viernes, 17 de abril de 2015

Los cinco dedos en la cabeza de Rato.





He seguido, con el interés que corresponde a un ciudadano responsable, las noticias relativas a las presuntas irregularidades o delitos que afectan a los movimientos de capitales y su origen del ex Vicepresidente del Gobierno y poderoso ex Ministro de Economía Sr. Rodrigo Rato. No me extenderé en la repulsa que me provocan esos hechos y tampoco en mi aversión hacia la ideología de este personaje y los que, como él, defienden determinadas políticas. Además, es evidente que tanto muchos de su grupo como del otro principal partido opositor y, lamentablemente, mayores instancias del Estado se han visto salpicados por hechos que resultan repugnantes en sí mismos y todavía más por la obscenidad con la que se han producido. Y eso, merecería la condena y reprobación más severa. Pero ha habido algo que me ha hecho sentir molesto.

Como todos, con el mayor interés, he visto las imágenes en las que la policía judicial irrumpía en su domicilio a fin de efectuar un registro que confirmara indicios delictivos; y debió encontrarlos pues el Sr. Rato, salió debidamente detenido. En muchos otros sucesos de índole parecida, la prensa y la ciudadanía se ha enzarzado en una cadena de dislates acerca de lo adecuado o no de que saliera esposado. Para mí fui un alivio ver que no ha sido así. Es posible que se me diga que cualquier ciudadano en su lugar lo hubiera sufrido y tendrían razón; pero creo que las normas deben aplicarse no de forma automática sino cuando son necesarias. Y este me parece un caso palpable de que no era preciso. Además, debo de confesar que hay dentro de mí un impulso irracional que, por mucha aversión y rechazo que me produzca cualquiera, llegado este momento, una leve, levísima corriente de simpatía me invade. George Brassens lo expresó muy bien en aquella canción en la que decía que cuando veía al alguien correr detrás y a por otro, su primer impulso era ponerle la zancadilla al perseguidor. Es muy posible que se cometa una injusticia, pero en ese momento el impulso –no otra cosa son los impulsos sino reacciones basadas en sentimientos profundos- te hace ver débil hasta al culpable.

Pero este alivio de las esposas se ha visto empañado por el estúpido acto, prepotente y vejatorio, de los cinco dedos de la mano del policía judicial sobre la cabeza de Rato al entrar al coche. ¿Realmente era necesario? ¿Alguien piensa que le protegía de golpearse? ¿Es un reflejo de tanto telefilm americano? ¿Quería salir en la imagen el policía judicial haciéndose notar? Me ha parecido un acto indigno y humillante y hubiera preferido la imagen de las esposas. Puede haber algo de dignidad en esas manos a la vista, con la americana cerrada, la espalda erguida y la actitud firme aunque no desafiante. La dignidad del que se muestra tal y como son las cosas y asume su papel. Y no hay nada insultante en el detenido sujetado por brazos que lo conducen al vehículo. Pero hay un matiz muy diferente en el contacto físico, epidérmico a la vista de todos. Hay algo de violencia y violación en esos cinco dedos sobre la piel de Rato. Siento insultante –casi sobre mí- el tacto de esos cinco dedos sobre nuca y cabeza, que fuerzan, doblegan y humillan.

