democracia.

domingo, 11 de noviembre de 2018

La importancia del idioma




Resulta bastante frecuente enarbolar como argumento despectivo o infravalorar los diferentes idiomas de España, la extensión e importancia -sin negar la relación no son siempre lo mismo- del español en el mundo. También parece que hay una tendencia a llamar español -la misma Academia Española lo recomienda- a lo que en su origen es la lengua castellana. También discusiones acerca de las diferencias o igualdad de la lengua que se habla en Catalunya o Valencia. En definitiva, conflictos que refieren con más certeza que rigor técnico realidades políticas. A mí, como a cualquier demócrata, me resulta especialmente molesta, por la falacia y elementalidad argumental, esa comparación frecuente del castellano con el catalán basada en el número de hablantes. Esa extensión del primero es debida al hecho de que existió un Imperio español, al igual que lo fue el inglés o a que la inmensa población de China hace que su idioma sea de los más hablados del mundo. ¿Seguimos haciendo carreras o nos centramos en lo que significan y en el origen de los idiomas? Yo mismo, en mi blog personal, he hablado de lo que significa el idioma en la identidad de una nación, comunidad o pueblo y por tanto obviaré ese discurso y me centraré -solicitando comprensión hacia mi falta de autoridad- en el origen de estos idiomas. El castellano, francés, catalán, gallego, italiano, portugués, etc. son lenguas provenzales que tienen un origen común que es el latín. De ellas, quizás sea el castellano el que más influencias exógenas tenga, pues se reconoce que determinadas palabras y sufijos como los terminados en ez tienen su origen en el euskera -omito hablar de esta ancestral lengua pues llevaría a un texto tan largo como limitado mi conocimiento- sin bien tampoco por ello merece calificarla de contaminada. A mí, en contrapartida, me parece de una inmensa riqueza que un pequeño país como el nuestro, con una apasionante historia que, como todos en Europa, está repleta de luces y sombras, contenga esa variedad de lenguas y emplearé todas mis energías como ciudadano libre para su fomento en igualdad de condiciones. Admiro que Catalunya, a pesar de todas las imposiciones históricas, haya conservado y fomentado esa hermosa lengua que Serrat llamaba la “llengua del pit” (lengua del pecho) y que me parece una maravillosa descripción de lo que significa, lejos de maliciosas interpretaciones, la identidad de un pueblo. Qué decir del encomiable esfuerzo de Euskadi por recuperar y extender a todas las capas sociales, incluso llegadas de fuera, esa dulce lengua -recomiendo un acercamiento musical par apreciar su belleza- tan sentida como antigua. Ojalá, los gallegos se esfuercen en mantener y fomentar su idioma. 
En definitiva, lo que quiero decir y resumo es que me gusta que en Zamora hablen castellano, en Mollerusa catalán, euskera en Hernani, gallego en Cambados, italiano en la Toscana, inglés en Liverpool o español en Chile. 

Incluso que en China hablen mandarín.

martes, 30 de octubre de 2018

El debate






Esta mañana, al finalizar la tertulia que cinco amigos tenemos los martes por la mañana, llegando a casa me han preguntado ¿qué tal la tertulia? Muy agradable, les he contestado. Y he recordado este texto que escribí hace un tiempo.
Me gustan los debates. Les estoy muy agradecido por todo lo que he aprendido en el curso de los diferentes que he tenido a lo largo del tiempo, bien hayan sido presenciales o virtuales. En definitiva, los primeros no dejan de ser las tertulias entre amigos o aquellos provocados por los medios de comunicación desde que existe la radio o la televisión y que convocan a personalidades de prestigio. Los virtuales no son otra cosa que una variante, con resonancias amplias, de lo que eran los intercambios epistolares de muchos intelectuales de tiempos pasados. Y todos tenemos experiencias y evidencias de lo enriquecedores que pueden llegar a ser. Y, al menos, en mi caso, lo han sido mucho. Qué duda cabe de que en ocasiones conllevan molestias, equívocos e incluso enfados. Me atrevo a decir que cuando esto sucede no nos encontramos en un verdadero debate sino ante una confrontación de opiniones, con discusiones incluidas, que conduce inevitablemente a la trivialidad, a la irritación y casi a la pelea. Y convierten algo placentero y enriquecedor, en aborrecible. 
Hace unos días, un querido amigo en las redes escribió:
“Todos establecemos nuestros principios debido a una educación o una experiencia que nos hace ser como somos y define en qué creemos”.
En mi opinión, le faltó algo para completar el cuadro. El razonamiento, la reflexión, el pensamiento crítico, el cuestionamiento permanente de nuestros postulados. Porque es precisamente eso lo que nos mejora y nos permite avanzar. La educación recibida, aún conteniendo muchísimas verdades, también está plena de adiposidades que con los años eliminamos. Las experiencias pueden interiorizarse de muchas formas y algunas pueden resultar patológicas. Pero el razonamiento, cuando se ejercita sin prejuicios y con el deseo limpio de buscar la verdad –aunque siempre sea esquiva- es lo que nos acerca a la lucidez y al placer y dolor que conlleva.
Y el debate es una de las herramientas positivas para la consecución de esos logros. Porque el verdadero debate no consiste en una confrontación de ideas, opiniones o principios sino en contrastar los razonamientos que las sustentan. A mi juicio, es como si diez cerebros se unieran al mío, no para concluir en un único pensamiento sino para aumentar la potencia de esa reflexión y afirmar su certeza o falsedad. Y eso es enormemente gozoso. Aunque tengo que reconocer, con profundo pesar, que no se produce con frecuencia. 



