lunes, 18 de marzo de 2019

El Padre Pedro




Esta mañana de un precioso día soleado y después de un largo paseo y de visitar el rastro de la plaza San Bruno, en el regreso a casa he pasado por la Iglesia de la Escuelas Pías y he visto a mucha gente saliendo, no sé exactamente el motivo, con unas macetitas y comiendo una especie de mantecado. Y he sentido el impulso de entrar después de más de 55 años. Debo decir que es la Iglesia principal de mi colegio y la de las grandes celebraciones y también aquella en la durante años hice de monaguillo y celebraba los primeros viernes de mes la confesión general e hice mi primera comunión. Mi agnosticismo militante ha cedido ante la tentación del recuerdo. Recuerdo que, como todos, queda empequeñecido en el presente casi tanto como mi tamaño a esas tempranas edades. Observando el altar mayor, y la entrada lateral a la sacristía en la que tantas veces ayudé al cura a vestirse, vi que habían desaparecido los confesionarios entre las capillas laterales -no sé si esto es ya algo general- y al recorrerlas una a una, le he visto. Sobre una plataforma plena de flores, se encontraba un marco con su retrato de expresión bondadosa y de dibujo casi fotográfico. Era el Padre Pedro. El cura que me enseñó a leer. Infantil -equivalente al párvulos actual- que era el primer curso y aproximación a la enseñanza y que quedaba exclusivamente en sus manos. He hablado en alguna ocasión de la brutalidad y maltrato que practicaban los curas del Colegio de los Escolapios donde hice mis estudios hasta el bachiller; no podría exonerar a ninguno de los que conocí y los más benevolente sería establecer una clasificación del más salvaje al más tolerante. Pero el retorcido castigo físico, la humillación, el daño y la arbitrariedad, eran la constante. El Padre Pedro nunca fue así. Jamás le vi más que simular un cachete a algún pequeño. Su clase, era una especie de guardería en la que la misión principal era que los niños saliéramos sabiendo leer y escribir. Su paciencia y su bondad hacían impensable lo que vendría en los años siguientes. La eme con la a, ¡maaaaa!, gritábamos. La eme con la e, ¡meeee!, la eme con la i, ¡miiii!, todos a una; cuando escribías el dictado de la pizarra, venía a corregirte con la goma de borrar y el lápiz, la letra que había escapado de los márgenes señalados. Te atendía si te encontrabas mal -no soportaba el lloro de un niño- y si era necesario casi te limpiaba las cacas que a más de uno se le escaparon. El padre Pedro, corrobora mi teoría de que en los momentos más tenebrosos y en los entornos más miserables hay gente que no renuncia a la bondad de sentimientos. Creo que, en la actualidad, está en proceso de canonización. Me interesa poco ese reconocimiento confesional que siempre estará por debajo de mi recuerdo. En una mesita lateral, se encontraban unas fotos para que todo el mundo pudiera llevarse una. La he tomado y he pensado llevarla como separador de las hojas de mis libros. El Padre Pedro. El cura que me enseñó a leer.

domingo, 17 de marzo de 2019

Impacto visual




Pocos profesionales del mundo textil en España saben tanto como yo. Creo que estoy entre el cinco por ciento que más sabe. Seguro que muchos, al leer estas afirmaciones, pensarán que me ha dado un ataque de pedantería o vanidad. Si tienen un poco de paciencia y continúan la lectura verán que no es así. Comencé mi andadura en un comercio de élite como dependiente y luego como encargado adquiriendo conocimientos de venta al detall. Posteriormente me inicié como comercial en una industria vendiendo a las tiendas. Mi posterior paso por la dirección de ventas me posibilitó adquirir conocimientos de marketing, estrategias y dirección de equipos. Y la posibilidad de colaborar con los equipos de diseño me proporcionó conocimientos fabriles poco habituales en un comercial. Es decir, conozco desde el primer hilo base de un producto hasta el producto acabado. Cuantas agujas por pulgada tiene una galga, qué significa un número de hilo, un hilo doblado, qué es un telar, trama, urdimbre, qué es una máquina rectilínea, una circular, una tricotosa, una Stoll, una Shima, que es un 120, 140, 160 dos cabos, hilo de escocia, algodón peinado, un merino extrafino, tejer, acabar, vaporar, qué son las fornituras, etc. Podría llenar varias páginas de estos conocimientos hasta el aburrimiento cuyos síntomas confío no hayan aparecido. Pues bien, el noventa por ciento de toda esta erudición profesional y técnica…hoy NO SIRVE PARA NADA, o dicho de forma más suave, no tiene relevancia o valor de cambio. Guardo una inolvidable anécdota de una clienta de Levante, que cuando le enseñaba y explicaba mi colección de punto para mujer y glosaba las cualidades técnicas de mi producto y después de escucharme con enorme atención, me dijo: -Sabes mucho, hijo mío, pero hoy en día lo importante es… ¡el impacto visual! Como podréis deducir de ese llamarme “hijo mío”, la clienta era bastante mayor que yo, pero con semejante observación me hizo sentir más viejo que ella. Desde entonces he tratado de aplicar esa lección a todos los órdenes de mi vida. Qué duda cabe que los años te aportan conocimiento pero también muchas adiposidades –en muchos casos disfrazadas de sabiduría- que imposibilitan la comprensión de nuevos comportamientos, formas y valores. En esta nueva etapa de jubilación y no apartado del todo por la tienda de mi hijo del mundo textil, he comprendido que lo mejor que podía hacer es respetar sus decisiones y elecciones y responder –solamente responder- a sus requerimientos en puntuales circunstancias. La gran e importante diferencia que hay entre los dos es que él sabe lo que hay que saber hoy y que el noventa por ciento de lo que yo sé…hoy no sirve. Y por eso cuestiono casi toda mi experiencia que corresponde a un pasado y miro con enorme interés todo lo joven. 
Claro que tenemos derecho a nuestra opinión. Faltaría más. Pero creo que debemos tener la prudencia de analizarnos de forma muy crítica, especialmente, porque el futuro no es nuestro y en el pasado quizás no lo hicimos tan bien. Hace unos días y con motivo de la publicación de un artículo de Javier Marías –excelente escritor y no necesariamente buen articulista y menos analista político- hubo comentarios acerca del mismo. La mayor parte eran positivos y el mío bastante negativo. Obviamente, respeto la opinión de los admiradores, pero a mí me pareció un ejemplo de lo que he tratado de exponer. Un hombre que reconviene a los jóvenes que han irrumpido en la escena política por su descaro, arrogancia y formas, ponderando los méritos de esa generación que hizo la transición…”sin que se derramase una gota de sangre” –olvida que alguna hubo- es que está fuera del tiempo o que, como me gusta decir, el tiempo le ha alcanzado. Ese lenguaje épico y tópico es totalmente incomprensible para los más jóvenes. Si no son críticos serán distantes. Olvida, además, que esos políticos nuevos – de uno u otro signo- han sido votados por más de nueve millones de electores. Y por otra parte, ¿hay algo más consustancial con la juventud que el descaro, la arrogancia o el cambio de formas? ¿Cómo es posible que la edad nos vuelva tan desmemoriados? ¿No nos damos cuenta de que doce millones de electores nacieron después de la dictadura y que nueve millones más cuando fueron a votar por vez primera, el dictador acababa de morir? Nunca proclamaré que la juventud, por el hecho de serlo, tenga razón. Pero es un error de la madurez no comprender, y terrible, no aceptar que nuestro esfuerzo de acercamiento es lo que realmente constituye nuestra mayor sabiduría. Y no esa otra pretendida que es el escepticismo, el “estar de vuelta de todo”, el que nuestra experiencia vital adquiere el carácter de axioma. Esa actitud que no es sino el espejo de nuestro propio fracaso y remota incapacidad. “Es un error planificar el futuro como una extrapolación del pasado porque el futuro va a ser diferente”, decía un afamado gurú de la economía. 

