jueves, 20 de agosto de 2009

El juez y el general



Ojeando, ayer, el diario El País me detuve en la noticia que hacía referencia a un documental con el título de este escrito y que optaba –con bastantes probabilidades de éxito- a los premios Emmy. En la breve referencia, señalaba que trataba sobre la investigación de las torturas, asesinatos y desapariciones de la dictadura chilena del general Pinochet. Como muchos de mi generación –por entonces yo tenía 22 años- vivimos aquel golpe como propio, ya que el acceso al poder, democráticamente, de un dirigente socialista nos producía el sueño de la cercanía propia de libertad y justicia que durante toda nuestra juventud se había visto asfixiada. Recuerdo con nitidez que me encontraba en casa de los padres de mi primera mujer y que más que el horror por el impacto de la violencia inicial en el asalto al Palacio de la Moneda, el sentimiento fue de enorme tristeza al constatar que el sueño de un ideal quedaba roto como el frágil cristal. Los reportajes posteriores de la revista Triunfo –auténtico baluarte del periodismo íntegro- se hacían eco, con profusión, de la figura política, moral y humana del derrocado presidente Salvador Allende. No es mi intención ahora detallar a esta importante figura de la historia de Hispanoamérica, pero una frase suya quedó para siempre en mi memoria: “Sólo merece la pena morir por aquello sin lo cual no vale la pena vivir”. ¡Qué diferencia con los que hoy en día –en realidad siempre- se enredan en piruetas pseudo intelectuales y ejercicios dialécticos para justificar por qué se puede matar! La memoria de ese vuelco traumático me ha acompañado toda mi vida y confesaré un odio permanente hacia el general asesino. En su caída, ese odio se había transformado en repugnancia, sentimiento que con los años suele sustituirlo cuando la madurez se impone sobre la ardorosa vehemencia.

Con el mayor interés me dispuse a ver, por medio de Google, el excelente documental que, no me cabe ninguna duda, merece el mayor de los premios. En mi opinión el mayor mérito consiste en que más allá de la exposición descarnada de algunos de los crímenes, se centra en la evolución personal y humana del juez Guzmán, al comprobar de forma tan paulatina como tenaz el horror de los años de la dictadura chilena. 

De familia conservadora, se manifiesta comprensivo, en su inicio, con el golpe de Estado aunque lamente la muerte del presidente, consecuencia, quizás inevitable, del caos que vivía el país. Se impone el orden –valor supremo de los conservadores- y de esta forma el país podrá desarrollarse lejos del “las garras del comunismo”. Con la mayor naturalidad, manifiesta su voto en contra de Allende en las elecciones presidenciales, destacando que con el otro candidato tanto su vida como la de su familia hubieran sido mejores. 
Pero el destino cruza en su andadura la querella de los familiares de las víctimas y, con absoluto escepticismo acerca de los horrores que detallan, comienza una investigación tan serena, constante y larga, que no sólo logrará el procesamiento del general sino la condena de más de doscientas personas responsables de asesinatos y torturas y que constituirá un hito en la justicia chilena. 
El juez Guzmán, compone la columna vertebral del documental y con una magistral exposición de su evolución que se va componiendo fotograma a fotograma, consigue que la vayamos viviendo desde la serenidad, que no excluye el horror y que mueve a la más profunda reflexión. Nos aparece un hombre solo –en cierta manera lo es- que sin apoyos de la judicatura se va alimentando de descubrimientos y evidencias que mueven su conciencia y refuerzan su voluntad. La íntima indignación sobre lo ignorado actúa como un potente motor que le impele a abandonar la “burbuja de oro” –palabras literales suyas- y buscar denodadamente la verdad. Conforme avanza su investigación, conmueve la ternura con la conversa con las familias de las víctimas y su bonhomía compasiva se acrecienta con las nuevas pruebas y evidencias. 
Es difícil especular sobre qué hubiera ocurrido de concernirse exclusivamente al ámbito chileno, pero qué duda cabe de que la intervención del juez Garzón y su solicitud de extradición de Londres del general Pinochet, internacionalizó el proceso y ayudó a su favorable conclusión. 
El documental contiene pinceladas sobre la evidente y luego reconocida intervención norteamericana, casos de torturas dolorosísimos, desnuda la psicología de los verdugos y muestra la convivencia con un dolor inacabable. Pero por encima de todo es la historia de la transformación de un hombre que, acabado el proceso, en una imagen de una fuerza comunicativa impresionante, visionando las imágenes de exaltados fascistas que vitorean al Pinochet muerto, dice desesperanzado: “no han aprendido nada”. 