jueves, 25 de octubre de 2018

Cumpleaños




Como decía Luis Cernuda “hay un momento en la vida en que el tiempo te alcanza” y se convierte en una presencia permanente con la que hay que contar. Reflexionaba ayer sobre la edad -en un día de constancia gozosa- y, especialmente, sobre nuestro papel social en esta etapa. Es obvio que en términos económicos nos convertimos en acreedores y, en general, dejamos de ser productores; pero fuera de esta realidad, mantenemos todos nuestros derechos como ciudadanos -como debe ser- y nuestra influencia en aspectos sociales y políticos. Y aceptando este enunciado, y entendiendo las diferentes situaciones personales pero con notables similitudes como grupo social, es cuando me pregunto… ¿Es positiva nuestra aportación como colectivo? Es casi un axioma, o como mínimo un valor aceptado por todos, que la edad proporciona serenidad, conocimiento, sabiduría, prudencia, y que lo vivido nos dota de ese valor -en mi opinión sublimado- que es la experiencia. Pero creo que se habla poco de las cargas negativas que tiene. ¿No es cierto que la edad conlleva miedo, conformismo, cierta debilidad, escepticismo, y considera casi absolutos valores del pasado en su proyección al futuro? Y aceptando estas premisas, ¿cuáles pesan más en nuestra contribución ciudadana? No me siento nada optimista y sí, notablemente crítico. Y es un tema que me preocupa, pensando en las siguientes generaciones, ya que en todo Occidente el peso de la gente de edad aumenta día a día. Y en nuestro país con connotaciones especiales a las que me voy a referir. La generación anterior a la mía vivió el franquismo hasta los treinta y tantos años largos, la mía hasta los veintitantos y la siguiente hasta los quince; es decir, madurez, juventud y adolescencia. Y las tres generaciones, que suponen un número importante de ciudadanos, notablemente marcadas por esa etapa de adoctrinamiento. No creo necesario extenderme sobre las características de esa dictadura que todos sufrimos y que creo -es mi opinión- que en muchos aspectos no hemos superado. Decía un cura de mi colegio -el único que conocí que mereciera interés- que el futuro de un niño está muy marcado por las influencias que recibe entre los ocho y catorce años; que ello determina, en grado estimable, su actitud posterior como adulto. Las personas más inquietas, cultas y reflexivas se han esforzado por desprenderse de esas “adiposidades” de aquellas etapas; su pensamiento crítico ha cuestionado la formación religiosa para abandonarla en muchos casos o mantenerla en aquellos de profunda convicción; y lo mismo ha hecho con sus posturas sociales o políticas. Pero hay que esforzarse mucho. Y de forma constante. Cada día observo, con cierta admiración técnica y repulsa moral, que la sombra del franquismo es muy alargada y el poso, soterrado y casi invisible, subyace en muchos comportamientos y visión de las cosas. Incluso en personas que abominan del fascismo y se sitúan a la izquierda -como puedo ser yo- en momentos determinados y al tener que “asomar la patita” dejan al descubierto esa insana influencia. El franquismo tuvo una enorme crueldad física pero todavía más poder sobre las ideas. Y muchas de ellas, al amparo democrático, tienen la dureza inquebrantable de los más firmes principios de la dictadura. La mansedumbre hacia las políticas económicas, la displicencia ante la corrupción o, recientemente, la virulencia ante cualquier modificación territorial del Estado son síntomas de esa sombra maldita. Reacciones indignadas que asoman como un resorte automático anulando cualquier esfuerzo de comprensión y análisis. Y, además, con la complicidad de unos medios de comunicación que han dejado de serlo, y colaboran, con tanta desfachatez como entusiasmo, en anular el pensamiento crítico y la información objetiva. 