Algo parecido puede aplicarse a la sociedad. Observo en mi entorno que, con los años, la palabra utopía pierde valor y la palabra imposible adquiere una firmeza casi pétrea. Lo llaman madurez y quizás sea una consecuencia de los desengaños y las decepciones. Tienen que ser muy importantes para impedirte soñar y perder la esperanza. Cosas que a mí me mantienen vivo.

Tengo muchas dudas o más bien soy bastante crítico con nuestra generación. Esa de las barricadas, del mayo del 68, de la rebeldía, de los cabellos largos, del amor y las flores, hippies, revolucionarios y utópicos y que, en definitiva, somos hacedores del mundo que tenemos. “El tiempo envejece deprisa”, decía Antonio Tabucchi. ¿Lo hemos hecho bien? ¿Tenemos el mundo que soñamos? ¿Nos pervirtieron por el camino? Y si nuestro sueño no se cumplió, ¿tiene nuestro fracaso el derecho de dudar siquiera de que ellos lo puedan hacer mejor?

Yo, casi de forma incondicional, los prefiero.



miércoles, 9 de enero de 2019

Creencias y certezas

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Recuerdo que en los años de mi rabiosa juventud –ese tiempo de curiosidad permanente- me apunté a un curso de meditación trascendental –el adjetivo era motivador- pues respondía a casi todas las preguntas que me podía hacer en la época. Consistía en unos ejercicios de meditación basados en el control respiratorio, relajación profunda y repetición de un mantra en tu mente con objeto de lograr un estado de paz y bienestar con todo lo que me rodeaba hasta el punto de que con años y entrenamiento podía llegar a levitar, cosa que nunca pretendí. Ese mantra, que era individual y secreto, en mi caso era “Siri”, como el algoritmo de Apple –desconozco si proviene de la estancia de Steve Jobs en la India- cosa que pasados los años llamó mi atención. Esos ejercicios tenía que hacerlos dos veces al día y a los largo de veinte o treinta minutos. Tengo que reconocer que fue una experiencia curiosa y que me duró dos o tres meses y que funcionaba muy bien como relajación; pero llegaba tan en paz, bondadoso y comprensivo al visitar a mis clientes que ante cualquier objeción a mis propuestas me rendía de inmediato. Y claro, mis ventas se resintieron. Y mi fe en la eficacia del método decayó como le sucedió a la mayor parte de los que asistimos. Porque una de la bases del éxito del método era la creencia, la convicción de que mi participación mejoraría mi vida y la del mundo que me rodeaba. Ahí es nada. He de añadir, que también por la época había renunciado a las creencias religiosas a las que tantos años y esfuerzo habían invertido en mí la familia, el colegio y los curas. Y comencé a desconfiar de las creencias.

Sin embargo, simplemente hechos de carácter médico –abundantes en mi familia- y su solución terapéutica, tal y como pronosticaban, hicieron depositar toda mi confianza en las certezas; es decir, todo aquello soportado por la demostración empírica. Un cierto interés en los hechos y avances científicos, más allá de la pobre enseñanza escolar, confirmó mi adscripción a lo que hoy entendemos por cientifismo y que no es otra cosa que aquello que confirma el conocimiento tanto teórico como práctico de las cosas. Aquello ampliamente demostrado por la experimentación al punto de constituir una evidencia.