martes, 14 de abril de 2015

Don Arturo y el limpiabotas




Siempre he juzgado inadecuado y hecho patente mi reproche a las críticas sobre cualquier manifestación intelectual basada en su autoría. Nuestras fobias –nadie puede negar tenerlas- no deben anteponerse a nuestro pensamiento crítico y juicio razonado. Y nuestras filias nunca deben tener el carácter de incondicionales pues la misma vida actúa como un filtro que sólo permite el paso de mínimas certezas. Pensaba en ello recientemente a cuenta del último artículo leído en la sección “Patente de corso” del discutido Arturo Pérez Reverte y algunos de cuyos textos tantas veces he glosado. El último y titulado “El político y el limpiabotas” me ha parecido francamente deplorable. Más allá de presumir de que en esta ocasión no tenía de qué hablar, lo hace de forma chapucera, enlazando temas por los pelos, con juicios de valor merecedores de mejores análisis y con un desenlace que, pese a la conocida bravura de sus personajes, no me creo en el autor. 
Se lamenta de la “práctica desaparición del útil oficio de limpia” y constata el que “hay quien se alegra de ello pues lo considera denigrante y servil, pero no comparto esa opinión”; se enzarza en la idoneidad de “llevar unos zapatos limpios, de casa o de fuera, especialmente si son buenos, y considera que son una magnífica tarjeta de presentación”; además añade, en todo este batiburrillo conceptual, que “ese trabajo, como otro cualquiera, da de comer a gente que se gana dignamente su jornal” y remarca lo de “dignamente, pues nunca vi nada deshonroso en el oficio de limpiabotas u otros similares”. Conoce hasta la amistad a algunos y recurre a ellos ocasionalmente. 
Verdaderamente está desapareciendo esa figura o trabajo y no existe más que una razón que lo explique; afortunadamente y aunque no en muchas cosas, avanzamos hacia una sociedad en la que los principios éticos impiden una exposición tan poco estética como la del limpiabotas. En la actualidad y con la excepción residual de España, sur de Italia o Portugal no los he visto en ningún sitio. Coincido con Reverte en que no hay nada denigrante y servil en ese trabajador que se gana la vida y alimenta a su familia de la única forma que sabe o puede. Pero dice mucho del que alquila ese servicio y, especialmente, en la forma y lugar que cita en el artículo. He viajado durante más de 30 años con mi pequeño estuche con dos cepillos marrón y negro, dos gamuzas y dos tarros de crema para saber que es un servicio prescindible. No seré yo quien niegue haber pasado por las manos del limpiabotas; en mi juventud, hace más de 30 ó 40 años y recién incorporado al mundo de la moda pasé en muchas ocasiones por esos “salones de limpieza”, al menos una vez cada cierto tiempo, buscando el mayor lustre para mi calzado. Creo que cabe señalar un cierto matiz; no me parece lo mismo acudir a un pequeño local cerrado - establecimiento de los trabajadores- en el que además de la limpieza podías comprar cremas o arreglar una suela, que estar acodado en la barra de un bar con un cigarrillo en una mano y un Martini en otra, mientras un hombre a tus pies abrillanta la punta estilizada de tus zapatos. El hecho que posteriormente relata Reverte se corresponde más con esta segunda situación aunque con la dignidad de los salones del Ritz. 
Y en esa parte final es donde Pérez Reverte pierde el oremus hasta extremos que hubiera pensado inimaginables. Nos relata la anécdota de un político en los salones del hotel que - como es natural y para darle a la escoba sin que pase nadie- era de esos que “basan su negocio en proclamar lo poco españoles que son y lo menos que van a ser cuando puedan” y que estaba limpiando sus zapatos con Luis, el limpia, a sus pies. Y se lanza en una proclama de que cualquiera puede limpiarse los zapatos en ese hotel que, además, es el más elegante de Madrid (sic), pero no un político que lleva “enrocado más de veinte años viviendo por la cara y pisando moqueta, a cien metros del Parlamento, con absoluta indiferencia y dándole igual lo que piense quien lo vea”. Es decir, no hay nada indecoroso en que el Sr. Reverte reciba un servicio tan digno como es limpiarse los zapatos en esos salones, cómodamente sentado y con la prensa en la mano, pero lo es cuando otra persona para él inadecuada lo hace. Incluso esa justificación utilitaria del oficio no procede que la pueda aprovechar alguien que presumiblemente –los hay que cobran dietas y viven en Madrid- está de viaje. Sólo le faltó rematar diciendo que se trata del Sr. Puig Seguí o de Aitor Arriguegorri para suscitar un mayor clamor de indignación popular. 
Pero el remate es apoteósico. Porque se hace depositario de esa indignación popular y cuando el político se levanta, cual Capitán Alatriste, le dice al limpia: “Luis, esos zapatos los hemos limpiado (¿) y pagado a medias tú y yo” . Y Luis guarda el betún y no dice nada. Independientemente de que el artículo, la historia y el relato sean una chapuza, ese final no tiene la menor credibilidad y va dirigido a los instintos más primarios y poco reflexivos de sus lectores. Yo he imaginado otro que creo que se corresponde más con la escena. En lugar de guardar el betún y callar Luis le contesta: “Tiene usted razón… Don Arturo”. 

Zaragoza, 14 de Abril del 2015

Leer el artículo de Pérez Reverte

lunes, 13 de abril de 2015

Reconocimiento y vanidad

Ayer noche, y después de ver una película, caí en la tentación de no apretar el botón rojo del mando y en el consiguiente zapeo me encontré con la imagen de Pepa Bueno entrevistando a Felipe González. Qué duda cabe que, aunque fuera de la actividad política directa, es un personaje de interés. Y me puso a escucharlo, observarlo y, sobre todo, pensarlo. Apareció con vestimenta sobria; pantalones gris oscuro de evidente calidad, impecables zapatos mocasines negros de boxcalf, jersey entre azulado y verdoso de galga media entre buen lamswool o cashmere y camisa de leve cuadrito sobre fondo blanco. Un corte ajustado de su inmaculado cabello y unas manos que evidencian papeles y plumas y a las que no hace protagonistas junto a una actitud relajada, transmitían la comodidad del personaje. Creo que estaba a gusto.


Al poco rato perdí el interés por la entrevista –observé que ya tiene poco que contar - que discurrió por la charla amable entre dos amigos y con poco compromiso. Y me dediqué a observarlo. Hombre clave en la política española desde la desaparición del franquismo –eso de la caída es un eufemismo divertido pues aquí no cayó nadie-, con evidentes cualidades personales e inteligencia política, ha sido odiado, alabado, sublimado y vilipendiado como pocos. Nadie como él suscitó tanta ilusión en un país –hay que decir que proclive al entusiasmo después de la dictadura- como la que se vivió desde 1982 a 1993, con tres legislaturas de mayoría absoluta y la pérdida de las elecciones en ese último año. Y nadie como él defraudó al sector más crítico de su partido o más bien del pensamiento de izquierda.

Hombre tan poliédrico precisaría un análisis más riguroso que el que me propongo y que no por ello debe de ser menos acertado. Entre la múltiples cualidades, defectos, virtudes, carencias y, en definitiva, características del personaje, ¿cuál es aquella que mejor le definiría? Una sola de ellas, una, en la que cualquiera pudiera reconocerlo. Y que no necesariamente por ella quedaran mermados sus estimables logros. Y me puse a pensarlo. Y tuve que remontarle al día en el que le dije adiós. Corría el año 1989 cuando estalló el caso “Juan Guerra”. Hermano de Alfonso Guerra, entonces Vicepresidente del Gobierno, estaba involucrado en asuntos delictivos que posteriormente se demostraron y, además, empleando los despachos de la Delegación del Gobierno en Andalucía. Desde el Psoe se acusó a todo el que les acusara, de orquestar una campaña de desprestigio con tal de desestabilizar al Gobierno, que ya comenzaba a mostrar los primeros signos de corrupción y que unos años más tarde terminaría por perder las elecciones. Y apareció Felipe González, en un audio que puede encontrarse en las hemerotecas, advirtiendo o más bien amenazando a quienes solicitaban la dimisión de Guerra de que…“por el precio de una, iba a tener dos”. Es decir, nos amenazó con una dimisión solidaria poniendo en juego toda la fortaleza personal ganada en eso años. Aquello me sobrecogió, entristeció y, finalmente, me indignó. Porque no fue de ningún modo un acto generoso y solidario sino la expresión pública de la vanidad más inimaginable. Nos amenazó, a todos los españoles, con la orfandad, con dejarnos, con abandonarnos. Resulta curioso como en muchas ocasiones, las cosas con las que convivimos o los momentos históricos pasados, aunque combatidos, dejan en nosotros un poso superior al que pensamos. Y esa canción ya me la conocía. Ese sentirme tutelado, protegido y amparado me sonaba demasiado. Como todas las vanidades tienen sus enormes puntos débiles e inconsecuencias, Guerra dimitió y González siguió al frente del Gobierno hasta que tuvo que marchar en 1993. 

