domingo, 13 de marzo de 2011

Esa mirada...




“En la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos.”
Mahatma Gandhi

Leí hace poco la brillante frase de Gandhi que, desgraciadamente, cobra hoy la mayor vigencia y se me ocurrió insertarla en una red social a la que pertenezco para compartirla con todos y, especialmente, con las personas a las que sigo con el mayor interés y que me honran con su reciprocidad. Mi apreciada amiga Marga –persona culta y de una fina sensibilidad – me contestó en los siguientes términos. 

“En la tele alemana vi un trailer de un documental presentado a un festival, y al parecer los alimentos que se tiran en Alemania en un año (en el campo, cuando los productos no cumplen estándares de color, tamaño, tersura, etc.; en los supermercados, cuando se prevé que no lleguen al día siguiente en estado vendible o a unos días de caducar; en las casas, cuando las cantidades envasadas no se corresponden con las necesidades de consumo .... ) doblan el volumen de comida necesaria para alimentar a la totalidad de los hambrientos de la tierra. Después de ver y oír eso, ya paso definitivamente de escuchar a cualquiera que busque la solución al hambre mundial en la supuesta escasez de la producción: no es más que mala distribución y un sistema económico criminógeno.”

Esta referencia a los alimentos despreciados en Occidente me hizo recordar un hecho sucedido hace ya bastantes años. Mi amigo Jesús –amigo desde la infancia y una de las pocas certezas con las que me ha obsequiado la vida- había regresado de un viaje a la India que había durado unos ocho meses. Debo señalar que su peripecia nada tenía que ver con el turismo y que su viaje consistió en recorrer el país de punta a cabo totalmente integrado en su inmensa ciudadanía. Tanto el tiempo como la forma de viaje conllevan, naturalmente, multitud de experiencias, anécdotas y vivencias.
Disfrutamos del reencuentro en Barcelona yendo a cenar a un pequeño restaurante, situado en Consell de Cent, que tenía la particularidad de ofrecer a los clientes –debidamente apilados en los laterales del local- libros de comics japoneses llamados manga. Escuché absorto, pues la historias que me relataba, algunas de notable dureza y que no me corresponde ni es el motivo de este escrito repetirlas, captaban toda mi atención y mi interés. Después de una larga sobremesa, decidimos ir hasta su casa, situada en la calle París, dando un largo y placentero paseo.
Hacía muy pocos días que había regresado y aunque ese “jet lag físico” había pasado, es comprensible que no lo hubiera hecho el emocional; cambiar de golpe ocho meses en un país como la India y regresar a Barcelona, necesita un período de adaptación.
De camino y al pasar por una de esas esquinas amplias de la ciudad en la que había un pequeño supermercado y situadas en la base de un árbol, se hallaban cantidad alimentos abandonados a la recogida de basuras; la mayor parte eran refrigerados y a través del plástico protector podían distinguirse carnes, embutidos, raciones de pollo, etc.
Caminábamos lentamente y yo sin observar nada que pudiera llamar mi atención, –no me di cuenta del árbol ni de los alimentos- hasta que percibí una discreta desaceleración en su caminar y un silencio que me hizo volver la vista por si algo ocurría. Y le miré. Y le miré la mirada. Sin apenas detenerse y de soslayo observaba la escena. Pude distinguir, en apenas un instante, todos los sentimientos que se le agolpaban; unos ojos de asombro, que se encendían como una chispa de indignación y que concluyeron en una profunda e intensa tristeza. Bajé la mirada al suelo mientras sentía la sangre acelerarse ante la brutalidad intrínseca del escenario ignorado por la costumbre.
Anduvimos unos pasos más, en silencio, hasta que me preguntó

-Y el trabajo… ¿qué tal te va?

He rememorado muchas veces ese momento que recuerdo con la viveza de lo próximo. Sin palabras, sin el menor comentario y como un relámpago, unos ojos, una mirada valían más que cualquier reflexión, estadística o análisis. Y lo mejor es que fue algo propio, personal e íntimo. Fue la reacción de la decencia ante la obscenidad más cotidianamente flagrante. 
Desde entonces y cada vez que veo o escucho algo sobre la desigualdad y la injusticia en la que estamos instalados, no puedo evitar recordar ese momento. Esa mirada….


Marzo del 2011 



jueves, 19 de agosto de 2010

Pablo, Elena, Rodo y las ostras




Tenía dieciocho años cuando volé por primera vez a Vigo. Recuerdo el hangar del aeropuerto de Zaragoza y de cómo sacamos la avioneta Piper a mano. Mi jefe - piloto auxiliar-, el piloto oficial y yo, iniciamos el viaje alrededor de las seis de la mañana llegando al difícil aeropuerto de Vigo sobre las nueve; allí nos esperaban los propietarios de una fábrica de pantalones llamada Corteman´s, he de decir que con gran expectación, pues si nos remontamos a esa época –hace cuarenta años-, resultaba insólito que un cliente viajara a comprar y recoger mercancía con ese medio de transporte. Yo mismo, al descender de la avioneta con mi chaqueta safari de cuatro bolsillos y cinturón y ver la cara de asombro de los que nos esperaban, tuve la sensación de finalizar una gran aventura. Después de los saludos de bienvenida nos dirigimos a la fábrica a cumplir con nuestro cometido que consistía en comprar, de forma ventajosa, prendas para las rebajas. Después del negocio y de forma hospitalaria nos invitaron a comer al por entonces mejor restaurante de Vigo, que se llamaba “El Mosquito” y que desconozco si todavía existe. Ese día se produjo mi primer contacto con los percebes, el rodaballo, el queso “tetilla” y, cómo no, con las ostras; siendo sincero, con desigual fortuna. La mesa la componíamos los dos propietarios de la fábrica, el apoderado y nosotros tres. Se inició la comida con una extraordinaria fuente de percebes – marisco que además de no haber probado, ni siquiera había visto-, que dio lugar a una general manifestación de gozo; traté de reaccionar con la prudencia debida y retrasar su manipulación e ingestión hasta ver a los demás comensales. Con el primer percebe en mis manos y debido a una malísima imitación de los otros, noté que se me escapaba un chorrito de líquido y, casi instantáneamente, observé que el apoderado se acercaba una servilleta al ojo, destino final de la jugosidad del afamado crustáceo. Aquello me desanimó, apenas tomé ninguno más y ante la insistencia de los demás comensales confesé que no me gustaban demasiado, observando que mi víctima, al desaparecer el peligro, fijaba toda su atención en la fuente a la que se entregaba con gran fruición.

- Bueno, espero que te gusten las ostras porque si no vas a comer poco, me dijo uno de los propietarios.
- ¡Oh! Naturalmente, me encantan -respondí en un alarde de imprudencia ante otro alimento desconocido-.

Una vez acabados los percebes, con la satisfacción dibujada en el rostro de mis cinco compañeros, apareció un camarero con una enorme bandeja de mimbre llevada en alto y que depositó, con estudiado ritual, en el centro de la mesa. El espectáculo que se desplegó ante mí, marcó definitivamente mi pasión por las ostras; sobre un manto de hojas de lechuga cubierto por hielo picado, se alojaban, en perfecta orden, seis docenas de estos extraordinario moluscos bivalvos. Estaban dispuestos de tal manera que en su extremo se solapaban unos con otros dando la impresión de conformar las escamas de un gran pez componiendo una sinfonía de brillos y reflejos arrebatadora. Observé el cuidado de los comensales al pincharlos con el pequeño tenedor y llevarlos a la boca, para posteriormente succionar su propio jugo mezclado con las gotas de limón. Como la maniobra me pareció sencilla de realizar y sin riesgos, tomé la primera ostra. Fue la impresión más gratificante de mi vida gastronómica y que me convirtió a esa “religión” que tiene la ventaja de no precisar la fe y sólo la demostración empírica. La delicadeza de la textura, la suave resistencia de la musculación vencida y el líquido marino con el punto ácido del limón me proporcionaron la sensación de que el mar se había apoderado de mis sentidos. Si las ostras forman parte de esos alimentos llamados “de gusto adquirido”, es decir, que precisan de una prolongada exposición y que suelen tener unas raíces de carácter cultural para apreciar sus cualidades, en mi caso y al primer intento, quedaron adheridas como a la roca.

- Bueno, ahora parece que disfrutas… me dijo, nuevamente, el empresario.
- ¡Mucho!, contesté escuetamente y seguí a lo mío.