Agosto del 2009 

PD. El cadáver del general Pinochet, ante el temor de profanación de su tumba, fue incinerado y se desconoce el paradero de sus cenizas. Sarcasmos de la vida, acabó como un desaparecido más. Vienen a mi memoria las palabras de Lluis Llach en sus “Campanades a mort”: “¡Asesinos de razones, asesinos de vidas! Que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestra vida y que en la muerte os persigan nuestras memorias”. 

sábado, 18 de abril de 2009

Prólogo de Viento a favor




Prólogo al libro de mi amigo Antonio Ramírez

Cuando en noviembre del año 2006 recibí un correo electrónico de Antonio, en el que me enviaba su pequeña sinopsis anunciando su decisión de escribir unas memorias de su época marinera junto con el primer capítulo de las mismas, no pude por menos que animarle a que lo hiciera, de una forma tan alborozada como vehemente, para que esa “falta de constancia” que se atribuía, no fuera nunca un obstáculo para concluir en lo que, hoy felizmente, podemos llamar su libro o al menos, -creo que tiene historia suficiente- su primer libro.
Yo tenía poco conocimiento de esa etapa y lo sabido era más por boca de terceros que por la suya propia, ya que nuestra amistad, si bien tiene unas raíces que gozosamente cada día se manifiestan más profundas, ha tenido durante muchos años la distancia física como impedimento para intercambios de pasados que, a estas alturas, no podemos por menos que calificar ya como algo remotos.
Conforme pasaban los meses del 2007 fui recibiendo las entregas y Antonio me iba pidiendo opinión -tengo que pensar que como consecuencia de mi actitud positiva más que por mi escaso talento literario- lo que facilitó, además de un hermoso intercambio epistolar, profundizar con él en ese pasado marinero, -¿solo marinero?-, que nos relata; al ir conociendo de primera mano los aconteceres de su historia, y “reconociendo” a su autor en cada una de las situaciones, me entusiasmé tanto con la lectura, que permanentemente me venía a la mente su imagen y, sobre todo, esa maravillosa risa con la que estoy seguro escribía muchas anécdotas, junto a la expresión emocionada y tierna en el relato de las experiencias mas duras.
Fue en la Navidad pasada, cuando en el intermedio de una cena y por boca de Lourdes -ahora marinero da tus velas al viento pues acabo de nombrar a la Estrella Polar de tu vida - me dijeron que les gustaría que yo escribiera el “Prólogo” de este libro que hoy tienes en las manos; regresé a casa con la sensación de que mi reacción pudiera haberles perecido fría, pues fue de esas ocasiones en las que el impacto emocional recibido es de tal naturaleza, que sólo la actitud de casi “darlo por no oído” te permite salir del trance con una cierta entereza. Pasé como una centella de la emoción al silencio. Y hoy me tienes aquí, querido amigo -si lo eres de Antonio también lo eres mío- disfrutando del lujo de escribir sobre él y del regalo que nos ha hecho a todos.
Porque estas memorias son un regalo para todos los sentidos.