PD. Este texto no es otra cosa que una invitación a la reflexión personal y en modo alguno a descalificar cualquier opinión, política o social, diferente a la mía. Simplemente considero que el análisis introspectivo de nuestras reacciones y posturas, es siempre un ejercicio positivo.

miércoles, 24 de octubre de 2018

¿Cabellos largos ideas cortas?






Decía el gran Eduardo Galeano que su peluquero afirmaba que si el pelo fuera verdaderamente importante estaría dentro de la cabeza. Y él confesaba complaciente que no le quedaba casi pelo pero que, a lo largo de los años, no había perdido ninguna idea. Al ver al ex ministro y barón del PSOE, D. José Bono, con su cada día mayor abundancia capilar, me he quedado pensativo.


domingo, 7 de octubre de 2018

El 1º de Octubre no pasó nada



He recuperado este texto que escribí en otro foro hace una año y que conllevó bastante polémica. Creo que el paso del tiempo le ha sido favorable.

Rememoraba ayer esas imágenes del cine en las que se ve a un señor sentado en un sillón con su pipa y un periódico en dobladillo en el que se podían apreciar las largas columnas de texto. Tiempos que no conocí y en los que la palabra era el medio para informar. Creo que, a grandes rasgos, fue la guerra civil española la precursora de la información gráfica. Aquí se captaron famosas imágenes que dieron la vuelta al mundo. El miliciano alcanzado por un disparo, de Robert Capa, es un documento histórico. Pero fue la Segunda Guerra mundial y, posteriormente, la Guerra de Vietnam en las que este tipo de información alcanzaría niveles de notoriedad e importancia insustituibles. Las terribles imágenes del holocausto judío han quedado como actas notariales inmortales que nos recuerdan el horror en el que puede caer el ser humano. La niña desnuda y chamuscada huyendo de las bombas de napalm o el soldado del Vietcong muerto en las calles por un disparo en la sien no admiten interpretaciones.
Pues bien, observo con estupor como en estos días y desde hace tiempo, la evidencia se interpreta, discute e incluso se niega. Los recientes sucesos del pasado domingo, 1º de Octubre, en Barcelona concluyeron con la intervención de unidades antidisturbios para disolver a grupos de ciudadanos desarmados y en actitud pacífica en la inmensa mayoría de los casos. Así lo certificaban las informaciones de medios internacionales como los cientos de vídeos que circularon por la red tomados por ciudadanos con su cámara. Las autoridades y los medios de comunicación “oficiales” tardaron algo más de veinticuatro horas en reaccionar. Las primeras informaciones apuntaban a doscientas o trescientas personas atendidas en los centros de salud (no se hablaba de heridos), cifra que fue ascendiendo hasta los 800 (ahora sí, heridos) con dos personas en situación grave. Los días posteriores han sido todo un ejercicio de “contra información” delirante. Se niega que fueran ochocientos –obviando los informes médicos- y se difunden imágenes falsas, manipuladas y retocadas –el diario La Razón ostenta la Cátedra en estas actividades- en las que se niegan esas heridas. Los editoriales del diario El País negando realidades y hablando de proporcionalidad, son dignos de estudio. Ancianas que no eran y asociadas a un político vasco, otras en las que se dice que la sangre era pintura, difunden que prácticamente en todos los colegios había barreras de niños y ancianos, y, en una pirueta digna del mejor Circo del Sol, el ministro del Interior nos habla de cerca de 400 antidisturbios heridos. Sin despeinarse. ¿Alguien puede creer que esos policías, pertrechados como Robocop, armados con cascos, escudos y porras, pueden resultar, en ese número, heridos por esa multitud desarmada? Pues sí. La verdad es que sí. Porque no hay nada más potente que un creyente…en lo que sea. Ante las evidencias o ante su ausencia. Cuando alguien que quiere creer o negar cualquier evidencia no tienes más que darle el más mínimo y leve argumento -aunque sea manipulado dará igual- para afirmar su creencia. Ante la polarización, las trincheras, los buenos y malos, no cabe el espíritu crítico. Ahora aquí, las cosas han sido como nos cuentan que queremos creer. Todo lo que ha pasado, no ha pasado. Todo lo que usted ha visto, no es lo que parece. Y piense y recuerde un poco ese domingo porque seguramente no ha visto nada… o no existió.