Pues bien, observo que cada día aumenta el número de personas, al menos en mi entorno de amistades e incluso en prensa, artículos y libros, sensibles a un cierto crecimiento de “creencias” de todo tipo; espirituales, médicas, religiosas, esotéricas, etc., con evidente asombro. -Yo “creo” que me ayuda desde al más allá. -¿Tú no “crees” en la energía positiva que transmiten sus manos? –Pues yo sí que “creo” en la homeopatía. – ¡Ojo! Con los fármacos que tomas. –Yo “creo” en los productos naturales…. Y también la elevación a categoría científica de cosas que nuestros antepasados conocían desde la antigüedad y que ahora se llaman biodinámica agrícola o convertir variantes de yoga en eso tan moderno que se llama “mindfulness”. Y lo extraordinariamente favorecida que se ha visto la creencia con el exponencial aumento de licenciados en medicina general que nos ha proporcionado internet. Con razón me decía una entrañable y excelente doctora que su gremio está harto de escuchar estupideces. 

Parece que las personas desdeñaran la certeza –enfrentar la evidencia- y depositara su esperanza en la creencia, en aquello que escapa a la realidad, que supone un sueño, que reconforta. En verdad, una forma de religión. Como dijo Proust, “Los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias, y como no les dieron vida no las pueden matar; pueden estar desmintiéndolas constantemente sin debilitarlas, y una avalancha de desgracias o enfermedades que tras otra padece una familia no le hace dudar de la bondad de su Dios ni de la pericia de su médico”.

A mí, cada día que pasa me ocurre lo contrario y aumenta mi confianza en la ciencia, creo que con evidentes certezas, y me quedo perplejo ante las creencias.

La diferencia entre ambas me ha hecho recordar una anécdota con un querido amigo y excompañero de trabajo. Hace muchos años, cuando surgió el grave problema del Sida, una ministra nos previno y aconsejó que “no hiciéramos el amor sin preservativo excepto con parejas de confianza”. -¿Y cómo sé yo que es de confianza?, me dijo mi amigo. –Hombre, supongo que quiere decir con tu mujer. Insisto, me contestó. ¿Y cómo sé yo que es de confianza? Lo dicho. Una creencia.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Merci, grand-mère



Conforme pasan los años o quizás más bien recientemente, parece que preciso de mayor reconocimiento. Si coloco un cuadro me digo que lo he hecho bien; si le hago alguna propuesta en la tienda a mi hijo digo que le será muy útil; si decido algún cambio en la ubicación de objetos en la biblioteca, ésta queda insuperable; incluso si me atrevo con la cocina alabo el final de mi plato y lo equiparo a la altura de estrellas Michelín. ¿Pero no os parece que está muy bien?, digo reclamando ese aplauso. “Chico, llevas un romance contigo mismo…”, me dice Carmen, y lo confirma la risa de mi hijo aprovechando para machacarme un poco. Y esto me ha hecho pensar. Y me he acordado de ella. Porque esta será la segunda Navidad que no está con nosotros y creo que es la responsable de mi hábito de alabanzas pues era la que más me aplaudía. Si alguna bombilla se fundía y procedía a su cambio, al iluminarse la habitación me miraba admirado; que su silla de ruedas se hacía pesada porque la ruedas estaban faltas de presión y con una sencilla bomba de bicicleta se las hinchaba, al deslizarse suavemente por el pasillo decía que yo servía para todo; que reparaba cualquier utensilio de menaje de la cocina, decía que tenía unas manos de oro. ¡Qué padre tenéis!, les decía a mis hijos con una mirada, entre asombrada y severa, con la que transmitía que debían estar a la altura de mi supuesta bondad. Incluso cuando después del desayuno la llevaba junto a la ventana, al subir la persiana para que entrara la luz me hacía protagonista de un nuevo amanecer.

El otro día y bromeando con Carmen –cosa que hago con bastante frecuencia- le dije: no sé qué está pasando con los años: antes te hablaba en francés y decías que te encantaba y me mirabas embelesada. Ahora dices que no me entiendes, le apostillé en divertido reproche. Y nos reímos un rato.

Estoy seguro de que ella, mujer humilde que sólo sabía leer y escribir, hubiera dicho: ¡qué bien habla en francés!

Merci, grand-mère

lunes, 19 de noviembre de 2018

A. Pérez Reverte y la entrevista





Soy hombre de pocas filias –incondicional de ninguna- y procuro evitar las fobias. Ninguna de las dos son buenas compañeras para esa objetividad a la que todos aspiramos. Por eso, el sábado pasado esperé con interés a un hombre que despierta ambas pero que considero un intelectual al que merece la pena escuchar. Los leves cortes en los que anunciaban a lo largo de los días la entrevista hicieron saltar mis alarmas y, a la vista del programa, no me defraudó.

Comenzaré con algo en lo que estoy absolutamente de acuerdo con él y es ese revisionismo tan absurdo como indocumentado acerca del descubrimiento –no me voy a enredar con lo adecuado o no del término- de América por el Imperio español. Pretender juzgar hechos que comenzaron en 1492 con miradas actuales es, sencillamente, estúpido. Unos cientos de salvajes que se embarcan a la conquista y expolio de nuevas tierras no puede entenderse con el pensamiento actual. Todavía es más grave que con ese pensamiento de hoy suceden cosas a nuestra vista o con nuestra connivencia que, ahora del todo, avergüenzan la condición humana. Todos los Imperios han sido y son depredadores. Y la tan destacada crueldad del nuestro es comparable e incluso sale beneficiada con relación a otros. Los invasores ingleses e irlandeses no dejaron indio viviente; los colonizadores holandeses no dejaron en Australia aborigen viviente; los belgas del rey Leopoldo son autores de las mayores atrocidades que se cometieron en el Congo. Y no hablemos de los USA. Con la diferencia de que esos hechos se han producido en siglos muy recientes y los nuestros se remontan a los siglos XV, XVI y XVII. Como mínimo el nuestro dejó estructuras sociales, políticas y académicas y, permítaseme la frivolidad, nuestra afición al “folleteo” derivó en un mestizaje que hoy podemos valorar tan único como positivo. Las sombras, los grises y los negros, todos. Y la brutalidad de los conquistadores ha sido documentada -el detalle es importante-por nuestros propios cronistas de la época e historiadores. Por eso, esta moda a la que es tan proclive alguna izquierda de postureo y frívola, y que además pretende una suerte de superioridad moral, es una de las cosas que me enervan. Ignorancia, soberbia y una buena dosis de estulticia.

