martes, 14 de abril de 2015

Don Arturo y el limpiabotas



Siempre he juzgado inadecuado y hecho patente mi reproche a las críticas sobre cualquier manifestación intelectual   basada en su autoría. Nuestras fobias –nadie puede negar tenerlas- no deben anteponerse a nuestro pensamiento crítico y juicio razonado. Y nuestras filias nunca deben tener el carácter de incondicionales pues la misma vida actúa como un filtro que sólo permite el paso de mínimas certezas. Pensaba en ello recientemente a cuenta del último artículo leído en la sección “Patente de corso” del discutido Arturo Pérez Reverte y algunos de cuyos textos tantas veces he glosado. El último y titulado “El político y el limpiabotas” me ha parecido francamente deplorable. Más allá de presumir de que en esta ocasión no tenía de qué hablar, lo hace de forma chapucera, enlazando temas por los pelos, con juicios de valor merecedores de mejores análisis y con un desenlace que, pese a la conocida bravura de sus personajes, no me creo en el autor.
Se lamenta de la “práctica desaparición del útil oficio de limpia” y constata el que “hay quien se alegra de ello pues lo considera denigrante y servil, pero no comparto esa opinión”; se enzarza en la idoneidad de “llevar unos zapatos limpios, de casa o de fuera, especialmente si son buenos, y considera que son una magnífica tarjeta de presentación”; además añade, en todo este batiburrillo conceptual, que “ese trabajo, como otro cualquiera, da de comer a gente que se gana dignamente su jornal” y remarca lo de “dignamente, pues nunca vi nada deshonroso en el oficio de limpiabotas u otros similares”. Conoce hasta la amistad a algunos y recurre a ellos ocasionalmente.
Verdaderamente está desapareciendo esa figura o trabajo y no existe más que una razón que lo explique; afortunadamente y aunque no en muchas cosas, avanzamos hacia una sociedad en la que los principios éticos impiden una exposición tan poco estética como la del limpiabotas. En la actualidad y con la excepción residual de España, sur de Italia o Portugal no los he visto en ningún sitio. Coincido con Reverte en que no hay nada denigrante y servil en  ese trabajador que se gana la vida y alimenta a su familia de la única forma que sabe o puede. Pero dice mucho del que alquila ese servicio y, especialmente, en la forma y lugar que cita en el artículo. He viajado durante más de 30 años con mi pequeño estuche con dos cepillos marrón y negro, dos gamuzas y dos tarros de crema para saber que es un servicio prescindible. No seré yo quien niegue haber pasado por las manos del limpiabotas; en mi juventud, hace más de 30 ó 40 años y recién incorporado al mundo de la moda pasé en muchas ocasiones por esos “salones de limpieza”, al menos una vez cada cierto tiempo, buscando el mayor lustre para mi calzado. Creo que cabe señalar un cierto matiz; no me parece lo mismo acudir a un pequeño local cerrado - establecimiento de los trabajadores- en el que además de la limpieza podías comprar cremas o arreglar una suela, que estar acodado en la barra de un bar con un cigarrillo en una mano y un Martini en otra, mientras un hombre a tus pies abrillanta la punta estilizada de tus zapatos. El hecho que posteriormente relata Reverte se corresponde más con esta segunda situación aunque con la dignidad de los salones del Ritz.
Y en esa parte final es donde Pérez Reverte pierde el oremus hasta extremos que hubiera pensado inimaginables. Nos relata la anécdota de un político en los salones del hotel que - como es natural y para darle a la escoba sin que pase nadie-  era de esos que “basan su negocio en proclamar lo poco españoles que son y lo menos que van a ser cuando puedan” y que estaba limpiando sus zapatos con Luis, el limpia, a sus pies. Y se lanza en una proclama de que cualquiera puede limpiarse los zapatos en ese hotel que, además, es el más elegante de Madrid (sic),  pero no un político que lleva “enrocado más de veinte años viviendo por la cara y pisando moqueta, a cien metros del Parlamento, con absoluta indiferencia y dándole igual lo que piense quien lo vea”. Es decir, no hay nada indecoroso en que el Sr. Reverte reciba un servicio tan digno como es limpiarse los zapatos en esos salones, cómodamente sentado y con la prensa en la mano, pero lo es cuando otra persona para él inadecuada lo hace. Incluso esa justificación utilitaria del oficio no procede que la pueda aprovechar alguien que presumiblemente –los hay que cobran dietas y viven en Madrid- está de viaje. Sólo le faltó rematar diciendo que se trata del Sr. Puig Seguí o de Aitor Arriguegorri  para suscitar un mayor clamor de indignación popular.
Pero el remate es apoteósico. Porque se hace depositario de esa indignación popular y cuando el político se levanta, cual Capitán Alatriste, le dice al limpia: “Luis, esos zapatos los hemos limpiado (¿) y pagado a medias tú y yo” . Y Luis guarda el betún y no dice nada. Independientemente de que el artículo, la historia y el relato sean una chapuza, ese final no tiene la menor credibilidad y va dirigido a los instintos más primarios y poco reflexivos de sus lectores.  Yo he imaginado otro que creo que se corresponde más con la escena. En lugar de guardar el betún y callar Luis le contesta: “Tiene usted razón… Don Arturo”.
Zaragoza, 14 de Abril del 2015

El artículo de Pérez Reverte

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