Desde entonces, y después de unos años de cierto silencio, se han confirmado todas mis certezas. González es un hombre de una tremenda vanidad. Algo que se ha hecho más evidente en la actualidad con los novedosos movimientos políticos y ante los que cuando no ha mostrado un notable desprecio e incomprensión lo ha hecho con una prepotencia descarada. Algo parecido le está ocurriendo con alguno de los nuevos líderes de América Latina que se resisten a esa mirada de “arriba abajo” que tanto prodiga. Los años pasan y si en algunos aspectos nos obsequian con cierta sabiduría la focalización excesiva en la persona procura notables dislates. Esto le está ocurriendo con frecuencia a nuestro personaje que manifiesta obviedades con la sonrisa entre pícara y bondadosa del que piensa que nos descubre algo. Y, sin embargo, ante temas de verdadera enjundia se despacha con una incoherencia con su pasado adornándola con el privilegio de la atalaya distante de su talento. Él ya no está para temas de andar por casa. Si desciende de sus conferencias, consejos, artículos o viajes es para iluminarnos con el faro de hombre de Estado con el que siempre se ha sentido cómodo y que colmaba sus expectativas. Creo que González nunca buscó fortuna en términos económicos; con la garantía de una vida notablemente acomodada ha tenido suficiente. Ni siquiera el poder ha sido objeto de sus ambiciones más allá de lo que puede conllevar de reconocimiento. Por eso reacciona con violencia cuando se pone en tela de juicio la importancia de su figura y sus gobiernos y se cuestiona, con la distancia del tiempo, la idoneidad de su gestión. No comprende que no se reconozca. Su vanidad se lo demanda.

Zaragoza, 13 de Abril del 2015





jueves, 15 de enero de 2015

Me gusta PODEMOS





A mi amigo Luis Martínez 

Me gusta PODEMOS. 

Y sobre todo me gusta mucho lo que significa. Más allá de la valoración política de sus estructuras –en formación-, de sus postulados o de sus dirigentes, el fenómeno tiene un extraordinario interés como reacción ciudadana ante un sistema que hace tiempo que hace aguas. Podemos está cambiando las “falsas etiquetas” que enmascaran a los partidos y llamando a las cosas por su nombre verdadero. Pero deberíamos remontarnos a la transición –aunque someramente- para encontrar el origen de los males que aquejan a nuestra joven –quizás ya no tanto- democracia. 

La tan alabada Transición española fue un apaño, una componenda y, en el mejor sentido, un acuerdo; no seré yo quien diga que no ha sido útil ni que no fuera lo único posible, pero contenía, en esencia, vicios que con el tiempo la han ido devorando hasta el corrupto e irrespirable momento actual. Creo que hubieron dos factores, entre otros, que influyeron poderosamente en la opinión pública: el miedo y la ilusión. El miedo, determinado por 40 años de dictadura posterior a una guerra civil sangrienta y a una posguerra de una crueldad sin parangón. La ilusión, por convertirnos, de una vez, en un país homologable en el mundo occidental y salir de ese enclaustramiento tan doloroso y cuyas consecuencias aún sufrimos. Eso determinó que las fuerzas políticas –muchas de ellas jóvenes y sin apenas estructura- se afanaran en el acuerdo, la concesión y el pacto para protagonizar, sólo en cierta medida, ese cambio. Y ese sacrificio lo hizo la izquierda. Independientemente de esa especie de harakiri de las Cortes franquistas –más coreográfico que real- la renuncia verdadera se hizo desde las fuerzas progresistas que no encontraron otra solución que ese acuerdo de mínimos. El Partido Comunista renunció a sus postulados y abrazó la Monarquía; el PSOE olvidó a Marx y pasó del rojo al rosa aguado. Y esa debilidad fue provocada y aprovechada por las tres fuerzas que tradicionalmente han dominado España: los históricos poderes económicos, la Iglesia y el Ejército, que salieron indemnes y conservando sus enormes y tradicionales privilegios. Aquí cambió, aparentemente, todo y, en esencia, no cambió nada. Por concluir, pues no es tanto el motivo de este escrito abundar en esa Transición, diré que la oposición antifranquista reunió a personas en un mismo bando que, en condiciones normales, nunca hubieran coincidido. Es lo que tiene de aglutinador el enemigo único y, como consecuencia, creo que hemos estado 35 años sin que casi nadie –a excepción de la derecha más rancia- haya ocupado su lugar verdadero. Boyer y Solchaga fueron un evidente ejemplo de desubicación que posteriormente hemos visto que sólo fueron un anticipo. Hoy, el PSOE al completo se plantea dónde estuvo y se pregunta a dónde va. Y ese pacto, que concluyó en una alternancia de poder entre dos partidos hegemónicos y acuerdos puntuales con partidos periféricos, es lo que ha llevado a la situación de corrupción actual. La ilusión de tener conformado un partido conservador europeo en el PP, se ha visto truncada cuando las grupos más reaccionarios se han hecho con el mando, destapando una derecha clásica y casposa al estilo de la primera mitad del siglo XX; y el PSOE ha ocupado casi todos los espacios de esa derecha “civilizada” –que en absoluto le correspondía- y no sólo ha renunciado al socialismo sino también a la socialdemocracia. Las últimas intervenciones de Felipe González sonrojan al más cándido. En definitiva, las dos caras de una misma moneda…falsa. Tampoco seré yo quien diga que ambos partidos son lo mismo. No, el PP y el PSOE no son lo mismo. Hay aspectos muy diferenciadores entre ellos, pero no más de los que hay entre la derecha más pura y un partido conservador civilizado. Nada más. La izquierda, en su aspecto más moderado, no ocupa su espacio. Únicamente Izquierda Unida, con el complejo permanente de inviabilidad y con el peso de la historia, pontifica testimonialmente. 