Posteriormente y a lo largo de los años he sido un impenitente consumidor de este manjar. En mis viajes a París, normalmente dos anuales, descubrí y disfruté de la vocación de los franceses hacia esta exquisitez. Como en todo su repertorio culinario, la reverencia y la puesta en escena que les dedican es extraordinaria. Y debo decir que me parece estimable que las acompañen con tostadas de pan negro, mantequilla y una suave vinagreta; yo, personalmente, acostumbraba a tomar un triángulo de pan –debidamente sazonado- cada tres ostras, lo que además de convertir en nueva la siguiente ingestión, proporcionaba una cierta contundencia al plato sin disminuir lo más mínimo la capacidad gustativa. Los restaurantes “Jour et nuit” –abierto las veinticuatro horas como puede deducirse por el nombre- y, especialmente, “Le Grand café des Capuccines”, se convirtieron en santuarios en los que disfruté de momentos inolvidables. Las ostras “Ballón”, número 1, e incluso las de la Bretaña –más alargadas, verdosas y de sabor algo amargo- eran plato obligado de mi primera comida en cada uno de los viajes. El acercarme a los restaurantes y ver adosada a la lujosa entrada la pequeña pescadería repleta de mariscos, y al pescadero -con su mandil de rayas verdes y negras y su gorra marinera- presto a la rápida y manual apertura de las ostras, transformaba mi ánimo y disipaba mi cansancio. Hay que reconocer que la gastronomía francesa es capaz de transformar la visión sencilla de un alimento en una presentación que roza la joyería.
Unos años más tarde de mi primera experiencia regresé a Galicia, algo que haría casi con la habitualidad de París. Nuevamente allí y en contraste con la capital francesa, descubrí a la ostra en toda su maravillosa desnudez, es decir, despojada de todo artificio. La Piedra, en Vigo, se convirtió en un nuevo lugar de peregrinación en el que las mariscadoras, con la sencillez y naturalidad de las cosas auténticas, te abrían y servían en un instante la consabida docena que pagabas directamente y que tomabas sentado a una mesa de los bares cercanos en los que te servían una botella de Albariño con el frescor adecuado. Un espectáculo tan sencillo y concreto pero que me parecía fascinante; tenían que arrancarme de allí, pues hubiera pasado horas de observación y deleite. La jornada se completaba comprando un cartón de Winston –con el buen sabor y aroma que le da el contrabando- y una botella de orujo blanco.¡Qué buenos tiempos!
En la actualidad y debido a mi cese casi total de actividad viajera, hacía años que no disfrutaba de este manjar; hace un par de Navidades, Carmen compró una docena en una afamada pescadería zaragozana; el tamaño era gigante –en cualquier forma siempre provoca una cierta admiración- y las sospechas sobre su calidad proporcionales a tamaña desmesura; el origen confirmaba los indicios: Holanda. No me extenderé más pues mi idolatrado molusco sólo admitía la ingestión previo paso por alguna forma de cocina.

Recientemente y tomando un café con Cristina y Pablo, manifesté mi devoción por ellas, desde luego, no de una forma tan extensa –seguro que alguno pensará que demasiado- como lo estoy haciendo en este escrito. A la vista de esa debilidad mía, Pablo dijo que en el próximo viaje me traería una docena. En el puente de mediados de Agosto, Elena y Rodo le dijeron a Cristina que salían de Galicia directos a mi casa, que estuviera atento pues sería su primera parada nada más llegar. Obviamente esperé ansioso su llamada y conmovido por tal muestra de generosidad y afecto. Nada más llegar, me entregaron una caja –me pareció muy pesada para una docena- con las indicaciones de rápida introducción en el frigorífico a pesar de lo adecuado de su embalaje. Crucé el semáforo –me caía un poquito de agua por los brazos- no con la sensación de llevar una caja de poliuretano, sino un cofre. Al llegar a la cocina y abrirlo me encontré con cuarenta y ocho hermosas ostras, de evidente frescura y tamaño adecuado. Era de nuevo, la sencilla desnudez que recordaba de Galicia pero adornada de afecto. Emocionante.
Han sido dos días entregado a ellas y a mis recuerdos; cena, comida y cena. Aunque a Carmen le gustan de ese tamaño, es más moderada que yo –creo que en todo- y tomó seis, cuatro y tres, respectivamente, lo que me dejó a mí con doce, doce y diez.
Como se podrá comprobar con una simple operación aritmética, falta una, abierta y que consideramos en mal estado; quizás era la más hermosa de todas y no quise desaprovecharla. La limpiamos bien, vimos como resaltaban en el nácar de su concha los grises, amarillos, rosas, manchitas negras y desiguales bordes y la colocamos en la vitrina de nuestro salón, como recuerdo de un maravilloso 15 de Agosto y testimonio de nuestra gratitud.

Gracias, amigos

Agosto del 2010 

domingo, 1 de noviembre de 2009

El secreto de sus ojos





Si en alguna ocasión nos preguntamos qué es cine, “El secreto de sus ojos” es una acertada respuesta. Contiene todos los elementos que hacen de una película una obra de arte plena. Drama, comedia, suspense, análisis político social, reflexión y sentimiento, todo ello narrado con la maestría, el ritmo y el equilibrio de un gran maestro.
Parte de un guión, aparentemente sencillo, en el que Benjamín Esposito, secretario de un Juzgado de Instrucción de la ciudad de Buenos Aires, ya retirado, tiene el tiempo y la motivación para escribir una novela sobre un brutal asesinato ocurrido en 1975 del cual fue testigo y protagonista; las circunstancias que rodearon el caso le conmovieron profundamente y tuvo la permanente convicción de que no se había resuelto en toda su extensión. Sobre esta base, Juan José Campanella – el aclamado director de “El hijo de la novia” y “Luna de Avellaneda”- nos hace un recorrido por la Argentina de la década de los 70 profundizando en las historias personales de los protagonistas.
En este apabullante relato de lo cotidiano, nos muestra la pobreza moral que rodeó al país en la etapa de la presidencia de M.ª Estela Martínez de Perón y López Rega y que derivaron en la dictadura terrible de los generales; la burocracia estatal, la impunidad, el aprovechamiento de los “útiles” sin la menor consideración ética y el beneficio propio como forma de subsistencia en un entorno carente de valores, son retratados en la finura maligna que, ¡tantas veces!, diferencia al ser humano de los simples animales. Quizá el mayor mérito sea que hace las referencias justas para situarnos en un escenario de miserias, culpas, silencios y remordimientos.
Sin perderse en ello y quedando latente a largo de su desarrollo, Campanella pone el acento en las vidas de los cuatro personajes centrales de la historia. 
El viudo Morales, quien prontamente llega a la conclusión de la imposible justicia punitiva y que comienza, obsesiva e inexorablemente, a dedicar el resto de su truncada vida a que el criminal pague, con su perpetuo encierro, el irreparable daño que ocasionó; es él quien contiene en sus ojos el secreto de la historia y el ejemplo de un futuro derrotado que sólo se sustenta en la reparación como alimento contra el olvido. Su compañero de Juzgado –en una soberbia interpretación de Guillermo Francella- cuya figura se va componiendo a lo largo del filme y que comienza con la apariencia de un gris e indolente funcionario que trata de establecer con el alcohol, el cinismo y la ironía una forma de autodefensa ante la indignidad y que culmina en un ejemplo heroico de lealtad, integridad y amistad. 
Y la maravillosa historia de amor, eje central del filme, entre la compañera jefe del Juzgado –Soledad Villamil- y el protagonista –Ricardo Darín-. Difícilmente puede contarse mejor y casi sin palabras la tensión amorosa que impregna y subyuga todo el relato. Es una partitura en la que se oyen las notas y se escuchan los silencios. Es una página literaria en la que sólo se lee el blanco de la hoja. Es un espectáculo visual en el que las miradas, los gestos, los movimientos y los símbolos -¡qué maravilla la rosa roja en la mesa cuando suceden las personales entrevistas!- son más explícitos que las palabras, siendo éstas las justas y de una sencillez poética cargada de emotividad. 
El peso de las distancias, las inseguridades del protagonista, sus temores y miedos, determinan, en la metáfora angustiosa de su enamorada, el grito de: “El pasado no está dentro de mi jurisdicción”, que no concluye en el efecto deseado. 
La película se ve adornada por notas de humor de notable inteligencia y que hacen de contrapunto a la tensión permanente que se deriva de la historia; las escenas de investigación chapucera, las tertulias de los cafés, las torpezas del ordenanza del juzgado e incluso las broncas del juez instructor, alivian momentáneamente otras de terrible dureza y que dejan el corazón en un puño; la escena del ascensor en el Ministerio de Bienestar Social en la que podemos constatar la innoble y amenazadora impunidad del asesino, bloquea los pulmones hasta perder el aliento.
Es el equilibrio que busca y consigue Campanella en todo el desarrollo de filme y que incluye –también en la justa medida- el espectáculo visual. La explosión orgiástica en las escenas del fútbol, que alcanzan un clímax casi épico y las tomas del Palacio de Justicia, son ejemplos de ejercicio visual de la mejor factura. La primera contiene un atrevimiento técnico poco habitual en películas de carácter intimista y que sólo realizadores brillantes consiguen encajar. 
Lo mismo ocurre con la dirección de actores en la que cuenta con la complicidad y brillantez de Ricardo Darín –magnífico- y, en mi opinión, con la espectacular interpretación de Soledad Villamil; es la sensualidad y la feminidad en la acepción más profunda de la expresión y consigue un nivel de seducción que impregna los espacios de aroma arrebatador; suplica desde la dignidad, seduce desde la inteligencia y provoca desde la elegancia.
Y el desenlace – Campanella necesita que acabe bien- en el que el amor y la esperanza redimen de cualquier error; sin caer en el sentimentalismo ni la ñoñería y en una bella pirueta consigue cambiar el TEMO por el TEAMO dando salida al soterramiento, la ansiedad y el fatalismo como futuro.