Te mueve a la reflexión la situación que origina su marcha de casa; mas allá de los hechos domésticos, esa España de los 60, todavía cuartelera, en la que la mezquindad y la opresión, la angustia y el conformismo, el miedo y la desesperanza, dejaban poco espacio a espíritus libres y abiertos a la vida; no se entretiene Antonio sino en pasar deslizándose por la superficie, pues bastante trabajo tuvo con paliar sus consecuencias como para adentrarse en sus causas. Pero en las pocas líneas con las que describe el entorno, lo hace con tan sencilla brillantez, que cualquiera que lo haya vivido lo recuerda nítidamente; el bar, los obreros, el cacique, las plazas, las inversiones en capitalización, el representante del 600, los bocadillos, las pesetas, la calle, los vecinos -más familia que muchas familias actuales-, el autostop, etc.
Tenía que escapar. Y en su huida y también en su búsqueda, se nos manifiesta como un prodigio de supervivencia – como hombre bien nacido le llama suerte-, en el que las percepciones de lo que le rodea, la intuición del beneficio, el aprovechamiento de sus cualidades y recursos, la seducción de sus habilidades, los explota en cualquier situación, entorno y momento; el buceo “a la pesca de lentillas” con la familia Krupp, merece un destacado lugar en la mejor picaresca de la literatura del Siglo de Oro español. Tenemos a lo largo del libro, múltiples ejemplos de esta extraordinaria virtud que adquiere siempre la mayor nobleza porque jamás perjudica, ni se aprovecha, ni lastima, ni pasa por encima de nadie. En su supervivencia, no hay depredación. Solamente hay imaginación desbordante y esa gran sabiduría acumulada a lo largo de cientos de años por ese “talante” andaluz, por esa ambición de empatía con lo que te rodea. Si como alguien dijo, “cultura es lo que queda en una persona después de olvidar lo que aprendió”, esa cultura ya corría por sus venas antes de aprender todo lo que la vida le iba a enseñar. ¡Cómo no iban a percibir su bonhomía, Pau, el Sr. Paco, Chelo, Joan...y toda su familia de Palma!
Palma de Mallorca, que se convierte en la plataforma desde la que se lanza casi a la vida, al mar y, en un maravilloso encuentro, al amor. Valerie Dubois, su primer amor, deja en él una huella imborrable y la pena ansiosa de lo que, sin terminar, se pierde; porque la historia se pierde en las reflexiones de la desesperanza por una parte y la comprensión de la realidad por otra. Enorme cualidad la que evidencia Antonio y que mostrará permanentemente a lo largo de su vida y que consiste “en ponerse en el lugar del otro”, lo que conlleva una actitud comprensiva hacia los demás y nos sitúa a las puertas de la paz y el equilibrio interior. ¡Qué cuidado ha tenido siempre con que cualquier batalla perdida no derivara en rencor, ni lastimara un corazón que, a toda costa, quiso mantener limpio como el océano!
Nos cuenta también las relaciones con las mujeres que en esa época pasaron por su vida y quiero destacar especialmente la enorme ternura con la nos habla de ellas; hasta en los momentos en los que se ve agobiado por “ballenatos” o “gusiluces” y se ríe a carcajadas de “lo que se le viene encima”, lo hace desde la levedad con la que se trata al material sensible. Al cristal. A la mujer. Y siempre hay gratitud hacia ellas por recibir y devolverle todo el amor que les entrega. Las desea, las busca, las mira, las provoca, las seduce, las ama, pero en cualquiera de ellas y, aunque en las ocasiones más frívolas pudiera actuar de otro modo, como decía una canción que tanteas veces le escuché, “además de su cuerpo, siempre busca otro valor”. Quiero adelantarte, lector atento, que el párrafo que dedica a Juanita “una chica corriente de un barrio de Córdoba” es de lo mas hermoso y sencillo que se puede escribir de una mujer.