Y con esos vientos llegaron estas tempestades, Luis. 

Una componenda tras otra como hábito político que ha facilitado que prácticamente en todos los partidos se haya instalado una corrupción propia de países tercermundistas y con alarmantes resultados económicos. Nos han saqueado, estafado y culpado de nuestros males mientras los integrantes de esa élite política han continuado con unos privilegios de los que se han creído poseedores por derecho y casi…por cuna. Y la ciudadanía, que sufre de forma notable la pérdida económica, de derechos y de futuro, se ha hartado. Y viendo la verdadera cara de esa “casta” de tahúres que juega con nosotros ha dicho… ¡Basta!. La consecuencia han sido los movimientos ciudadanos, desde el 15M a Ganemos, pasando por plataformas de todo tipo, que han tenido como resultado la conformación de un grupo potente y que según los sondeos puede ganar las elecciones. 

Podemos es lo más saludable de la política española de los últimos años y el revulsivo que ha dinamizado a la sociedad civil independientemente de cuál sea el resultado electoral. Porque siendo importante no es lo más. 

Me preguntabas en tu escrito que “qué era lo que encontraba o me gustaba de Podemos”. Pues muchas cosas, Luis, que voy a tratar de exponerte. 
Podemos recoge y renueva el ideario de la izquierda tradicional con un lenguaje nuevo y cercano a una sociedad que se adelanta a los partidos tradicionales. Su discurso de “arriba y abajo” se distancia del tradicional de “izquierda y derecha” y conecta mucho mejor con una sociedad tan evolucionada como transversal. 
Podemos está compuesto por una serie de personas de alto nivel intelectual y político y que se ha ido nutriendo paulatinamente de otros, desconocidos para la gran masa, pero de larga actividad combativa. Personas del movimiento Attac -ese movimiento que surgió para intentar implantar la tasa Tobin a las transacciones financieras internacionales- como el profesor Viçen Navarro, el científico social más citado en el mundo académico internacional, o Juan José Torres, catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla, entre otros muchos. 
Podemos ha tenido un sistema de comunicación magistral. Un lenguaje tan firme como sereno, con mensajes tan concretos como certeros y colocando al ciudadano como eje y protagonista de su vida. En pocos casos ha aludido directamente a un partido sino a un sistema que nos devora a todos. De ahí que el estudio de sus resultados electorales y las previsiones de los próximos desconcierten tanto a los políticos clásicos. En todos los niveles económicos, sociales, culturales y políticos adquieren una notable presencia. En significativo que en comunidades con un fuerte arraigo nacionalista capturan simpatías inimaginables. 
Podemos ha innovado como estructura –en realización- de partido buscando en todo momento que se asemejara a lo que reclama a sus ciudadanos: democracia interna y decisiones compartidas. A pesar de todo ello y debido a su juventud, estoy convencido de que derivará en una suerte de organización piramidal pero sin el dominio férreo de los partidos tradicionales. 
También es de destacar, en clave de toques emocionales, la sintonía con gentes de la generación anterior; esa generación que tuvo como horizonte la búsqueda de un mundo mejor –con el Mayo del 68 como icono- y que se ha visto frustrada y decepcionada. A muchos de nosotros nos provoca una sonrisa evocadora la fuerza y el ímpetu de estos jóvenes no tan diferentes de lo que fuimos. 
Por último, Luis, y en contra de lo que defendían muchos miembros de la plataforma 15M, que huían de un liderazgo claro y definido y soñando con aventuras asamblearias, Podemos admite y potencia un fuerte liderazgo en la figura de Pablo Iglesias. Y no puede ser más acertado. Porque tiene todas las condiciones intelectuales, políticas y comunicadoras que requiere el timón de su proyecto. No es necesario a estas alturas detallar el historial académico de los principales miembros de Podemos. Iglesias, Monedero, Errejón, Echenique, etc., poseen un más que brillante expediente académico y está fuera de duda que su preparación en todos los campos es muy superior a la media de nuestros políticos actuales. Y un sorprendido respeto, consecuencia del susto y no exento de la más brutal oposición, se lo han ido ganando conforme han ido mejorando sus previsiones de voto. Chusma, gentuza, perroflautas, antisistema, marginales, etc., han sido algunos de los calificativos con el que los poderes establecidos trataban de descalificarlos. Aunque ahora apenas se dan esos insultos, todavía quedan energúmenos que hablan de “el coletas” o “el de la coleta”; son los reaccionarios de siempre que, a falta de argumentos e ideas, tienen en el insulto su única forma de manifestarse y la radicalidad y el exabrupto como forma de comunicación. Los que no conocen otro lenguaje que el tabernario y la falta de respeto como autoafirmación encubridora de su propia ignorancia e incapacidad. Los que miran lo diferente con desconfianza aldeana. Vulgares y faltones. 
No sé lo que nos depararán lo próximos meses en el terreno político. Seguro que los ataques a esta formación van a ser despiadados desde todos los frentes y que tendrán que gestionar de forma inteligente esa defensa. Tampoco sé si nos defraudarán como ya hizo el PSOE. Entre otras cosas porque no me gusta plantearme preguntas estúpidas que no tienen respuesta. Esa respuesta sólo la tienen los que están en su contra. De lo que sí estoy convencido es de que cambiarán el mapa político español y eso, en esencia, es bueno para la democracia y el conjunto de los ciudadanos. 
Un abrazo, Luis 
Antonio 