- Va a ser complicado-, dice la protagonista
- No importa-, le contesta una amplia sonrisa.

Lo que demuestra que el pasado está dentro de nuestra jurisdicción cuando hay causas pendientes.


Noviembre 2009


domingo, 11 de octubre de 2009

Lugares comunes



“El año que viene casi todos ustedes serán profesores. De literatura no saben demasiado pero lo suficiente para empezar a enseñar. No es eso lo que me preocupa. Me preocupa que tengan siempre presente que enseñar quiere decir mostrar. Mostrar no es adoctrinar, es dar información pero dando también el método para entender, razonar, analizar y cuestionar esa información. Si alguno de ustedes es un deficiente mental y cree en verdades reveladas, dogmas religiosos o doctrinas políticas, sería saludable que se dedicara a predicar en un templo o desde una tribuna. Si por desgracia siguen en esto, traten de dejar las supersticiones en el pasillo antes de entrar al aula. No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza, es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor persona por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Pónganse como meta enseñarles a pensar. Que duden, que se hagan preguntas. No los valores por sus respuestas, las respuestas no son la verdad. Buscan una verdad que siempre será negativa. Las mejores preguntas son aquellas que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no por eso pierden vigencia. Qué, cómo, cuando, por qué; si en esto admitimos eso de que la meta es el camino, como respuesta no nos sirve. Describe la tragedia de la vida pero no la explica. Hay una misión, un mandato que quiero que cumplan. Es una misión que nadie les ha encomendado pero que yo espero que ustedes, como maestros, se la impongan a sí mismos. Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites… sin piedad.”

Con esta brillantísima exposición –después de un preámbulo que narra cómo el profesor ha sido apartado de las aulas- comienza la excelente película de cineasta argentino Adolfo Aristaraín, “Lugares comunes”. Supone toda una declaración de principios, en unos tiempos en los que la enseñanza se está postulando justo en las antípodas de lo que allí se propone, mostrados con la brevedad y sencillez del sentido común. La formación humanitaria, el conocimiento, la reflexión, la revisión y el análisis han sido sustituidos por la preparación urgente y especializada de unidades productivas, sin más objetivo que la competitividad en aras de un mínimo bienestar que alimenta la dependencia y la alienación. 

Se inicia el periplo desesperanzado del viejo profesor, Fernando Robles (Federico Luppi), junto a su esposa, Liliana (Mercedes Sampietro) –mujer, compañera, amiga, cómplice- que tiene por delante los últimos años de su vida para –dentro de la precariedad de su economía- hacer lo que desea, pero al que le han arrebatado lo único que le gusta hacer: enseñar. Aquello que le ha supuesto la posibilidad de trasladar y compartir preguntas para las que tampoco tiene respuestas. En ese compartir con los alumnos ha encontrado la principal razón de vivir y el equilibrio entre sus contradicciones y principios. Se desencadena, entonces, uno de esos momentos de vacío en la vida de un hombre, en el que tiene que decidir entre alternativas que nunca había contemplado y que, en principio, encuentra hostiles y sin sentido. Es el comienzo de la empatía con el profesor, con cuyo conflicto existencial muchos hombres se identifican, tanto en la búsqueda como en la imperiosa necesidad de mantener el mayor grado de identidad, dentro de un sistema que lo fagocita todo. Aristaraín, desnuda con maestría los sentimientos, contradicciones, valores, inquietudes y miedos del profesor, que no consiguen doblegar la solidez de sus principios y su fidelidad a la utopía como actitud vital. 

Esa solidez terca y orgullosa le precipita hacia una reprobación cruel y desproporcionada con la vida de su hijo, del que se siente decepcionado por lo que juzga como actitud cobarde y acomodaticia. 

Sin desmerecer en absoluto el lenguaje visual –hay planos y escenas de una gran belleza estética- el hilo conductor de la narración es la palabra. Lenguaje directo, arrollador, que no deja un respiro a la mente y que te envuelve junto a las reflexiones del personaje en la convulsión y el desasosiego. No se explaya el director con la situación social de Argentina sino que, pasando “de puntillas” por ella, traslada el escenario al mundo en general: corrompido, vacío de valores y acomodado a una sociedad carente de impulsos morales. Pero hay esperanza. Y esta se manifiesta para ellos con el contrapunto de la desesperanza de otro. El antiguo propietario de una “chacra” que había planificado toda su vida junto a su mujer, Laura, y que fallecida esta, no encuentra sentido a su vida; tan inmensa es su pérdida que concluye en una inacción tan dolorosa que le lleva a proclamar : “pensé en quitarme la vida, pero no me animo”
En este rural escenario, inician una nueva vida “de terratenientes” cuyo valor se desprende en la deliciosa velada con sus íntimos amigos, con otra de las conversaciones que muestran los principios inalienables del protagonista cuando se le acusa de haberse quedado en los “sesenta”:

-Me quedé mucho antes. Ni Marx, ni Bakunin, ni Cuba con Fidel, ni el Ché.. La guerra la perdimos hace rato. Cómo será que los dueños del mundo están tan sólidamente establecidos que hasta permiten que exista la izquierda. ¿Por qué? Porque no molesta a nadie. Ya nos es una idea revolucionaria. Es una chapita, un pin. A lo sumo puede ser una actitud moral que nunca va a salir de la esfera privada.
Ante la protesta de la joven amiga que pretende que esos ideales se cumplen en la Cuba de Fidel, la sonrisa del viejo profesor y su tierna mirada, se ven iluminadas tanto por la convicción de su error como por la esperanza de que no todo está perdido.

Y esta nueva vida en la “chacra” supone el microcosmos en el que se desarrolla la extraordinaria, maravillosa y ejemplar historia de amor entre Fernando y Liliana; un amor intenso, profundo y libre que se convierte en el tesoro más preciado de los personajes dentro del “naufragio” que supuso la ruptura de su anterior vida. La comprensión, la ternura, el apoyo del uno con la complicidad del otro, se evidencian como una nueva juventud que, carente de ímpetus fogosos, supera cualquier desafío. Las conversaciones, los paseos, las miradas, las infantiles travesuras del viejo profesor con los cigarrillos, se deslizan con el halo de una generosidad conmovedora. Es en ese diminuto entorno donde pueden poner en práctica sus ideales confiriendo al peón y a su familia un trato, remuneración y respeto –no más allá de lo posible- coherente con sus principios. En la vida en el campo es donde el personaje de Liliana adquiere su mayor dimensión y tiene la fortuna de contar con la magistral interpretación de Mercedes Sampietro. Sencillamente colosal. Verla ajustarse el chal sobre los hombros, con el pelo recogido y su mirada limpia, es toda una exhibición de feminidad; la intensidad de su mirada al acercarse a su marido tumbado en el sofá -creyendo que duerme- y suplicante decirle: “No me dejes sola”, alcanza una emotividad que nubla los ojos y hace enmudecer. 

Lugares comunes es la historia de dos seres humanos, de un matrimonio, de un naufragio, de un renacer, de amistad, de amor y de esperanza. 
Pero por encima de todo y lo que la hace más grande, es la expresión sublime de la lealtad como valor supremo. 

Lealtad que, en el caso de Liliana, trasciende a la muerte.