Y del amor a la pasión. El mar. Lo que impregna toda su vida y donde él se manifiesta en toda su plenitud. Antonio puede estar, pero sin el mar no es. Como dijo A. Machado “es un hijo de la mar” y, por tanto, la ama tan profundamente como la respeta. Y como ocurre con las pasiones verdaderas, si están expresadas con la brillantez con la que lo hace, contagian al más neófito; accederemos al Artemisa, al North Star, al Orión -¡ah! el Orión- al Albatroz, al Galatea, al Annie Comyn, al Libertad… y nos moveremos entre regalas, imbornales, jarcias, cabuyería, flechastes, obenques, foques… navegaremos “de ceñida”, “a orejas de mulo”, “de bolina”, “de aleta” con la naturalidad del que lo ha hecho siempre. Porque, en la emoción del recuerdo, la descripción de los paisajes y mares es de tal claridad expresiva, que más que en el pasado nos sentimos en un presente y le acompañamos en la aventura; el cielo, el sol, la lluvia, el viento, el frío, el amanecer, el atardecer, la noche, son vividos -perdón leídos- con una intensidad que alcanza su máximo nivel cuando nos sumergimos con él en la mar. Colores, arenas, luces y especies desconocidas te acompañan ya siempre; peje perros, serviolas, abaes, viejas, sargos…se han convertido para mí en algo inolvidable.
Pero no quiero hablar más del mar. Mucho mejor lo hace él y lo vas a disfrutar en innumerables páginas.
A lo que quiero invitarte, amigo y lector, es una apnea imaginaria -casi tan larga como esos cuatro minutos de Antonio- por las profundidades de cada una de las líneas de este libro y descubras -como en el mar- lo que nunca se ve en la superficie.
Porque en este libro hay que bucear para ver el verdadero sentido, la emoción escondida, el impulso vital que lo arrastra a lo largo de sus páginas y que nos descubre el porqué, por quién y para quién está escrito.
Este libro, por encima de todo, es un recuerdo emocionado y tierno, una declaración de admiración, gratitud y amor, para ese “marmitón” que sin cumplir los dieciséis años se lanzó a la vida con 280 pesetas y unos bocadillos, sin más horizonte que el mundo entero, con el rumbo que le marcaba su instinto y con un corazón presto a empaparse de todo lo hermoso que se le ofreciera. A ese chaval cuya firme determinación vital le lleva - en la frase, para mí, más conmovedora del libro- “a perder, si es necesario, el camino de regreso”.
El es quien hace las gamberradas a Patxi, quien hace exhibiciones acrobáticas, quien se larga a cantar…quien murmura a la inglesa… y Antonio nos habla de él…porque se le escapa y vuelve a por él…habla en primera persona, pero de él…hace piruetas con él…se ríe con él…y, de vez en cuando, la tristeza también le embarga junto a él…y entonces escapa de él para contarnos cosas…pero detrás está él…ese chaval siempre está ahí. ¿Será porque quiere seguir siendo él?
Lo cierto es que Antonio se siente orgulloso de ese “marmitón”.
Y le sobran razones.
Lo mismo que nos pasa a sus amigos.