Enero del 2015




domingo, 11 de enero de 2015

Je suis Charlie Hebdo






Una de las consecuencias derivadas de los trágicos sucesos de París ha sido la división de la prensa, los intelectuales y, en definitiva, la opinión pública en dos grupos de criterios que pueden responder a las etiquetas de “Je suis Charlie Hebdo” y “Je ne sui pas Charlie Hebdo”.
Los primeros se solidarizan con la línea editorial de la revista y repudian cualquier censura a su libertad de expresión, mientras que los segundos entienden que, de alguna forma, ésta debería limitarse con objeto de evitar ofensas que pueden concluir de la forma trágica que acabamos de sufrir. Cabe destacar que en el primer grupo hay vehementes defensores de esa libertad cuando, como en este caso, se ofende a creencias ajenas y que no lo serían tanto si fuesen ellos los aludidos. En el segundo también los hay que con su postura y preventivamente, establecen barreras para las suyas propias y otros que, sobrecogidos por el horror, consideran innecesaria la sátira , burla o escarnio de la revista y coligen una causa efecto directa con la que, de alguna manera, culpan al medio de su propia tragedia. 
Mi opinión personal es que me alineo intelectualmente y de forma vehemente con los primeros y que mi comportamiento, sin más censura que mi voluntad personal, se corresponde con los segundos. En las diversas tertulias y foros sociales en los que participo, algunos de mis amables compañeros han destacado el exquisito cuidado con el que me expreso para tratar de no ofender a nadie –a veces no es fácil- y, qué duda cabe, que es algo que me agrada escuchar o leer. Pero ésta es una postura personal que considero recomendable pero no exigible. Entre otras cosas porque es muy difícil –creo que imposible- establecer la barrera en la que la opinión se convierte en ofensa, pues para que esto suceda se necesitan al menos dos actores: el ofensor y el ofendido. ¿Y qué consideran ambos una ofensa? Obviamente, el asunto alcanza inauditas dimensiones cuando se trata de temas sublimados por todas las culturas como la religión –a la cabeza- , el sexo, la política o los colectivos sociales. 
En el caso que nos ocupa, se trata, además, de una revista satírica y de humor –qué sería de nuestras sociedades sin esos bufones- cuya esencia consiste fundamentalmente en lo que algunos le reprochan: despojarlo todo del aura sacralizada con la que poderes e intereses diversos adornan las creencias para su propio provecho. Y son los ciudadanos los que deben aprobar con su lectura o rechazar las publicaciones de esta línea. Nunca una ley y mucho menos un arma. 
No, no hay ninguna postura, pensamiento, idea o credo que sea respetable en sí mismo. Ni que merezca un tratamiento predeterminado. Lo único respetable son las personas, su integridad y su honor. El resto se corresponde con una actitud personal que cada uno es libre de adoptar y también, por mucho que moleste, soportar. 

Creo que en algunas personas que han sentido flaquear sus principios por estos sucesos influye el miedo. 
Y esa sensación, es lo más pernicioso que puede aquejar a una sociedad. 

Enero del 2015



lunes, 22 de octubre de 2012

André Daraspe. In memoriam





Después de casi dos días en el Salón de la Lingerie habíamos decidido marchar a mediodía para dedicar el resto de la jornada a pasear por las calles de París y continuar nuestra actividad comercial entre las tiendas de la ciudad. Descendimos por la boca del metro y comenzamos a caminar por el andén observando la publicidad que salpicaba los característicos embaldosados blancos y azules que rodeaban el gran letrero de la Porte de Versailles. Había poca gente y entre los pasajeros impacientes observamos una figura que caminaba despacio en nuestra dirección. Era nuestro inconfundible y querido André. Abrigo largo de alpaca, con mangas ranglán y cinturón, zapatos acordonados, sus levísimas gafas que concedían todo el protagonismo a su mirada, su blanco cabello mezcla de inocencia y travesura y, bamboleando suavemente, su maletín de cuero gastado. Es la primera imagen que viene a mi memoria en este momento triste de recuerdos. Su estética era el puro reflejo de su ética. Todo en él era relajado, sin aristas, tan suave como firme y tan profundo como sencillo; de sus ojos, llenos de luz, emanaba una mirada inquisitiva con unas “chispitas” que, alimentadas con su sonrisa, te decían que estaba incondicionalmente a tu favor.

- Bonjour, André, dije sonriente.
- ¡Olalá –inconfundible su entonación-, Carmen y Antonio, qué casualidad encontrarnos precisamente aquí!

Después de abrazarnos de alegría comenzamos a charlar de nuestros asuntos hasta que, a los pocos minutos, las tres sonrisas subíamos al vagón para continuar celebrando el corto encuentro. Él partía esa noche a Barcelona y bajó en la estación de Rennes, pues tenía algún asunto que resolver en la zona de Saint Germain, y nosotros continuábamos hasta Madeleine; lo vimos perderse entre la gente mientras el convoy comenzaba a acelerar.

- ¡André, qué gran tipo!, le dije a Carmen mientras nos mirábamos cómplices de nuestro afecto.

Afecto que se remonta a los tiempos de la tienda de Fancy Men, en Barcelona, donde tuvimos el primer contacto profesional que ya, desde ese momento, se convirtió en personal. La verdad es que nunca hicimos grandes negocios e incluso algunos malos. Pero daba igual. Cualquier oferta suya suscitaba nuestro mayor interés y la convicción de que su exquisito gusto nos proporcionaría siempre productos estimables; cuando no fue así, no lo fue para ninguno de los dos

- Bueno, hicimos una prueba conjunta, nos decíamos.