Octubre del 2009 

jueves, 20 de agosto de 2009

El juez y el general



Ojeando, ayer, el diario El País me detuve en la noticia que hacía referencia a un documental con el título de este escrito y que optaba –con bastantes probabilidades de éxito- a los premios Emmy. En la breve referencia, señalaba que trataba sobre la investigación de las torturas, asesinatos y desapariciones de la dictadura chilena del general Pinochet. Como muchos de mi generación –por entonces yo tenía 22 años- vivimos aquel golpe como propio, ya que el acceso al poder, democráticamente, de un dirigente socialista nos producía el sueño de la cercanía propia de libertad y justicia que durante toda nuestra juventud se había visto asfixiada. Recuerdo con nitidez que me encontraba en casa de los padres de mi primera mujer y que más que el horror por el impacto de la violencia inicial en el asalto al Palacio de la Moneda, el sentimiento fue de enorme tristeza al constatar que el sueño de un ideal quedaba roto como el frágil cristal. Los reportajes posteriores de la revista Triunfo –auténtico baluarte del periodismo íntegro- se hacían eco, con profusión, de la figura política, moral y humana del derrocado presidente Salvador Allende. No es mi intención ahora detallar a esta importante figura de la historia de Hispanoamérica, pero una frase suya quedó para siempre en mi memoria: “Sólo merece la pena morir por aquello sin lo cual no vale la pena vivir”. ¡Qué diferencia con los que hoy en día –en realidad siempre- se enredan en piruetas pseudo intelectuales y ejercicios dialécticos para justificar por qué se puede matar! La memoria de ese vuelco traumático me ha acompañado toda mi vida y confesaré un odio permanente hacia el general asesino. En su caída, ese odio se había transformado en repugnancia, sentimiento que con los años suele sustituirlo cuando la madurez se impone sobre la ardorosa vehemencia.

Con el mayor interés me dispuse a ver, por medio de Google, el excelente documental que, no me cabe ninguna duda, merece el mayor de los premios. En mi opinión el mayor mérito consiste en que más allá de la exposición descarnada de algunos de los crímenes, se centra en la evolución personal y humana del juez Guzmán, al comprobar de forma tan paulatina como tenaz el horror de los años de la dictadura chilena. 

De familia conservadora, se manifiesta comprensivo, en su inicio, con el golpe de Estado aunque lamente la muerte del presidente, consecuencia, quizás inevitable, del caos que vivía el país. Se impone el orden –valor supremo de los conservadores- y de esta forma el país podrá desarrollarse lejos del “las garras del comunismo”. Con la mayor naturalidad, manifiesta su voto en contra de Allende en las elecciones presidenciales, destacando que con el otro candidato tanto su vida como la de su familia hubieran sido mejores. 
Pero el destino cruza en su andadura la querella de los familiares de las víctimas y, con absoluto escepticismo acerca de los horrores que detallan, comienza una investigación tan serena, constante y larga, que no sólo logrará el procesamiento del general sino la condena de más de doscientas personas responsables de asesinatos y torturas y que constituirá un hito en la justicia chilena. 
El juez Guzmán, compone la columna vertebral del documental y con una magistral exposición de su evolución que se va componiendo fotograma a fotograma, consigue que la vayamos viviendo desde la serenidad, que no excluye el horror y que mueve a la más profunda reflexión. Nos aparece un hombre solo –en cierta manera lo es- que sin apoyos de la judicatura se va alimentando de descubrimientos y evidencias que mueven su conciencia y refuerzan su voluntad. La íntima indignación sobre lo ignorado actúa como un potente motor que le impele a abandonar la “burbuja de oro” –palabras literales suyas- y buscar denodadamente la verdad. Conforme avanza su investigación, conmueve la ternura con la conversa con las familias de las víctimas y su bonhomía compasiva se acrecienta con las nuevas pruebas y evidencias. 
Es difícil especular sobre qué hubiera ocurrido de concernirse exclusivamente al ámbito chileno, pero qué duda cabe de que la intervención del juez Garzón y su solicitud de extradición de Londres del general Pinochet, internacionalizó el proceso y ayudó a su favorable conclusión. 
El documental contiene pinceladas sobre la evidente y luego reconocida intervención norteamericana, casos de torturas dolorosísimos, desnuda la psicología de los verdugos y muestra la convivencia con un dolor inacabable. Pero por encima de todo es la historia de la transformación de un hombre que, acabado el proceso, en una imagen de una fuerza comunicativa impresionante, visionando las imágenes de exaltados fascistas que vitorean al Pinochet muerto, dice desesperanzado: “no han aprendido nada”. 

Agosto del 2009 

PD. El cadáver del general Pinochet, ante el temor de profanación de su tumba, fue incinerado y se desconoce el paradero de sus cenizas. Sarcasmos de la vida, acabó como un desaparecido más. Vienen a mi memoria las palabras de Lluis Llach en sus “Campanades a mort”: “¡Asesinos de razones, asesinos de vidas! Que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestra vida y que en la muerte os persigan nuestras memorias”. 