4 de Octubre del 2017

viernes, 21 de septiembre de 2018

Los sentimientos no generan derechos





A lo largo del tiempo todos hemos conocido enemigos íntimos y declarados en cualquier parcela pública. La enemistad de Vargas Llosa con García Márquez; el odio de Fraga a Suárez -me sorprende el papel de hijo de este último en el actual PP- ; la inquina de Albert Boadella -a lo largo de los años la ha ido repartiendo- hacia Josep María Flotats; la de Felipe González a Pedro J. Ramírez o la de Juan Luis Cebrián y Luis María Ansón. En fin, que la lista es extensa y enumerarla no es el objetivo de este escrito. Pero queriendo destacar una, yo creo que sería la de Felipe González y José María Aznar -aunque pienso que mucho más por parte de este último-, que solo se han soportado en actos oficiales y que nunca han disimulado su odio sino que, más bien, han aprovechado cualquier circunstancia para hacerlo notorio. En mi opinión, Aznar siempre evidenció un notable complejo de inferioridad con González -si ese complejo es parte de su personalidad es otro asunto- ya que nunca tuvo el prestigio internacional del primero, ni esa especie de aura de hombre de estado, ni la consideración de los principales poderes económicos y sociales. Verlos juntos, en un cara a cara, parecía empresa imposible. La situación política, con el fin del bipartidismo, el cuestionamiento constitucional del 78 y el problema territorial lo ha hecho posible. Es decir, que la fractura de lo que ambos construyeron y el concepto de Estado los ha unido. Y me atrevo a decir que se han fundido dos odios en una sola dirección. Conocido por todos el que tienen hacia Iglesias – creo que ambos piensan que es controlable-, ese odio lo han canalizado hacia Catalunya y el proceso independentista. Difícilmente, en mi opinión, los dos expresidentes con más años de gobierno de la etapa democrática pueden hacerlo peor; si en este cara a cara pensaban en sus electores, se habrán repartido los beneficios; pero si en algún momento tenían presente al electorado independentista catalán, habrán de repartirse las culpas porque no han hecho sino reafirmarlo. Especialmente González, que de forma contundente ha afirmado que, “No se dan cuenta de que toda negociación se fundamenta cuando se cree que además de ganar algo se puede perder algo. Están más cerca de perder autonomía que de ganar independencia”. Tan amenazador como irresponsable. En cuanto a Aznar, ha actuado como lo hace desde que ha perdido hasta el respeto de muchos afines ideológicos. Tratar de epatar con frases tan altisonantes como faltas de fundamento. “Los sentimientos no generan derechos”, ha dicho convencido de lo trascendente de su aserto. Su elementalidad intelectual olvida que las naciones no son otra cosa que construcciones basadas en sentimientos y que estos generan deseos que conllevan expectativas o frustraciones. Solamente en “entornos” en los que esos sentimientos se ven satisfechos se puede hablar de integración, convivencia y respeto.
En definitiva, me pareció una exhibición de vanidad, soberbia y rencor.
Bien trajeados, bronceados y con buen aspecto. Pero los vi viejos…muy viejos.



viernes, 14 de septiembre de 2018

La Ilustración


Leía estos días, con fruición, ese magnífico libro de Editorial Akal titulado El libro de la Historia y que forma parte de una colección que remite también a la filosofía, arte, religión ciencia, etc.
Estando en la parte que corresponde a los enciclopedistas y que dio lugar a la Ilustración, el texto, como es natural, ponderaba la gran importancia que tuvo en el mundo. El primer volumen de la Enciclopedia se publicó en 1751, y la obra, completada 21 años después, consistió en 17 volúmenes de texto y 11 de ilustraciones. Los textos y artículos de la obra destilaban los pensamientos de escritores y filósofos como Montesquieu, Rousseau, Voltaire, D´Alambert y el citado Diderot. La Ilustración cambió la visión del mundo y el  orden social e influyó de forma decisiva en la futura evolución de Occidente. La Constitución de EE.UU. tiene como base esa afirmación –subversiva en ese momento- de que  “todos los hombres son creados iguales” y que los gobiernos debían ser consecuencia del “consentimiento de los gobernados” como propugnó Thomas Jefferson. El mundo moderno tuvo su origen en ese primer volumen de 1751.
Doscientos años más tarde hubo otro acontecimiento de verdadera importancia, al menos para mí, que fue mi nacimiento. Y unos trece o catorce años después, durante el bachillerato y en el Colegio de los Escolapios, me enseñaban sobre los enciclopedistas que eran “filósofos malditos” de ideas subversivas y enemigos de la Iglesia. Sus obras y enseñanzas no eran lecturas recomendables cuando no muy peligrosas. De Voltaire, Rousseau, Diderot y D´Alambert, -recuerdo perfectamente el orden del libro de texto- había que huir como de la peste.
Y como decía Labordeta… “así nací, así viví y así crecí.
Con mucho esfuerzo y a pesar de ellos.