Discreparé de Reverte, no tanto en su devoción jacobina, como en su condena a los nacionalismos. Se declara admirador del estado francés centralista –jacobino como dice- y, en otras ocasiones ha declarado que en España faltaron guillotinas. Es muy posible que tenga razón pero no tanto por motivos descentralizadores sino por los mismos que los franceses: derrocar a unos reyes y a una burguesía extractiva y explotadora –en nuestro caso ni siquiera ilustrada- originaria de todos los males que nos aquejan y perviven. Yo, como él, soy un profundo admirador de Francia como también lo soy de Alemania, Reino Unido, Suiza e, incluso en muchos aspectos, de los EE.UU. Todos tienen estructuras políticas y sociales totalmente diferentes a la francesa y funcionan con un grado de autonomía e independencia –empleo sin miedo la palabra- que da resultados óptimos. No debemos olvidar que en USA te pueden ejecutar por ley en unos Estados y en otros no –para mí máximo grado de independencia-; en Suiza, con 12.000 firmas se puede solicitar una consulta; en Reino Unido hemos tenido dos recientes; y Alemania está compuesta por “landers” con notable autonomía. Por eso, es tan respetable ser jacobino-centralista como federalista- autonomista. La base es el acuerdo social. Por eso me llama la atención que no proporcionara ningún argumento acerca de los beneficios o perjuicios de cada uno de los sistemas y solo hiciera afirmaciones del tipo “el nacionalismo es el peor de los males de un país” o “el origen de todos los males”. Afirmaciones tan rotundas como, en mi opinión, de nula consistencia.

Y, por último, mi gran decepción – los franceses tienen un término, “Je suis désolé”, más rico porque implica decepción y tristeza- al referirse a la Monarquía como forma de gobierno. Solo nos comunicó dos cosas. Que Felipe VI, nuestro actual monarca es una gran persona (sic) y que lo conocemos desde hace años –infancia incluida- y, por tanto sabemos quién es y repitiéndolo hasta la saciedad. Y que imagináramos un Presidente de la República como Rufián, Tardá o Puigdemont –una comparación manipuladora donde las haya- para acabar suavizando esas supuestas adversidades al añadir a Zapatero, Rajoy o Aznar. Desconozco qué pensarán o si preferirán los franceses un Rey – ahí tienen a otro Borbón aspirante- en el lugar de Macron, Hollande, Sarkozy o Chirac, en ese país al que tanto admira. Evitó, también, referirse a la historia, de la que es un profundo conocedor, y hablarnos de toda la dinastía de los borbones. Y menos del Rey emérito, desvergüenza de comportamiento en su reinado que es difícil de superar. Pero creo que olvidó lo más importante. Esa magnífica persona que tenemos como Rey es consecuencia de una de las, al parecer, múltiples cópulas reales, al igual que esa niña, Princesa Leonor, de la que todos los medios de comunicación no cesan de alabar su desparpajo, desenvoltura y naturalidad –esta debe ser por parte de madre- es también producto de otra cópula real. En el peor de los casos, y seguro que el más detestado por mis lectores, si Gabriel Rufián llegara a esa Presidencia de la República sería consecuencia de la elección libre de los ciudadanos.

Eso que llaman democracia.

domingo, 11 de noviembre de 2018

La importancia del idioma




Resulta bastante frecuente enarbolar como argumento despectivo o infravalorar los diferentes idiomas de España, la extensión e importancia -sin negar la relación no son siempre lo mismo- del español en el mundo. También parece que hay una tendencia a llamar español -la misma Academia Española lo recomienda- a lo que en su origen es la lengua castellana. También discusiones acerca de las diferencias o igualdad de la lengua que se habla en Catalunya o Valencia. En definitiva, conflictos que refieren con más certeza que rigor técnico realidades políticas. A mí, como a cualquier demócrata, me resulta especialmente molesta, por la falacia y elementalidad argumental, esa comparación frecuente del castellano con el catalán basada en el número de hablantes. Esa extensión del primero es debida al hecho de que existió un Imperio español, al igual que lo fue el inglés o a que la inmensa población de China hace que su idioma sea de los más hablados del mundo. ¿Seguimos haciendo carreras o nos centramos en lo que significan y en el origen de los idiomas? Yo mismo, en mi blog personal, he hablado de lo que significa el idioma en la identidad de una nación, comunidad o pueblo y por tanto obviaré ese discurso y me centraré -solicitando comprensión hacia mi falta de autoridad- en el origen de estos idiomas. El castellano, francés, catalán, gallego, italiano, portugués, etc. son lenguas provenzales que tienen un origen común que es el latín. De ellas, quizás sea el castellano el que más influencias exógenas tenga, pues se reconoce que determinadas palabras y sufijos como los terminados en ez tienen su origen en el euskera -omito hablar de esta ancestral lengua pues llevaría a un texto tan largo como limitado mi conocimiento- sin bien tampoco por ello merece calificarla de contaminada. A mí, en contrapartida, me parece de una inmensa riqueza que un pequeño país como el nuestro, con una apasionante historia que, como todos en Europa, está repleta de luces y sombras, contenga esa variedad de lenguas y emplearé todas mis energías como ciudadano libre para su fomento en igualdad de condiciones. Admiro que Catalunya, a pesar de todas las imposiciones históricas, haya conservado y fomentado esa hermosa lengua que Serrat llamaba la “llengua del pit” (lengua del pecho) y que me parece una maravillosa descripción de lo que significa, lejos de maliciosas interpretaciones, la identidad de un pueblo. Qué decir del encomiable esfuerzo de Euskadi por recuperar y extender a todas las capas sociales, incluso llegadas de fuera, esa dulce lengua -recomiendo un acercamiento musical par apreciar su belleza- tan sentida como antigua. Ojalá, los gallegos se esfuercen en mantener y fomentar su idioma. 
En definitiva, lo que quiero decir y resumo es que me gusta que en Zamora hablen castellano, en Mollerusa catalán, euskera en Hernani, gallego en Cambados, italiano en la Toscana, inglés en Liverpool o español en Chile. 