sábado, 18 de abril de 2009

Prólogo de Viento a favor




Prólogo al libro de mi amigo Antonio Ramírez

Cuando en noviembre del año 2006 recibí un correo electrónico de Antonio, en el que me enviaba su pequeña sinopsis anunciando su decisión de escribir unas memorias de su época marinera junto con el primer capítulo de las mismas, no pude por menos que animarle a que lo hiciera, de una forma tan alborozada como vehemente, para que esa “falta de constancia” que se atribuía, no fuera nunca un obstáculo para concluir en lo que, hoy felizmente, podemos llamar su libro o al menos, -creo que tiene historia suficiente- su primer libro.
Yo tenía poco conocimiento de esa etapa y lo sabido era más por boca de terceros que por la suya propia, ya que nuestra amistad, si bien tiene unas raíces que gozosamente cada día se manifiestan más profundas, ha tenido durante muchos años la distancia física como impedimento para intercambios de pasados que, a estas alturas, no podemos por menos que calificar ya como algo remotos.
Conforme pasaban los meses del 2007 fui recibiendo las entregas y Antonio me iba pidiendo opinión -tengo que pensar que como consecuencia de mi actitud positiva más que por mi escaso talento literario- lo que facilitó, además de un hermoso intercambio epistolar, profundizar con él en ese pasado marinero, -¿solo marinero?-, que nos relata; al ir conociendo de primera mano los aconteceres de su historia, y “reconociendo” a su autor en cada una de las situaciones, me entusiasmé tanto con la lectura, que permanentemente me venía a la mente su imagen y, sobre todo, esa maravillosa risa con la que estoy seguro escribía muchas anécdotas, junto a la expresión emocionada y tierna en el relato de las experiencias mas duras.
Fue en la Navidad pasada, cuando en el intermedio de una cena y por boca de Lourdes -ahora marinero da tus velas al viento pues acabo de nombrar a la Estrella Polar de tu vida - me dijeron que les gustaría que yo escribiera el “Prólogo” de este libro que hoy tienes en las manos; regresé a casa con la sensación de que mi reacción pudiera haberles perecido fría, pues fue de esas ocasiones en las que el impacto emocional recibido es de tal naturaleza, que sólo la actitud de casi “darlo por no oído” te permite salir del trance con una cierta entereza. Pasé como una centella de la emoción al silencio. Y hoy me tienes aquí, querido amigo -si lo eres de Antonio también lo eres mío- disfrutando del lujo de escribir sobre él y del regalo que nos ha hecho a todos.
Porque estas memorias son un regalo para todos los sentidos.
Te mueve a la reflexión la situación que origina su marcha de casa; mas allá de los hechos domésticos, esa España de los 60, todavía cuartelera, en la que la mezquindad y la opresión, la angustia y el conformismo, el miedo y la desesperanza, dejaban poco espacio a espíritus libres y abiertos a la vida; no se entretiene Antonio sino en pasar deslizándose por la superficie, pues bastante trabajo tuvo con paliar sus consecuencias como para adentrarse en sus causas. Pero en las pocas líneas con las que describe el entorno, lo hace con tan sencilla brillantez, que cualquiera que lo haya vivido lo recuerda nítidamente; el bar, los obreros, el cacique, las plazas, las inversiones en capitalización, el representante del 600, los bocadillos, las pesetas, la calle, los vecinos -más familia que muchas familias actuales-, el autostop, etc.
Tenía que escapar. Y en su huida y también en su búsqueda, se nos manifiesta como un prodigio de supervivencia – como hombre bien nacido le llama suerte-, en el que las percepciones de lo que le rodea, la intuición del beneficio, el aprovechamiento de sus cualidades y recursos, la seducción de sus habilidades, los explota en cualquier situación, entorno y momento; el buceo “a la pesca de lentillas” con la familia Krupp, merece un destacado lugar en la mejor picaresca de la literatura del Siglo de Oro español. Tenemos a lo largo del libro, múltiples ejemplos de esta extraordinaria virtud que adquiere siempre la mayor nobleza porque jamás perjudica, ni se aprovecha, ni lastima, ni pasa por encima de nadie. En su supervivencia, no hay depredación. Solamente hay imaginación desbordante y esa gran sabiduría acumulada a lo largo de cientos de años por ese “talante” andaluz, por esa ambición de empatía con lo que te rodea. Si como alguien dijo, “cultura es lo que queda en una persona después de olvidar lo que aprendió”, esa cultura ya corría por sus venas antes de aprender todo lo que la vida le iba a enseñar. ¡Cómo no iban a percibir su bonhomía, Pau, el Sr. Paco, Chelo, Joan...y toda su familia de Palma!
Palma de Mallorca, que se convierte en la plataforma desde la que se lanza casi a la vida, al mar y, en un maravilloso encuentro, al amor. Valerie Dubois, su primer amor, deja en él una huella imborrable y la pena ansiosa de lo que, sin terminar, se pierde; porque la historia se pierde en las reflexiones de la desesperanza por una parte y la comprensión de la realidad por otra. Enorme cualidad la que evidencia Antonio y que mostrará permanentemente a lo largo de su vida y que consiste “en ponerse en el lugar del otro”, lo que conlleva una actitud comprensiva hacia los demás y nos sitúa a las puertas de la paz y el equilibrio interior. ¡Qué cuidado ha tenido siempre con que cualquier batalla perdida no derivara en rencor, ni lastimara un corazón que, a toda costa, quiso mantener limpio como el océano!
Nos cuenta también las relaciones con las mujeres que en esa época pasaron por su vida y quiero destacar especialmente la enorme ternura con la nos habla de ellas; hasta en los momentos en los que se ve agobiado por “ballenatos” o “gusiluces” y se ríe a carcajadas de “lo que se le viene encima”, lo hace desde la levedad con la que se trata al material sensible. Al cristal. A la mujer. Y siempre hay gratitud hacia ellas por recibir y devolverle todo el amor que les entrega. Las desea, las busca, las mira, las provoca, las seduce, las ama, pero en cualquiera de ellas y, aunque en las ocasiones más frívolas pudiera actuar de otro modo, como decía una canción que tanteas veces le escuché, “además de su cuerpo, siempre busca otro valor”. Quiero adelantarte, lector atento, que el párrafo que dedica a Juanita “una chica corriente de un barrio de Córdoba” es de lo mas hermoso y sencillo que se puede escribir de una mujer.
Y del amor a la pasión. El mar. Lo que impregna toda su vida y donde él se manifiesta en toda su plenitud. Antonio puede estar, pero sin el mar no es. Como dijo A. Machado “es un hijo de la mar” y, por tanto, la ama tan profundamente como la respeta. Y como ocurre con las pasiones verdaderas, si están expresadas con la brillantez con la que lo hace, contagian al más neófito; accederemos al Artemisa, al North Star, al Orión -¡ah! el Orión- al Albatroz, al Galatea, al Annie Comyn, al Libertad… y nos moveremos entre regalas, imbornales, jarcias, cabuyería, flechastes, obenques, foques… navegaremos “de ceñida”, “a orejas de mulo”, “de bolina”, “de aleta” con la naturalidad del que lo ha hecho siempre. Porque, en la emoción del recuerdo, la descripción de los paisajes y mares es de tal claridad expresiva, que más que en el pasado nos sentimos en un presente y le acompañamos en la aventura; el cielo, el sol, la lluvia, el viento, el frío, el amanecer, el atardecer, la noche, son vividos -perdón leídos- con una intensidad que alcanza su máximo nivel cuando nos sumergimos con él en la mar. Colores, arenas, luces y especies desconocidas te acompañan ya siempre; peje perros, serviolas, abaes, viejas, sargos…se han convertido para mí en algo inolvidable.
Pero no quiero hablar más del mar. Mucho mejor lo hace él y lo vas a disfrutar en innumerables páginas.
A lo que quiero invitarte, amigo y lector, es una apnea imaginaria -casi tan larga como esos cuatro minutos de Antonio- por las profundidades de cada una de las líneas de este libro y descubras -como en el mar- lo que nunca se ve en la superficie.
Porque en este libro hay que bucear para ver el verdadero sentido, la emoción escondida, el impulso vital que lo arrastra a lo largo de sus páginas y que nos descubre el porqué, por quién y para quién está escrito.
Este libro, por encima de todo, es un recuerdo emocionado y tierno, una declaración de admiración, gratitud y amor, para ese “marmitón” que sin cumplir los dieciséis años se lanzó a la vida con 280 pesetas y unos bocadillos, sin más horizonte que el mundo entero, con el rumbo que le marcaba su instinto y con un corazón presto a empaparse de todo lo hermoso que se le ofreciera. A ese chaval cuya firme determinación vital le lleva - en la frase, para mí, más conmovedora del libro- “a perder, si es necesario, el camino de regreso”.
El es quien hace las gamberradas a Patxi, quien hace exhibiciones acrobáticas, quien se larga a cantar…quien murmura a la inglesa… y Antonio nos habla de él…porque se le escapa y vuelve a por él…habla en primera persona, pero de él…hace piruetas con él…se ríe con él…y, de vez en cuando, la tristeza también le embarga junto a él…y entonces escapa de él para contarnos cosas…pero detrás está él…ese chaval siempre está ahí. ¿Será porque quiere seguir siendo él?
Lo cierto es que Antonio se siente orgulloso de ese “marmitón”.
Y le sobran razones.
Lo mismo que nos pasa a sus amigos.

Antonio Aragüés Giménez
Mayo del 2008 



sábado, 4 de abril de 2009

Carta al médico de mi madre


Querido Alfonso:

“Debéis estar preparados para lo peor; tiene una cardiopatía irreversible acompañada de insuficiencia pulmonar”, fue tu último diagnóstico en el Hospital Clínico, y con disimulada irritación ante la definitiva impotencia, respondiste ante la mirada suplicante de mi hermana Isabel: “Se muere todo el mundo, incluso Concha”. 

No era difícil deducir de tu tono, no ya la resignación profesional largamente experimentada, sino la tremenda amargura humana que tal realidad próxima te producía.
Una realidad anunciada mucho tiempo atrás, sorteada, combatida, derrotada en tantas ocasiones con tu imprescindible complicidad, que parecía imposible que llegara.
Nunca, como en este caso y aunque la ciencia ortodoxa opine lo contrario, se ha cumplido la brillante frase de Montaigne:

“No morimos por estar enfermos sino por estar vivos”

Porque aunque parezca una paradoja, pocas veces se ve relucir la vida de una forma tan intensa en momentos de tanto dolor; vida a la que nuestra madre nunca renunció, a pesar de los sinsabores y malos tratos que le dio en tantos momentos y, ni siquiera en los más difíciles le volvió la espalda, como la amante que soporta todas las traiciones por conservar el bien amado.
“Concha tiene una naturaleza extraordinaria y un médico sensacional”, dijiste, en otra ocasión, con tu habitual humor cargado de ironía; es curioso que cuando nos tomamos en broma es cuando más serios resultamos. Podríamos hacer una apología de todo tipo de valores humanos: ternura, tolerancia, paciencia, perseverancia, valor, disciplina, esfuerzo, amor… pero todos se resumen en esa expresión rotunda:
“Un médico sensacional”
Porque es imposible si no hay detrás una maravillosa persona, que dedica su existencia, no a combatir la muerte sino a luchar por la vida.
¡Y qué compañero de lucha tuvo nuestra madre!
Vienen a nuestra memoria las largas noches de hospital, con sus sentidos lamentos y sus permanentes reclamos a dos ausencias, su madre y su hermano –médico como tú- y a una presencia, la tuya Alfonso, cuya promesa de atención servía de inmediato para calmar su ansiedad. ¡Cómo se transformaba su rostro sólo con verte! Esa leve sonrisa, en un rostro bellísimo de natural, relucía de serenidad, de confianza, de sentirse en buenas manos. La ciencia no ha inventado el medicamento que llevabas contigo.

“Todos cuando favorecen a otros, se favorecen a sí mismos; y no me refiero al hecho de que el socorrido querrá socorrer y el protegido proteger, o a que el buen ejemplo retorna, describiendo un círculo, al que lo da, sino a que el valor de toda virtud radica en sí misma, ya que no se practica en orden al premio: la recompensa de una acción virtuosa consiste en haberla realizado” (Cartas a Lucilio, Séneca)

Debes sentirte bien, Alfonso. Satisfecho, pleno, feliz. Junto con nuestra madre, eres el vencedor de esta batalla. Es lo que pretendo con esta carta, contribuir a afirmar ese sentimiento. Ni siquiera darte las gracias, pues no es necesario a quien consideramos parte de nosotros. No la llores, nosotros no lo hacemos.
¡Qué bien debe estar ahora!, allá arriba, sonriendo…con nuestro padre.
La imaginamos en el Hospital del Cielo, donde su hermano Antonio habrá hecho todos los preparativos, la rodeará de eminentes cardiólogos y ángeles enfermeros, de tecnologías celestiales que eliminan el dolor y de milagrosos medicamentos de alegría.
Pero estoy seguro de que el día que se encuentre algo “pachucha”, esperará a la noche y, aprovechando un descuido de los celadores, escapará por una escalerita de estrellas en el firmamento, para llegar temprano a la consulta terrenal de su querido Alfonso.