Siempre tuve una gran admiración por André. Con el paso de los años se fue intensificando con el conocimiento de su singular personalidad y su actitud ante la vida. Su casa, en las afueras de Barcelona, más que una vivienda era una autoexpresión vital; no puedo olvidar su gesto pícaro al enseñarnos su “clandestina” azotea, abierta a la luz que precisaban sus plantas, y los relajados momentos de la frugal comida que compartimos en el jardín; su despacho, con la colección de entradas de conciertos que conservaba; el coche “Mini” aparcado a la entrada; los gatos corriendo libres y gozosos por todas partes, quizás como metáfora salvaje de sus emociones vitales.
Porque André fue, sobre todo y ante todo, un hombre libre que amaba la vida y buscaba amar a las personas. Esa bonhomía de sentimientos y actitudes conformaba una elegancia que no precisaba de ningún aditamento. Y ahí radicaba su enorme atractivo. Podía pasar del más lujoso restaurante a comer una “baguette” en la calle sin la menor transformación. Él era él mismo en cualquier entorno, porque el personaje y la persona estaban fundidos en una misma cosa. No hacía la menor concesión a las convenciones burguesas y con exquisita educación dejaba constancia palpable de que sólo era militante de su independencia. ¡Cuánto me hubiera gustado compartir unos días en Ibiza alejados de los temas comerciales! Cuando personas como él se nos van, siempre pienso que siendo tanto lo que nos han dado es mucho más lo que nos hemos perdido.

- ¿Recuerdas a André, Javier? Te lo presenté hace una par de años, le dije a mi hijo al conocer la triste noticia 
- Sí, sí, pero ¿era joven, no?

André siempre fue joven, porque nueva era siempre su mirada a las cosas y a las personas, especialmente a los jóvenes, y en la que había una mezcla de esperanza y halo protector. Su facilidad de sintonía era proverbial y derivada de la luz que proyectaban sus sentimientos. 
Al terminar la preciosa y emotiva conversación que tuve con Rebeca acerca de su padre, debo decir que me emocioné; el eco sereno y profundo de sus palabras, la intensidad de sus sentimientos y el recuerdo de la dulzura y delicadeza de Elsa, me hicieron sentir que André no se ha ido del todo.

Quizás sólo ha tomado precipitadamente un vagón del metro y, escapando por los túneles, nos ha dejado un poco perdidos entre los azulejos de cualquier estación parisina.

Zaragoza, Octubre del 2012 




jueves, 23 de febrero de 2012

Tenía mal aspecto y se llamaba Puig.





Ayer, cuando me dirigía al Banco y al atravesar las obras que se realizan en la avenida principal de la ciudad, observé a dos hombres que miraban su desarrollo con la actitud típica de los desocupados que se entretienen en su contemplación. Al llegar casi a su altura, los reconocí; eran el sargento Ramírez y el brigada Iglesias, a los que hacía casi cuarenta años que no había visto. El sargento conservaba el rostro lampiño, los rosetones en los mofletes y la estúpida expresión que siempre le caracterizó. Me detuve y los estuve observando, supongo que con un gesto en el que se alternaban la curiosidad y el recuerdo, hasta que al sentirse sujetos de mi mirada y sin saber por qué motivo, el sargento cogió por el brazo al brigada y se marcharon lentamente.

Y me acordé de él. Tenía mal aspecto y se llamaba Puig. Se le podía ver casi siempre solo, paseando por el patio del cuartel delimitado por las cuatro baterías del Regimiento de Artillería de Zaragoza. Tenía 24 años y cumplía el servicio militar después de dos prórrogas. Era de algún pueblo de Girona, estaba casado y tenía una hija, algo poco frecuente en la mili. Todos, en esos casos, comentábamos que tenía que haber sido de “penalty”, algo que lo mayores juzgaban con reprobación y los jóvenes con la curiosidad que nos provocaba la transgresión. A mí siempre me llamaba la atención ese desaliño, su soledad y la manía de caminar cobijado por las paredes de los edificios, como si quisiera establecer distancia o sentirse protegido. Apenas intervenía en ningún grupo y si coincidías con él en la cantina durante el almuerzo, era correcto pero hablaba poco.
Un viernes por la mañana, en la que terminaba mi servicio de cabo de guardia y con objeto de asistir a la clase teórica de armamento, fui dispensado durante la hora que duraba y sustituido por el cabo primero. Al comienzo y con objeto de pasar lista de los asistentes en perfecto orden alfabético, los soldados debíamos decir nuestro nombre que el sargento Ramírez cotejaba con su listado. Al llegar su turno, dijo… Puch. 

- Aquí pone Puig , dijo el sargento.
- Sí, mi sargento, pero se pronuncia… Puch.
- En España se habla español y se dice Puig, respondió el sargento. ¡Dí tu nombre de nuevo!
- Puch, respondió ante el asombro de todos.

Un silencio de plomo se apoderó del aula mientras la ira en los ojos del sargento alcanzaba el tono de sus enrojecidos mofletes.

- Muy bien. Te quedas sin pase de fin de semana y lo vas a pasar en el calabozo. ¡Cabo, llévalo a prevención!
- A la orden, mi sargento –respondí-. (Aún me duelen esas palabras)

Nada más iniciar el camino hacia la prevención no pude evitar decirle…

- Pero, hombre ¡cómo se te ha ocurrido contestarle! ¡Qué más te daba! ¡Te quedas jodido el fin de semana! …

Sin apenas girarse y con la mirada perdida al frente, me contestó…

- Me llamo… Puch 

Pocos metros antes de llegar a la zona de guardia y prevención, me dijo…

- ¿Podrías hacerme un favor?
- ¡Claro!
- Llama a este número y dile a mi mujer que han surgido unas maniobras y que no puedo ir; que creo que podré el mes que viene, en el próximo pase que tenga. Te pagaré la llamada.