Incluso que en China hablen mandarín.

martes, 30 de octubre de 2018

El debate





Esta mañana, al finalizar la tertulia que cinco amigos tenemos los martes por la mañana, llegando a casa me han preguntado ¿qué tal la tertulia? Muy agradable, les he contestado. Y he recordado este texto que escribí hace un tiempo.
Me gusta los debates. Les estoy muy agradecido por todo lo que he aprendido en el curso de los diferentes que he tenido a lo largo del tiempo, bien hayan sido presenciales o virtuales. En definitiva, los primeros no dejan de ser las tertulias entre amigos o aquellos provocados por los medios de comunicación desde que existe la radio o la televisión y que convocan a personalidades de prestigio. Los virtuales no son otra cosa que una variante, con resonancias amplias, de lo que eran los intercambios epistolares de muchos intelectuales de tiempos pasados. Y todos tenemos experiencias y evidencias de lo enriquecedores que pueden llegar a ser. Y, al menos, en mi caso, lo han sido mucho. Qué duda cabe de que en ocasiones conllevan molestias, equívocos e incluso enfados. Me atrevo a decir que cuando esto sucede no nos encontramos en un verdadero debate sino ante una confrontación de opiniones, con discusiones incluidas, que conduce inevitablemente a la trivialidad, a la irritación y casi a la pelea. Y convierten algo placentero y enriquecedor, en aborrecible. 
Hace unos días, un querido amigo en las redes escribió:
“Todos establecemos nuestros principios debido a una educación o una experiencia que nos hace ser como somos y define en qué creemos”.
En mi opinión, le faltó algo para completar el cuadro. El razonamiento, la reflexión, el pensamiento crítico, el cuestionamiento permanente de nuestros postulados. Porque es precisamente eso lo que nos mejora y nos permite avanzar. La educación recibida, aún conteniendo muchísimas verdades, también está plena de adiposidades que con los años eliminamos. Las experiencias pueden interiorizarse de muchas formas y algunas pueden resultar patológicas. Pero el razonamiento, cuando se ejercita sin prejuicios y con el deseo limpio de buscar la verdad –aunque siempre sea esquiva- es lo que nos acerca a la lucidez y al placer y dolor que conlleva.
Y el debate es una de las herramientas positivas para la consecución de esos logros. Porque el verdadero debate no consiste en una confrontación de ideas, opiniones o principios sino en contrastar los razonamientos que las sustentan. A mi juicio, es como si diez cerebros se unieran al mío, no para concluir en un único pensamiento sino para aumentar la potencia de esa reflexión y afirmar su certeza o falsedad. Y eso es enormemente gozoso. Aunque tengo que reconocer, con profundo pesar, que no se produce con frecuencia. 


jueves, 25 de octubre de 2018

Cumpleaños




Como decía Luis Cernuda “hay un momento en la vida en que el tiempo te alcanza” y se convierte en una presencia permanente con la que hay que contar. Reflexionaba ayer sobre la edad -en un día de constancia gozosa- y, especialmente, sobre nuestro papel social en esta etapa. Es obvio que en términos económicos nos convertimos en acreedores y, en general, dejamos de ser productores; pero fuera de esta realidad, mantenemos todos nuestros derechos como ciudadanos -como debe ser- y nuestra influencia en aspectos sociales y políticos. Y aceptando este enunciado, y entendiendo las diferentes situaciones personales pero con notables similitudes como grupo social, es cuando me pregunto… ¿Es positiva nuestra aportación como colectivo? Es casi un axioma, o como mínimo un valor aceptado por todos, que la edad proporciona serenidad, conocimiento, sabiduría, prudencia, y que lo vivido nos dota de ese valor -en mi opinión sublimado- que es la experiencia. Pero creo que se habla poco de las cargas negativas que tiene. ¿No es cierto que la edad conlleva miedo, conformismo, cierta debilidad, escepticismo, y considera casi absolutos valores del pasado en su proyección al futuro? Y aceptando estas premisas, ¿cuáles pesan más en nuestra contribución ciudadana? No me siento nada optimista y sí, notablemente crítico. Y es un tema que me preocupa, pensando en las siguientes generaciones, ya que en todo Occidente el peso de la gente de edad aumenta día a día. Y en nuestro país con connotaciones especiales a las que me voy a referir. La generación anterior a la mía vivió el franquismo hasta los treinta y tantos años largos, la mía hasta los veintitantos y la siguiente hasta los quince; es decir, madurez, juventud y adolescencia. Y las tres generaciones, que suponen un número importante de ciudadanos, notablemente marcadas por esa etapa de adoctrinamiento. No creo necesario extenderme sobre las características de esa dictadura que todos sufrimos y que creo -es mi opinión- que en muchos aspectos no hemos superado. Decía un cura de mi colegio -el único que conocí que mereciera interés- que el futuro de un niño está muy marcado por las influencias que recibe entre los ocho y catorce años; que ello determina, en grado estimable, su actitud posterior como adulto. Las personas más inquietas, cultas y reflexivas se han esforzado por desprenderse de esas “adiposidades” de aquellas etapas; su pensamiento crítico ha cuestionado la formación religiosa para abandonarla en muchos casos o mantenerla en aquellos de profunda convicción; y lo mismo ha hecho con sus posturas sociales o políticas. Pero hay que esforzarse mucho. Y de forma constante. Cada día observo, con cierta admiración técnica y repulsa moral, que la sombra del franquismo es muy alargada y el poso, soterrado y casi invisible, subyace en muchos comportamientos y visión de las cosas. Incluso en personas que abominan del fascismo y se sitúan a la izquierda -como puedo ser yo- en momentos determinados y al tener que “asomar la patita” dejan al descubierto esa insana influencia. El franquismo tuvo una enorme crueldad física pero todavía más poder sobre las ideas. Y muchas de ellas, al amparo democrático, tienen la dureza inquebrantable de los más firmes principios de la dictadura. La mansedumbre hacia las políticas económicas, la displicencia ante la corrupción o, recientemente, la virulencia ante cualquier modificación territorial del Estado son síntomas de esa sombra maldita. Reacciones indignadas que asoman como un resorte automático anulando cualquier esfuerzo de comprensión y análisis. Y, además, con la complicidad de unos medios de comunicación que han dejado de serlo, y colaboran, con tanta desfachatez como entusiasmo, en anular el pensamiento crítico y la información objetiva. 