Nunca lo olvidaremos.

Julio 1999

miércoles, 11 de febrero de 2009

Camino





Me daba pereza. Había oído hablar de la película de Javier Fesser y, de forma vaga, de su contenido –es fácil de deducir por el título- que se desarrollaba en los aledaños del Opus Dei. Mi curiosidad sobre esta institución estaba sobradamente satisfecha pues desde hace más de treinta años y debido a circunstancias de diversa índole he tenido oportunidad de conocer sus bases, sus propuestas y normas de comportamiento derivadas del pensamiento (sic) de su fundador, D. Josemaría Escrivá de Balaguer. 
Mi primer contacto con “la obra” se produjo cuando, debido a la grave enfermedad de corazón que padecía mi madre, los médicos aconsejaron una cirugía pionera que se realizaba en la Universidad de Navarra; pude comprobar entonces –los signos eran más ostentosos que ahora- el espíritu que impregnaba el citado Centro. Hace pocos días y recordando aquellos tiempos con mi hermana Cristina me contó una anécdota que creo merece la pena reseñar. A ella, con aproximadamente 15 años, le tocó el peso de la compañía permanente durante un mes pues los demás hermanos, excepto los pequeños, teníamos que cumplir con nuestras obligaciones laborales; su vida, durante los primeros diez días, se limitaba a ir del hospital a la sencilla pensión y de nuevo al hospital. Al cabo de un tiempo y como coincidían los Sanfermines, algunas enfermeras viendo a mi hermana tan joven y sacrificada, la invitaron a disfrutar por la noche de las fiestas; a ella le extrañó, pues ya había advertido los criterios imperantes en “la orden”, pero sus ímpetus juveniles la inclinaron a aceptar la oferta. -¡Me pegué los siete días sin dormir! -me dijo. -¡Me lo pasé bomba!
Obviamente y por joven que fuera necesitaba dormir y lo hacía, con la natural levedad, a lo largo del día que pasaba en compañía de mi madre; pero en uno de ellos su cansancio era tan notable que se durmió profundamente coincidiendo con la visita “celestial” y cuya comitiva formaban un sacerdote, el capellán, una enfermera, la enfermera jefe, y dos monaguillos haciendo sonar sus campanillas con evidente entusiasmo. ¡Ni por esas! Ella continuaba adorando a Morfeo ante la evidente ira del capellán que ordenó despertarla bruscamente y -¡me pegó una bronca que no he olvidado! Mi madre, mujer que realizó excelentes obras en su vida pero que siempre necesitó escenario y espectadores, se embelesaba con estas visitas –tenía una cierta tendencia al folklore en una actitud que en sus formas me recordaba Carme Elías en el filme - aunque a la postre no fuera consecuente ni seguidora de las mismas.
Posteriormente y saliendo ya del oscurantismo que en sus inicios era seña de identidad de la institución, vi en televisión una grabación en la que “monseñor” subido a una tarima, de negro y con el bonete de puntas, –en un escenario bastante pueblerino- se dirigía a una cautivada multitud y, especialmente, a un matrimonio que tenía en brazos a un niño con evidentes muestras de deficiencia mental.

-¡Este pequeño es un regalo que os manda Dios!- dijo, ante la mirada complacida de sus padres.

Aquello me impresionó. Pero todavía más, el resto de la intervención –de aproximadamente veinte minutos- en la que la tosquedad, la pobreza intelectual, el chascarrillo, la elementalidad de argumentos alcanzó niveles que no había logrado imaginar. Era zafiedad en estado puro. ¿Qué mecanismos dominan determinados personajes, que a lo largo de los tiempos tanto han influido en las personas, con fundamentos intelectuales tan pobres?
La historia y el presente están llenos de ejemplos y reconozco mi incapacidad para descubrir el misterio. Y eso que curiosidad y tesón no me faltan. Decidí leer “Camino”, la obra por antonomasia, el catecismo opusdeísta, el credo que da sentido a la vida. ¡Dios mío! – perdón- ¡qué panfleto más infumable y elemental! 
¿Cómo es posible que más de dos mil años de civilización, de Grecia a la Ilustración, de Darwin a nuestros días, de Newton a los viajes espaciales, posibiliten que tenga éxito –indiscutible- una “propuesta espiritual y vital” como la que planteó este básico –en sentido literal- cura de Barbastro? 
Pero como he dicho, tesón no me falta. Y me fui a visitar Torreciudad. El santuario del Opus Dei. La obra póstuma –la verdad que allí sí que vi una obra- de Monseñor Escrivá. ¡Impresionante! ¡Qué lamentable vanidad! ¡Qué culto a la persona! ¡Qué megalomanía! Todo un espectáculo. Solo en países tercermundistas pueden verse monumentos contemporáneos, mausoleos de una persona, del calibre de Torreciudad. Sentí absoluta repugnancia y mi curiosidad quedó ampliamente satisfecha. También y como abofeteándome, se me revelaron las claves de un éxito de este cariz. ¡Cómo no me había dado cuenta! Había tratado de estudiar el huevo, sin contar con la gallina ni, sustancialmente, con el gallinero. Era la misma historia de siempre con leves variantes integristas para los más irracionales. La Religión. La raíz de todos los males como propone el profesor de Oxford, Richard Dawkins, en sus diversos libros y medios audiovisuales. El virus de la fe. A ello me referiré mas tarde. 
El conocer algunas reacciones, con motivo de las designaciones para optar a los premios Goya – esto de las nominaciones y el mal uso de la lengua me saca de quicio- me obligó a vencer la pereza que me producen los asuntos teológicos y me dispuse a disfrutar – lo digo ahora- de la película de Javier Fesser, “Camino”.
Camino es una obra brillante. Es, antes que nada, un canto a la vida, a los sentimientos, a los instintos más naturales, al amor y a la esperanza; y para resaltarlos hasta el lirismo, Javier Fesser utiliza precisamente su contraposición: la negación, la asfixia de su ahogamiento, el dolor como redención, la percepción pecaminosa de todo lo que nos ilumina, la descripción desnuda de los comportamientos del entorno de la niña “Camino”, con plasmaciones estéticas de sublimes luces y dolorosas oscuridades. 
Si su intrínseca tragedia conmueve como el tajo que sufre la rosa al abrir sus pétalos a la luz, el director no pone el acento en este hecho arbitrario, injusto e incomprensible pero consustancial con la vida y la muerte; nadie nace con un seguro a plazo ni con una garantía sanitaria. Así, la niña Camino se mueve entre el dolor de su enfermedad y la alegría del primer amor, entre la fe y la razón, entre el miedo y la esperanza. Su creíble madurez –aparentemente increíble- se ve adornada por la bondad más maravillosa que trata de conciliar las enseñanzas de su entorno con los impulsos más puros que brotan de su corazón. ¿Cómo puede desterrarlos si los está viviendo con la intensidad del primer pálpito? Y por otra parte… ¿cómo puede ella renunciar al clima cálido, confortable, atento y amoroso de los seres queridos? La bonhomía de sus sentimientos no se lo permite y ni siquiera su corto tiempo de vida le obliga a la elección. 
Pero el director sí que nos muestra los resultados de esa elección en la figura de la hermana. Con parecidos atributos de carácter y sensibilidad ha sido inducida, por un entorno patológico y por una manipulación obscena en un momento decisivo de su vida, a los brazos de la negación, de la renuncia y del dolor más absurdo. Las secuencias permiten intuir que, de no existir una inmoral ocultación, su vida podría haber sido diferente y que su entrega a “la obra” viene determinada por un trauma primerizo que marcará definitivamente el resto de su vida. 

-¿Cómo es posible que una madre haga algo así? –preguntó en voz alta mi hijo. 
- Javier, lo terrible es que la persona no es mala y cree que está haciendo el bien.
- ¡Estas cosas me superan!...contestó.

Vinieron a mi memoria las palabras pronunciadas por el Premio Nobel de Física, Steven Weinberg:

“La religión es un insulto a la dignidad humana. Sin ella, habría gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que gente buena haga el mal, se necesita la religión".

«Camino» es una obra que te provoca una tremenda convulsión; que proporciona la información necesaria para el análisis, la reflexión y la profunda introspección en el alma humana; que retrata con gran sutileza los comportamientos más sublimes y ahonda en las oscuridades más sórdidas y tenebrosas de la irracionalidad dogmática. Los personajes componen una paleta de significados que va desde la pureza luminosa hasta la perversión manipuladora e interesada. Nada es gratuito. De tal forma que produce atracción y rechazo, emociona e irrita, duele y alivia, remueve sentimientos y motiva el pensamiento. Que cuestiona e invita al debate y la superación. En mi opinión, es su mayor virtud. Creo que Camino obliga a revisar nuestro “almacén” para comprobar si todo está en orden. 