Fue la única vez que deseé que el fin de semana transcurriera rápido e incluso que avisaran del toque de “generala”, –esa estupidez inventada por aquella cuadrilla de impresentables para molestar a todos aquellos con residencia en la ciudad- que me hubiera obligado a incorporarme anticipadamente al cuartel. No pude dejar de pensar en ese hombre encerrado en prevención y que había renunciado a unas horas de libertad cada dos meses para ver a su familia.

El lunes, minutos después de salir de prevención con objeto de incorporarse a la instrucción, lo esperé entre el gentío de la soldadesca y lo saludé.

- ¿Cómo estás?
- Un poco jodido, pero bien. ¿Pudiste llamar?
- Sí. El mismo viernes a las cuatro hablé con tu mujer. Lo sintió mucho. Me dijo que están todos bien y con ganas de verte y que a la niña no la vas a conocer. Que cuando puedas, la llames.
- Gracias. ¿Qué te debo de la llamada?
- Nada.

Me miró con una leve chispa de gratitud, me palmeó el hombro, se dio la vuelta y se perdió entre la formación. Le miré alejarse, levemente encorvado y pensé en el peso de la dignidad. Ayer, al evocarlo, me preguntaba qué habrá sido de él. ¡Ojala la fortuna le haya obsequiado como merecía! 

Todavía más que la imborrable huella que dejó en mi recuerdo.
No tenía buen aspecto y se llamaba… Puch

Zaragoza, 23 de Febrero 2012 




domingo, 5 de junio de 2011

Aquell... 6 juny 1984





(La traducción al castellano se encuentra al final de la entrada)

Aquell ... 6 juny 1984

La vigília vam menjar aviat. El Dr Nicoletti havia ordenat tots els preparatius per al part-induït i previst per al dia següent-a la Clínica Quirón de Barcelona. Després de dinar i amb el modest aixovar preparat per Carmen, i jo amb les poques coses necessàries per a passar una nit, vam partir cap a Barcelona. Arribem cap a dos ens van instal.lar en una preciosa habitació amb llit supletori per a l'acompanyant. Després de mirar unes revistes i com l'estat de Carmen era bo, a l'hora del sopar, demanem permís per sortir i sopar frugalment en un dels petits restaurants propers a la Clínica. Un poc de pernil i plats d'escalivada i exqueisada que tant ens agradava. A mi em va acompanyar mitja ampolla de Rioja Cune. Després i amb el somriure de satisfacció perquè tot fos tan senzill i agradable, tornem a l'habitació.- A veure si demà et despertes abans que vinguin a buscar ... em va dir Carmen.L'endemà, i incomplint la meva promesa, em va despertar a les set cinquanta, dient-me que s'escoltava caminar pels passadissos. Sense donar-me temps a aixecar, va entrar la infermera ...- Vaja, que cal preparar-ja ...Em vaig aixecar ràpidament i als cinc minuts li posaven els sèrums i la portaven al quiròfan. Vaig passar la resta del temps fent alguna trucada i repassant les revistes. A les onze, es va obrir la porta i va entrar una Carmen adolorida i feliç amb una boleta, de mans inquietes i ulls tancats.Estefania havia nascut.La resta de la jornada es va repartir entre trucades telefòniques, visites d'alguns amics i companys de feina, lliuraments de rams de flors i la contemplació d'aquest nou miracle-ja teníem un-que ens acompanyaria per sempre.A dos quarts vam decidir que havia de tornar a Igualada per compartir la bona nova amb l'àvia i el seu germà.Mai oblidaré aquest retorn. Van ser els seixanta-set quilòmetres més feliços de la meva vida.Descendir de la Clínica fins a l'Avinguda Diagonal que em va semblar que havia doblat la seva il luminació i la vaig seguir amb la calma de la seva contemplació. A l'acabar i continuar per la carretera que duia a Martorell-llavors no hi havia autovia-vaig observar que la llum no havia desaparegut . No he tornat a veure una nit tan bonica. El cel, blau intens, tenia una extraordinària lluminositat que no va desaparèixer durant tot el trajecte. Podia contemplar fins i tot les escorces dels arbres del camí, el verd de la primavera i la conjunció d'estrelles que, em va semblar, em saludaven. Les humils cases en travessar Esparreguera es van tornar en belles i alegres, els semàfors, més que controlar la circulació, em feien gestos de complicitat, fins el trànsit, serè i amable, contribuïa amb la seva placidesa a la màgia del moment. Aquella nit, vaig estimar. Vaig estimar a la vida, la meva família, els amics i, especialment, a aquella terra que m'havia acollit amb tant afecte i respecte. Aquella nit em vaig sentir part de Catalunya i celebrar que hi hagués nascut Estefania. Com diu Serrat, aquest català universal, "de tant en tant la vida, a colors es desplega com un Atles, i ens sentim en bones mans", tots els colors d'aquella nit es reunien en aquest curt trajecte. Abrera, Can Roca, van anar quedant enrere fins albirar la muntanya del del Bruc, amb el seu hotel a la part alta que em anunciava la proximitat de la casa. El silenci del túnel va convertir en encara més intens el meu sentiment. Una tímida llàgrima va lliscar per la meva galta en la corba de Vilanova que anunciava la recta d'entrada a Igualada. Al fons, les llums de l'Hotel Amèrica en el que tantes nits vaig passar, en aquella, no li cabien les estrelles. Després de prendre l'Avinguda Balmes i complir amb el petit desviament, em vaig endinsar al Passeig Verdaguer, amb la seva bulevard ple de encesos arbres i alçades els llums de fanals, fins a la nostra casa amb les tribunes vidre que la distingien.En arribar a la porta em va obrir un somriure amb nom d'àvia que inquieta preguntava: Què tal?, Què tal? ¿Tot bé? ¿I la chiqueta? ¿I la Carmen?Javier es va meus braços, amb el seu lleu somriure - quina meravella, que els anys no l'hagin esborrat! - Mentre li deia que Estefania ja estava entre nosaltres.Vam sopar somrients i gairebé en silenci; aquest pudor elegant-característic d'àvia-només li permetia preguntar, de tant en tant, alguna cosa. Es va ficar i vaig estar una estona jugant amb Javier fins que ho vaig ficar al llit i li vaig donar un petó.Vaig anar a l'habitació i em vaig estirar al llit, per primera vegada, no compartida.Vaig tornar la mirada cap a la tribuna de vidre i vaig veure la radiant fanal que, com un sentinella, vigilava la nit. Vaig tancar els ulls. Tot estava bé. Estefania havia nascut ...