PD. Este texto no es otra cosa que una invitación a la reflexión personal y en modo alguno a descalificar cualquier opinión, política o social, diferente a la mía. Simplemente considero que el análisis introspectivo de nuestras reacciones y posturas, es siempre un ejercicio positivo.

miércoles, 24 de octubre de 2018

¿Cabellos largos ideas cortas?






Decía el gran Eduardo Galeano que su peluquero afirmaba que si el pelo fuera verdaderamente importante estaría dentro de la cabeza. Y él confesaba complaciente que no le quedaba casi pelo pero que, a lo largo de los años, no había perdido ninguna idea. Al ver al ex ministro y barón del PSOE, D. José Bono, con su cada día mayor abundancia capilar, me he quedado pensativo.


domingo, 7 de octubre de 2018

El 1º de Octubre no pasó nada



He recuperado este texto que escribí en otro foro hace una año y que conllevó bastante polémica. Creo que el paso del tiempo le ha sido favorable.

Rememoraba ayer esas imágenes del cine en las que se ve a un señor sentado en un sillón con su pipa y un periódico en dobladillo en el que se podían apreciar las largas columnas de texto. Tiempos que no conocí y en los que la palabra era el medio para informar. Creo que, a grandes rasgos, fue la guerra civil española la precursora de la información gráfica. Aquí se captaron famosas imágenes que dieron la vuelta al mundo. El miliciano alcanzado por un disparo, de Robert Capa, es un documento histórico. Pero fue la Segunda Guerra mundial y, posteriormente, la Guerra de Vietnam en las que este tipo de información alcanzaría niveles de notoriedad e importancia insustituibles. Las terribles imágenes del holocausto judío han quedado como actas notariales inmortales que nos recuerdan el horror en el que puede caer el ser humano. La niña desnuda y chamuscada huyendo de las bombas de napalm o el soldado del Vietcong muerto en las calles por un disparo en la sien no admiten interpretaciones.
Pues bien, observo con estupor como en estos días y desde hace tiempo, la evidencia se interpreta, discute e incluso se niega. Los recientes sucesos del pasado domingo, 1º de Octubre, en Barcelona concluyeron con la intervención de unidades antidisturbios para disolver a grupos de ciudadanos desarmados y en actitud pacífica en la inmensa mayoría de los casos. Así lo certificaban las informaciones de medios internacionales como los cientos de vídeos que circularon por la red tomados por ciudadanos con su cámara. Las autoridades y los medios de comunicación “oficiales” tardaron algo más de veinticuatro horas en reaccionar. Las primeras informaciones apuntaban a doscientas o trescientas personas atendidas en los centros de salud (no se hablaba de heridos), cifra que fue ascendiendo hasta los 800 (ahora sí, heridos) con dos personas en situación grave. Los días posteriores han sido todo un ejercicio de “contra información” delirante. Se niega que fueran ochocientos –obviando los informes médicos- y se difunden imágenes falsas, manipuladas y retocadas –el diario La Razón ostenta la Cátedra en estas actividades- en las que se niegan esas heridas. Los editoriales del diario El País negando realidades y hablando de proporcionalidad, son dignos de estudio. Ancianas que no eran y asociadas a un político vasco, otras en las que se dice que la sangre era pintura, difunden que prácticamente en todos los colegios había barreras de niños y ancianos, y, en una pirueta digna del mejor Circo del Sol, el ministro del Interior nos habla de cerca de 400 antidisturbios heridos. Sin despeinarse. ¿Alguien puede creer que esos policías, pertrechados como Robocop, armados con cascos, escudos y porras, pueden resultar, en ese número, heridos por esa multitud desarmada? Pues sí. La verdad es que sí. Porque no hay nada más potente que un creyente…en lo que sea. Ante las evidencias o ante su ausencia. Cuando alguien que quiere creer o negar cualquier evidencia no tienes más que darle el más mínimo y leve argumento -aunque sea manipulado dará igual- para afirmar su creencia. Ante la polarización, las trincheras, los buenos y malos, no cabe el espíritu crítico. Ahora aquí, las cosas han sido como nos cuentan que queremos creer. Todo lo que ha pasado, no ha pasado. Todo lo que usted ha visto, no es lo que parece. Y piense y recuerde un poco ese domingo porque seguramente no ha visto nada… o no existió.