Revisando el mío, con la permanente inquietud de su correcta disposición, debo decir que sigo sin encontrar a Dios. Ni afirmo ni niego. Pero no me sirve cualquier respuesta ante lo desconocido. La fe, por definición, exige un ciego compromiso ante la falta de evidencias. Ahí reside su dogmatismo cuyo grado solo se mide por la mayor o menor radicalidad. Y sus consecuencias han sido y son devastadoras. Es precisamente ante ellas cuando no puedo por menos que manifestarme como “militante defensivo”.

Y parafraseando a Javier Krahe, en mi particular “camino”, “prefiero la duda a un mal axioma”


Febrero del 2009 

PD.
Soy consciente de que mis apreciaciones no serán compartidas por muchos de los que las lean. En estos tiempos “políticamente correctos”, con frecuencia inusitada se acuñan frases que, por poco reflexionadas, se convierten en leyes indiscutibles. A raíz de la lucha contra la organización terrorista ETA y como medida inductora para que dejaran de matar, se dijo que “todas las ideas son respetables”, pero que no es admisible matar por ninguna; siendo evidente lo segundo, no proporciona carta de naturaleza a la estupidez de lo primero. No todas las ideas son respetables. Sí son respetables todas las personas, simplemente por el hecho de serlo.
En este sentido, no siento el menor respeto por las convicciones religiosas ni por los actos que de ellas se derivan; los únicos para mí apreciables son aquellos que igualmente se dan en laicos con el sentido ético derivado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Quiero, e incluso admiro, a muchas personas que profesan la fe religiosa. Obviamente no por eso, sino por cualidades que mueven mis sentimientos y mi estima. A ellos les digo que esta, es tan grande o mayor que la aversión que me produce su fe.
Me dolería que mis postulados disminuyeran el privilegio de la suya.



sábado, 17 de enero de 2009

No sos vos, soy yo


Recientemente, en un muy agradable almuerzo celebración de cumpleaños de una amiga, coincidimos varias personas entre las cuales se encontraban algunas relacionadas con el mundo del cine, teatro y televisión; dos actrices –una de ellas con reconocimiento nacional- y un joven guionista hijo de esta. La conversación, principalmente entre dos de ellos, versaba sobre los males y la falta de calidad del cine español; encontré los argumentos especialmente duros y críticos –todo lo que se hacía era malo- y sobre todo cuando lo comparaban con el cine americano; la verdad es que los criterios eran de carácter bastante técnico y , en mi opinión, se perdían algo en ellos; esta comparación llegaba hasta las series televisivas –sobre las que tengo poco interés- que no resistían la apuesta con las americanas tipo Dr. House, Prisión Breack, CSI, etc.
El resto de los presentes escuchábamos con gran atención lo que decían, con el respeto que merecen personas profesionales con el natural conocimiento de causa. Yo no estaba de acuerdo o, al menos, tan radicalmente como ellos lo planteaban.
Intervine –ante la sorpresa y la atención de todos- para mostrar mi desacuerdo. “Creo que las descalificaciones hacen referencia al oficio, a las formas y a los medios; en ese sentido no tengo nada que objetar ni minimizar su importancia. Pero el problema radica en que ese cine que vosotros sublimáis, poseyendo todo lo que decís “no tiene nada que contar”; es como un marco doble, con paspartú y espejo que contiene un lienzo sin el menor interés. Entiendo que –si no exclusivamente el español – el cine hispano, nos ofrece buenos ejemplos de muy notable calidad que sortea la carencia de medios con indudable talento; llegaría mas lejos: en la mayor parte de los casos, no los necesita”.
Mi querida amiga Luisa – gran actriz- me dio la razón que luego fue compartida por todos; especialmente cuando profundizamos en consideraciones sobre el cine hispanoamericano con las referencias de Argentina, Chile, Colombia, Cuba, etc.

Anticipo este largo preámbulo pues vino a mi memoria al disfrutar por segunda vez –esto de visionar dos veces las películas que me gustan se está convirtiendo en un hábito- la excelente comedia de Juan Taratuto, “No sos vos, soy yo”, pues es un claro ejemplo, entre muchos, de los argumentos que dieron pie a mi intervención en aquella tertulia. Con poco presupuesto y sin florituras ni efectos especiales pero con una historia cotidiana brillantemente contada y con un puñado de actores entregados, que “viven” su desarrollo como si no actuaran, obtiene un resultado más que notable.
Se trata de una comedia en la que Javier, un joven cirujano recientemente casado y enamorado de su mujer, decide emprender una nueva etapa en Estados Unidos, país en el que María le confirma grandes oportunidades; pero poco antes de ir a reunirse con ella y consecuencia de su estancia, María le comunica que se ha enamorado de otro hombre y deben terminar su relación. El shock producido y su posterior evolución constituyen el hilo argumental que dará desarrollo a las experiencias emocionales del protagonista. Si Chaplin dijo –creo que fue él- “que la vida desde cerca es una tragedia pero vista de lejos es una comedia”, Taratuto, a través de la excelente interpretación de Diego Perreti, consigue a la perfección evidenciar esa realidad. La existencia de Javier, que ha basado toda su vida en un proyecto común, se desmorona en la más profunda desesperación; la “tragedia” de su abandono, la vive con tal intensidad que recuerda esas emociones juveniles que, con el tiempo, a todos nos provocaron sonrisas.
Primero trata angustiosamente de aferrarse a la negación de lo evidente, focalizando su mente en la imposibilidad de la realidad que está viviendo, involucrando a sus amigos hasta el límite de la paciencia y a su psicoanalista en interminables sesiones, que oscilan permanentemente como un péndulo, sin que sus argumentos obtengan el mínimo éxito; estas conversaciones en dos ámbitos, provocan situaciones y escenas de la mayor hilaridad con el tenue fondo de la ternura y la sonrisa cómplice; especialmente divertida es la escena en la que el psicoanalista, en un intento de proporcionarle argumentos de peso, le cita el pensamiento de Borges: “a mí Borges, me chupa un huevo”, es la respuesta obcecada de su “tragedia” que no admite “milongas”.
Con posterioridad, intenta asumir la realidad y superarla de forma alocada en un mimetismo precipitado de los comportamientos que le rodean; esta búsqueda urgente en suplir lo que perdió, determina las escenas más cómicas y tiernas del filme. Es la evidencia de que Javier, echa de menos a alguien pero también algo. En cierta manera se plantea la pregunta que otro autor literario argentino, Carlos Chernov, nos expone en su libro “El amante imperfecto”: ¿La amamos porque es bella o es bella porque la amamos? ¿Nos enamoramos de alguien o de algo que nos seduce de ese alguien?
Taratuto consigue que los espectadores compartamos sus sentimientos, pues plantea su película como unas charlas entre amigos, en la que todos, en cierta medida, nos reconocemos; lo que se cuenta es predecible, pero la desnudez de su exposición consigue hacerlo sorprendente con chispazos que recuerdan – no en vano lo califican como el Woody Allen porteño- al mejor cine del americano.
No puedo dejar de resaltar la excelente banda sonora, contrapunto exacto a cada momento anímico, con los magníficos temas de Jorge Drexler y Andrés Calamaro.

Por último, ese resumen final del inútil reencuentro con María y que da pie al título de la película al modo de un epílogo: “Al principio fue una gran angustia que se transformó en un dolor profundo y, con el tiempo, derivó en una gran tristeza; hasta que un día, te levantas y compruebas que todo está bien” “No sos vos, María, soy yo”

Lo dicho, pocos medios y mucho talento.