Zaragoza, 6 juny 2011


(La entrada inicial está escrita en catalán, pues era mi sentir aquella noche...)

Aquél… 6 de Junio de 1984

La víspera comimos pronto. El Dr. Nicoletti había ordenado todos los preparativos para el parto –inducido y previsto para el día siguiente- en la Clínica Quirón de Barcelona. Después de comer y con el modesto ajuar preparado por Carmen, y yo con las pocas cosas necesarias para pasar una noche, partimos hacia Barcelona. Llegamos sobre las cinco y nos instalaron en una preciosa habitación con cama supletoria para el acompañante; después de hojear unas revistas y como el estado de Carmen era bueno, a la hora de la cena, solicitamos permiso para salir y cenar frugalmente en uno de los pequeños restaurantes cercanos a la Clínica; un poco de jamón y platos de escalivada y exqueisada que tanto nos gustaba; a mí me acompañó media botella de Rioja Cune. Después y con la sonrisa de satisfacción porque todo fuera tan sencillo y placentero, regresamos a la habitación.
- A ver si mañana te despiertas antes de que vengan a buscarme… me dijo Carmen.
A la mañana siguiente, e incumpliendo mi promesa, me despertó a las siete cincuenta, diciéndome que se escuchaba caminar por los pasillos; sin darme tiempo a levantarme, entró la enfermera…
- Vamos, que hay que prepararse ya…
Me levanté rápidamente y a los cinco minutos le colocaban los sueros y se la llevaban al quirófano. Pasé el resto del tiempo haciendo alguna llamada y repasando las revistas. A las once, se abrió la puerta y entró una Carmen dolorida y feliz con una bolita, de manos inquietas y ojos cerrados. 
Estefanía había nacido.
El resto de la jornada se repartió entre llamadas telefónicas, visitas de algunos amigos y compañeros de trabajo, entregas de ramos de flores y la contemplación de ese nuevo milagro –ya teníamos uno- que nos acompañaría para siempre.
A las nueve y media decidimos que debía regresar a Igualada para compartir la buena nueva con la abuela y su hermano.
Nunca olvidaré ese regreso. Fueron los sesenta y siete kilómetros más felices de mi vida.
Descendí de la Clínica hasta la Avenida Diagonal que me pareció que había doblado su iluminación y la seguí con la calma de su contemplación; al terminarla y continuar por la carretera que llevaba a Martorell –entonces no había autovía- observé que la luz no había desaparecido. No he vuelto a ver una noche tan hermosa. El cielo, azul intenso, tenía una extraordinaria luminosidad que no desapareció durante todo el trayecto; podía contemplar incluso las cortezas de los árboles del camino, el verde de la primavera y la conjunción de estrellas que, me pareció, me saludaban. Las humildes casas al atravesar Esparraguera se tornaron en bellas y alegres; los semáforos, más que controlar la circulación, me hacían guiños; hasta el tráfico, sereno y amable, contribuía con su placidez a la magia del momento. Aquella noche, amé. Amé a la vida, a mi familia, a los amigos y, especialmente, a aquella tierra que me había acogido con tanto afecto y respeto. Aquella noche me sentí parte de Catalunya y celebré que allí hubiera nacido Estefanía. Como dice Serrat, ese catalán universal, “de vez en cuando la vida, a colores se despliega como un Atlas, y nos sentimos en buenas manos”; todos los colores de aquella noche se reunían en ese corto trayecto. Abrera, Can Roca, fueron quedando atrás hasta divisar la montaña del El Bruc, con su hotel en lo alto que me anunciaba la proximidad de la casa. El silencio del túnel convirtió en todavía más intenso mi sentimiento. Una tímida lágrima se deslizó por mi mejilla en la curva de Vilanova que anunciaba la recta de entrada a Igualada. Al fondo, las luces del Hotel América en el que tantas noches pasé; en aquella, no le cabían las estrellas. Después de tomar la Avenida Balmes y cumplir con el pequeño desvío, me adentré en el Passeig Verdaguer, con su boulevard pleno de encendidos árboles y erguidas las luces de sus farolas, hasta nuestra casa con las tribunas acristaladas que la distinguían. 
Al llegar a la puerta me abrió una sonrisa con nombre de abuela que inquieta preguntaba: ¿Qué tal?, ¿Qué tal? ¿Todo bien? ¿Y la chiqueta? ¿Y la Carmen?
Javier se vino a mis brazos, con su leve sonrisa -¡qué maravilla, que los años no se la hayan borrado!- mientras le decía que Estefanía ya estaba entre nosotros.
Cenamos sonrientes y casi en silencio; ese pudor elegante –característico de la abuela- solo le permitía preguntar, de cuando en cuando, alguna cosa. Se acostó y estuve un rato jugando con Javier hasta que lo acosté y le di un beso.
Fui a la habitación y me tumbé en la cama, por primera vez, no compartida. Volví la mirada hacia la tribuna acristalada y vi la radiante farola que, como un centinela, vigilaba la noche. Cerré los ojos. Todo estaba bien. Estefanía había nacido…

Zaragoza, 6 de Junio del 2011