4 de Octubre del 2017

viernes, 21 de septiembre de 2018

Los sentimientos no generan derechos





A lo largo del tiempo todos hemos conocido enemigos íntimos y declarados en cualquier parcela pública. La enemistad de Vargas Llosa con García Márquez; el odio de Fraga a Suárez -me sorprende el papel de hijo de este último en el actual PP- ; la inquina de Albert Boadella -a lo largo de los años la ha ido repartiendo- hacia Josep María Flotats; la de Felipe González a Pedro J. Ramírez o la de Juan Luis Cebrián y Luis María Ansón. En fin, que la lista es extensa y enumerarla no es el objetivo de este escrito. Pero queriendo destacar una, yo creo que sería la de Felipe González y José María Aznar -aunque pienso que mucho más por parte de este último-, que solo se han soportado en actos oficiales y que nunca han disimulado su odio sino que, más bien, han aprovechado cualquier circunstancia para hacerlo notorio. En mi opinión, Aznar siempre evidenció un notable complejo de inferioridad con González -si ese complejo es parte de su personalidad es otro asunto- ya que nunca tuvo el prestigio internacional del primero, ni esa especie de aura de hombre de estado, ni la consideración de los principales poderes económicos y sociales. Verlos juntos, en un cara a cara, parecía empresa imposible. La situación política, con el fin del bipartidismo, el cuestionamiento constitucional del 78 y el problema territorial lo ha hecho posible. Es decir, que la fractura de lo que ambos construyeron y el concepto de Estado los ha unido. Y me atrevo a decir que se han fundido dos odios en una sola dirección. Conocido por todos el que tienen hacia Iglesias – creo que ambos piensan que es controlable-, ese odio lo han canalizado hacia Catalunya y el proceso independentista. Difícilmente, en mi opinión, los dos expresidentes con más años de gobierno de la etapa democrática pueden hacerlo peor; si en este cara a cara pensaban en sus electores, se habrán repartido los beneficios; pero si en algún momento tenían presente al electorado independentista catalán, habrán de repartirse las culpas porque no han hecho sino reafirmarlo. Especialmente González, que de forma contundente ha afirmado que, “No se dan cuenta de que toda negociación se fundamenta cuando se cree que además de ganar algo se puede perder algo. Están más cerca de perder autonomía que de ganar independencia”. Tan amenazador como irresponsable. En cuanto a Aznar, ha actuado como lo hace desde que ha perdido hasta el respeto de muchos afines ideológicos. Tratar de epatar con frases tan altisonantes como faltas de fundamento. “Los sentimientos no generan derechos”, ha dicho convencido de lo trascendente de su aserto. Su elementalidad intelectual olvida que las naciones no son otra cosa que construcciones basadas en sentimientos y que estos generan deseos que conllevan expectativas o frustraciones. Solamente en “entornos” en los que esos sentimientos se ven satisfechos se puede hablar de integración, convivencia y respeto.
En definitiva, me pareció una exhibición de vanidad, soberbia y rencor.
Bien trajeados, bronceados y con buen aspecto. Pero los vi viejos…muy viejos.



viernes, 14 de septiembre de 2018

La Ilustración


Leía estos días, con fruición, ese magnífico libro de Editorial Akal titulado El libro de la Historia y que forma parte de una colección que remite también a la filosofía, arte, religión ciencia, etc.
Estando en la parte que corresponde a los enciclopedistas y que dio lugar a la Ilustración, el texto, como es natural, ponderaba la gran importancia que tuvo en el mundo. El primer volumen de la Enciclopedia se publicó en 1751, y la obra, completada 21 años después, consistió en 17 volúmenes de texto y 11 de ilustraciones. Los textos y artículos de la obra destilaban los pensamientos de escritores y filósofos como Montesquieu, Rousseau, Voltaire, D´Alambert y el citado Diderot. La Ilustración cambió la visión del mundo y el  orden social e influyó de forma decisiva en la futura evolución de Occidente. La Constitución de EE.UU. tiene como base esa afirmación –subversiva en ese momento- de que  “todos los hombres son creados iguales” y que los gobiernos debían ser consecuencia del “consentimiento de los gobernados” como propugnó Thomas Jefferson. El mundo moderno tuvo su origen en ese primer volumen de 1751.
Doscientos años más tarde hubo otro acontecimiento de verdadera importancia, al menos para mí, que fue mi nacimiento. Y unos trece o catorce años después, durante el bachillerato y en el Colegio de los Escolapios, me enseñaban sobre los enciclopedistas que eran “filósofos malditos” de ideas subversivas y enemigos de la Iglesia. Sus obras y enseñanzas no eran lecturas recomendables cuando no muy peligrosas. De Voltaire, Rousseau, Diderot y D´Alambert, -recuerdo perfectamente el orden del libro de texto- había que huir como de la peste.
Y como decía Labordeta… “así nací, así viví y así crecí.
Con mucho esfuerzo y a pesar de ellos.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Desórdenes