Zaragoza, 17 de Enero del 2009

domingo, 14 de diciembre de 2008

Princesas




El pasado puente de la Constitución volví a ver la película de Fernando León de Aranoa, “Princesas”, además del excelente making-off que la acompaña en la edición en DVD. La volví a disfrutar como el primer día, con el añadido que proporcionan las revisiones y que permite una mejor reflexión en la medida en que la trama argumental y el desarrollo son conocidos.
El director propone un recorrido sobre el mundo de la prostitución con una mirada tierna que no elude, de ningún modo, la profundidad. Tres espacios destacan, dos de ellos físicos – la calle y la peluquería- y un tercero de carácter emocional. El primero y que dará título al tema musical de Manu Chao, es la calle. La calle como espacio vital, jungla de lucha por la supervivencia, medio de comunicación e intercambio y ámbito de libertad. Una calle plena de gentes de diverso pelaje, multirracial, activa, y que, a lo largo de toda la película se ve acompañada por los rayos del sol - permanentemente iluminando la plaza- como inseparables compañeros y que adquieren el sentido de metáfora de vida, alegría y esperanza. En ese espacio cósmico se establece el segundo, la peluquería –como una burbuja íntima- en la que se dibujan los personajes, su pálpito más personal, sus frustraciones, carencias e ilusiones; los diálogos, desnudan la verdad de cada uno de ellos provocando la hilaridad cómplice que derivan siempre los inocentes. Porque ellas son las verdaderas inocentes de la historia: las putas. Esta dimensión alcanza su mayor expresividad en el espacio etéreo de las conversaciones entre las dos principales protagonistas del filme: “Calle” y la prostituta dominicana, ambas arrojadas al sórdido mundo del alquiler físico, desde la desesperanza de la una y desde la desesperación de la otra. En esos primeros planos, la comunicación gestual, las modulaciones sonoras y, sobre todo, las miradas, nos revelan la verdadera bondad de estos personajes desvalidos. Esas miradas que, en sus citas en las cafeterías, se dirigen a los ventanales en la búsqueda esperanzada de un horizonte liberador.
Entre los múltiples aspectos destacables de la película, sobresale la colosal interpretación de Candela Peña. Todo en ella es adorable. La natural asepsia y determinación de sus entregas laborales, su ilusionado encuentro amoroso que la traslada a los primeros estadios de inocencia y la dolorosa evidencia del callejón sin salida, los aborda con plenitud de matices y con una sencillez conmovedora.
Los segundos en los que evoca la posibilidad onírica de que alguien, simplemente, “la vaya a buscar al trabajo”, son de una expresividad que cautiva desde la emoción más profunda. ¡Para enamorarse de ti Candela…o “Calle”!
Pero el retrato y la historia quedarían incompletos sin aludir a la otra parte del mundo de la prostitución: los clientes. Entre las variadas tipologías que los conforman –en definitiva casi todos- , Fernando León los reduce a tres: los frívolos –bastante inocentes en su dimensión primaria-, los trastornados – verdugos y víctimas de su perversa inclinación- y los repugnantes machistas que uno encuentra a cada paso y que intuyo que componen el material más numeroso.
Jamás me gustó el ejercer de juez de comportamientos ajenos, los cual no excluye mi lícita opinión. También, que es evidente que si alguien vende es porque otros están dispuestos a comprar y no a la inversa. Y diré también, que tengo muy poca vocación de lanzar piedras. Pero hay una clase de individuos que siempre me causaron una especial aversión. Uno los puede ver en las cafeterías, normalmente, en zonas casi propias, siempre en pequeños grupos, con copa en una mano y cigarrillo en la otra, mostrando la prepotencia en sus sonrisas y ensuciando con su mirada a toda mujer que se encuentre, entre o salga del local. Mediocres que en el momento en que se sienten aupados a una posición dominante, aprovechan para mostrar todas sus miserias; esa mezquindad no distingue sexos –se ríen del tonto, del discapacitado, del deforme, de todo el que consideran por debajo-, pero tienen una cierta predilección por el género femenino, – supongo que para ellos sigue siendo el “débil”- que se convierte en blanco de sus comentarios más obscenos y vejadores. Si en alguna ocasión y por circunstancias me he tenido que ver entre ellos, siempre busqué el pretexto para salir por piernas. Me sentía entre cerdos.
Este perfil de fulanos lo dibuja el director de forma magistral; ese grupo de “amigotes” que anteponen a la diversión o al sexo, la manifestación grotesca de su propia autoafirmación y masculinidad y que acaba en una exhibición de pobreza moral repugnante.
La escena en que “Calle”, en medio de su ilusionado encuentro amoroso, se ve obligada a realizar una felación a un cliente para evitar la delación y la destrucción de su sueño, y las risas que se observan en su mesa de amigos, tan expresivas que aunque los comentarios no lleguen al espectador, se pueden imaginar:

- ¿te lo hizo?
- ¡Uf! me lo hizo de la “hostia”, pues has tardado poco…
- es que la situación me puso a cien
- mírala ahí…con esa carita…como si no hubiera hecho nada
- jajajajaja
- tío…,¡eres la leche!

En unos minutos se alcanza el clímax dramático de la acción, desnudando la impunidad de un comportamiento tan lamentable que consigue que las risas duelan.

Por último, haré referencia a lo que para mí ha sido un descubrimiento tanto artístico como humano: Manu Chao. La excelente canción de “Calle” inspirada en el nombre de la protagonista, consigue en unos cuantos versos poner en valor la vida, el dolor, los vacíos, los sentimientos y las esperanzas de un colectivo tan despreciado como utilizado. Los acordes musicales que lo sostienen, abren de forma sonora la evocación a la alegría que “algún día llegará”. Como él mismo explica en las entrevistas del making-off, más que un trabajo, fue una experiencia vital tan gozosa como enriquecedora. Seguro que es porque él no hizo como los personajes que pone en boca de su protagonista, “Calle”, en su precioso tema:

“me llaman guapa siempre a deshora”.

Zaragoza, diciembre de 2008



jueves, 4 de diciembre de 2008

Al otro lado




El sábado pasado vi la película “Al otro lado” del cineasta turco Fatih Akin. Esta película aborda seis historias entrecruzadas con el fondo del contraste de culturas y nos muestra las soledades, sentimientos, sueños, luchas y la incomunicación de los personajes y con la muerte como final y principio de las cosas. Plásticamente la película es de una notable belleza, en la que abundan los lentos primeros planos, en búsqueda de una expresividad de sentimientos inspirada en la cinematografía sueca, pero con estética y un tempo mediterráneos, que le confieren una proximidad vital de gran hermosura y lucidez. Con el soporte de una rocambolesca historia en la que, de diferente manera y en ignorancia, intervienen los seis personajes, el cineasta va tejiendo una maraña de emociones que concluyen en la esperanza como escape final.
Dicho todo lo que antecede, quisiera entrar ahora en algunos aspectos de la película- en realidad uno- que a mí me han impactado y emocionado especialmente. Siendo cierto que habla de la casualidad, de las relaciones interpersonales, del otro lado, del amor, de los afectos, de la fortuna, etc., creo que hay uno que destaca por encima de los demás y que “preside” la interrelación de todos ellos. Y es la relación padres/hijos/padres. Y que esta relación, no siendo así en origen, concluye en un desarrollo monoparental, determinando unos matices emocionales que marcan una cierta diferencia e intensidad. La madre -sola-, que se prostituye con el único objetivo de proporcionar un futuro mejor para su lejana hija; la madre -sola-, que observa, con mayor impotencia que reprobación, como su hija -fiel reflejo de sí misma- asume peligros que, conocidos por su experiencia, trata de evitar; el padre -solo-, que dedica su vida “al otro lado”, a que su hijo tenga un brillante futuro “en este lado”, y que, en su etapa final, considerando la misión como cumplida, solo busca un mínimo afecto y calor, aunque sea comprado.
La madre oliendo la ropa en un recuerdo desesperado; el grito desgarrador de la hija al teléfono desconectado, en un ¡mamá!, –magnífico doblaje-, emocionado y suplicante; la mirada solícita de aprobación del padre al hijo, me parecen elementos magistrales de expresividad emocional.
Esos aspectos son los que más me han conmovido. La supremacía de la ley natural ante cualquier condicionante atávico, cultural o social. El lazo más profundo e incondicional del ser humano. Como dice Alfonso Guerra en su magnífico libro de memorias “Cuando el tiempo te alcanza”:

Un hijo, es la experiencia amorosa más intensa y continuada que puede vivir el ser humano.
Cuando niño, en la castrante enseñanza que los de nuestra edad sufrimos, recuerdo la Enciclopedia -en su apartado de Historia de España- en la que destacaba la sublimación del “régimen” hacia figuras como las de Guzmán el Bueno o el General Moscardó. Siempre me causaron malestar. No podía comprender como un padre –a pesar del deber (sic), de la patria, y de todo lo quieran-, podía, incluso, proporcionar el puñal para matar a su hijo. Es evidente que ni la edad ni los tiempos, propiciaban el poner objeciones ni dar réplicas al autorizado maestro. En mi ignorancia, solo podía ver que todos estaban de acuerdo en algo que no me gustaba.

Estos recuerdos vinieron a mi memoria al final de la excelente película de Fatih Akin, cuando al tratar de explicar la fiesta del cordero a la madre alemana, el hijo recuerda la pregunta a su padre cuando era niño:
-padre, si Dios te lo pidiera, ¿me sacrificarías como hizo el profeta Ibrahim?
- hijo mío, me enemistaría con Dios con tal de protegerte.

Sentado en la playa con el hijo, mirando hacia el horizonte en espera de su padre, aún sabiendo que el mío no regresará, concluí, definitivamente, que me gustaba mucho más que Guzmán el Bueno y que si Dios existe, debería comprenderlo.