Cada día me resulta más fascinante lo que expresan las palabras más allá de sus diferentes acepciones. El análisis semántico de su carga conceptual resulta apasionante. Estos días, en las redes, he leído que en Barcelona había habido “desórdenes” y qué duda cabe que en la corrección de su aplicación hay una resonancia que resulta reveladora. Es un término que hoy ha sido sustituido por conflictos, enfrentamientos, algaradas, choques callejeros y otros que, no siendo literariamente mejores, evitan esa palabra que se asocia a tiempos pasados y que, desgraciadamente, se hacen presente con excesiva frecuencia. Desorden implica alterar el “orden”, concepto tan sublimado en el pasado y que con el adjetivo “público” llegó a tener un Tribunal específico. Y es que todavía estamos muchos. En España, alrededor de once millones y medio de personas superamos lo sesenta años; y algo más de ocho millones y medio los sesenta y cinco. Es decir, que los primeros fueron estudiantes de grado superior en los colegios del franquismo y buena parte de los segundos hicieron sus estudios universitarios en la misma etapa. Además, son personas que ostentan grandes cotas de poder o notables influencias y que suponen el veinticinco por ciento de la población. Y aunque la mayoría reniegue de la autarquía y se declaren demócratas, no pueden evitar –y determinadas palabras los delatan- deslices que revelan que buena parte de su estructura ideológica está impregnada de ese tiempo tan decisivo en la conformación de las ideas y personalidad. Eso explica las reacciones recientes ante la Ley de Memoria histórica, a la eliminación de símbolos de la dictadura, al cambio de nombre en las calles y, recientemente, a la exhumación de los restos del dictador del Valle de los Caídos. Esa anomalía moral, se ha perpetuado a lo largo de los años porque se conocía la reacción de muchos franquistas cuyo número era mayor. Pero aún así, todavía quedan bastantes que lo consideran innecesario y que forma parte de nuestra historia. Como si la indecencia pudiera ser objeto de veneración. No, no va a ser fácil sacar a Franco del Valle de los Caídos. Pero todavía más difícil sacarlo de la cabeza de muchos conciudadanos. Demasiado “desorden”.

lunes, 20 de agosto de 2018

Fútbol y religión




Hace unos días escuché la noticia de que los jugadores del Real Zaragoza habían hecho la tradicional ofrenda de flores a la Virgen del Pilar solicitando su ayuda para afrontar “esta gran aventura deportiva y social”. Me llamó la atención pues, hasta ahora, estaba acostumbrado a que los equipos ofrecieran solo los trofeos que constataban grandes logros deportivos. Esa mezcla de religión y deporte siempre me pareció un atavismo más de los que está lleno el país. El Real Madrid ofrecía sus trofeos a la Virgen de la Almudena y el Barcelona, después de una etapa laicista en la que dejó de ofrecerlo a “la moreneta” en Montserrat, ha retomado esa costumbre y ahora los ofrece a la Mare de Déu de la Mercé. En Sevilla, no sé si a la Esperanza Macarena, a la de Triana, al Gran Poder –hay que reconocer que en la tierras andaluzas tienen para días- o a alguna otra. El Real Zaragoza, los ha ofrecido a la Virgen del Pilar. Pero insisto, siempre han sido ofrendas y no tanto peticiones de ayuda –creo que eso es comprometerla- como parece que se viene haciendo los últimos cinco años sin resultados. Ayer se inició la liga y el equipo zaragozano ganó. Renace la esperanza de que la Virgen, por fin, se haya comprometido. Qué cosas…

domingo, 19 de agosto de 2018

Ética y leyes.


Es propio de los jóvenes cachorros de los partidos políticos el afán de esperar su momento para alcanzar el poder y sustituir a los viejos líderes. Podríamos colegir que es una actitud casi con sustento antropológico. Y tienen que medir bien los tiempos y postulados pues en esa misión tienen que vencer resistencias y competencias, algo que les lleva a intentar que sus declaraciones tengan la mayor resonancia y notoriedad. Es lo que le ha sucedido a Pablo Casado, a cuya desfachatez e incontinencia conocida se une ahora la ansiedad por lograr cuanto antes asentar un liderazgo que se ve ensombrecido por sus problemas académicos y que le ha hecho afirmar, sin el menor rubor, que “la ética la marcan las leyes”. Semejante aserto, dirigido a las masas afines y que no practican un pensamiento crítico, haría palidecer a cualquier estudiante de primero de Derecho y a cualquier persona mínimamente reflexiva. Me ha llevado a recordar al Juez Lerga, que se hizo famoso en la transición y que tuvo un papel destacado y brillante en diferentes procesos legales como el caso Rumasa. Siempre recordaré sus palabras. “Pobre de una sociedad cuya única referencia ética en su comportamiento sea el cumplimiento de las leyes”.

sábado, 18 de agosto de 2018

Cicatrices y fronteras





El ministro Josep Borrell siempre me provocó sensaciones ambivalentes. Por una parte, admiro su cultura, inteligencia, brillante dialéctica, nivel intelectual -poco común entre los políticos- y me produjo simpatía su reciente postura dentro de los movimientos de su partido. Por otra, siempre he recelado de esa química que transmite del hombre que siente que ha sido merecedor de mayores reconocimientos y que su ambición reclamaba. Su prepotencia y arrogancia se fue atemperando con los años, y sobre todo a raíz de sufrir las traiciones internas de su partido que afrontó con evidente bisoñez e inocencia. Ahora, en el final de su carrera, ha adoptado una postura beligerante -lícita como cualquier otra- con el independentismo catalán. Y con su brillante discurso, al que ya he hecho referencia, ha dicho que "las fronteras son cicatrices que la historia ha dejado sobre la tierra", con evidente intención epatante. Y tiene toda la razón. Y cabría añadir que donde hay cicatrices es porque hubo heridas y sangre. La práctica totalidad de los países del mundo son consecuencia de matrimonios reales o apaños de las noblezas -que no por eso evitaron reacciones-, invasiones, colonizaciones, guerras, levantamientos y, en definitiva, muerte, sangre, injusticias y dolor. Por eso la historia del mundo esta marcada por esas cicatrices que señala como fuentes de desgracia. Y es ahí donde, en mi opinión, su tesis adolece de fundamentos sólidos para combatir aquello que rechaza. Porque, ¿no podemos considerar un avance de la civilización que un pueblo, de forma pacífica, libre, responsable y democrática pueda decidir su futuro? Ni cicatrices, ni sangre, ni dolor, ni muerte. Solo la expresión de su voluntad colectiva. ¿No es incluso moralmente superior?