Antonio Aragüés Giménez
Mayo del 2008 



sábado, 4 de abril de 2009

Carta al médico de mi madre


Querido Alfonso:

“Debéis estar preparados para lo peor; tiene una cardiopatía irreversible acompañada de insuficiencia pulmonar”, fue tu último diagnóstico en el Hospital Clínico, y con disimulada irritación ante la definitiva impotencia, respondiste ante la mirada suplicante de mi hermana Isabel: “Se muere todo el mundo, incluso Concha”. 

No era difícil deducir de tu tono, no ya la resignación profesional largamente experimentada, sino la tremenda amargura humana que tal realidad próxima te producía.
Una realidad anunciada mucho tiempo atrás, sorteada, combatida, derrotada en tantas ocasiones con tu imprescindible complicidad, que parecía imposible que llegara.
Nunca, como en este caso y aunque la ciencia ortodoxa opine lo contrario, se ha cumplido la brillante frase de Montaigne:

“No morimos por estar enfermos sino por estar vivos”

Porque aunque parezca una paradoja, pocas veces se ve relucir la vida de una forma tan intensa en momentos de tanto dolor; vida a la que nuestra madre nunca renunció, a pesar de los sinsabores y malos tratos que le dio en tantos momentos y, ni siquiera en los más difíciles le volvió la espalda, como la amante que soporta todas las traiciones por conservar el bien amado.
“Concha tiene una naturaleza extraordinaria y un médico sensacional”, dijiste, en otra ocasión, con tu habitual humor cargado de ironía; es curioso que cuando nos tomamos en broma es cuando más serios resultamos. Podríamos hacer una apología de todo tipo de valores humanos: ternura, tolerancia, paciencia, perseverancia, valor, disciplina, esfuerzo, amor… pero todos se resumen en esa expresión rotunda:
“Un médico sensacional”
Porque es imposible si no hay detrás una maravillosa persona, que dedica su existencia, no a combatir la muerte sino a luchar por la vida.
¡Y qué compañero de lucha tuvo nuestra madre!
Vienen a nuestra memoria las largas noches de hospital, con sus sentidos lamentos y sus permanentes reclamos a dos ausencias, su madre y su hermano –médico como tú- y a una presencia, la tuya Alfonso, cuya promesa de atención servía de inmediato para calmar su ansiedad. ¡Cómo se transformaba su rostro sólo con verte! Esa leve sonrisa, en un rostro bellísimo de natural, relucía de serenidad, de confianza, de sentirse en buenas manos. La ciencia no ha inventado el medicamento que llevabas contigo.

“Todos cuando favorecen a otros, se favorecen a sí mismos; y no me refiero al hecho de que el socorrido querrá socorrer y el protegido proteger, o a que el buen ejemplo retorna, describiendo un círculo, al que lo da, sino a que el valor de toda virtud radica en sí misma, ya que no se practica en orden al premio: la recompensa de una acción virtuosa consiste en haberla realizado” (Cartas a Lucilio, Séneca)

Debes sentirte bien, Alfonso. Satisfecho, pleno, feliz. Junto con nuestra madre, eres el vencedor de esta batalla. Es lo que pretendo con esta carta, contribuir a afirmar ese sentimiento. Ni siquiera darte las gracias, pues no es necesario a quien consideramos parte de nosotros. No la llores, nosotros no lo hacemos.
¡Qué bien debe estar ahora!, allá arriba, sonriendo…con nuestro padre.
La imaginamos en el Hospital del Cielo, donde su hermano Antonio habrá hecho todos los preparativos, la rodeará de eminentes cardiólogos y ángeles enfermeros, de tecnologías celestiales que eliminan el dolor y de milagrosos medicamentos de alegría.
Pero estoy seguro de que el día que se encuentre algo “pachucha”, esperará a la noche y, aprovechando un descuido de los celadores, escapará por una escalerita de estrellas en el firmamento, para llegar temprano a la consulta terrenal de su querido Alfonso.

Nunca lo olvidaremos.

Julio 1999

miércoles, 11 de febrero de 2009

Camino





Me daba pereza. Había oído hablar de la película de Javier Fesser y, de forma vaga, de su contenido –es fácil de deducir por el título- que se desarrollaba en los aledaños del Opus Dei. Mi curiosidad sobre esta institución estaba sobradamente satisfecha pues desde hace más de treinta años y debido a circunstancias de diversa índole he tenido oportunidad de conocer sus bases, sus propuestas y normas de comportamiento derivadas del pensamiento (sic) de su fundador, D. Josemaría Escrivá de Balaguer. 
Mi primer contacto con “la obra” se produjo cuando, debido a la grave enfermedad de corazón que padecía mi madre, los médicos aconsejaron una cirugía pionera que se realizaba en la Universidad de Navarra; pude comprobar entonces –los signos eran más ostentosos que ahora- el espíritu que impregnaba el citado Centro. Hace pocos días y recordando aquellos tiempos con mi hermana Cristina me contó una anécdota que creo merece la pena reseñar. A ella, con aproximadamente 15 años, le tocó el peso de la compañía permanente durante un mes pues los demás hermanos, excepto los pequeños, teníamos que cumplir con nuestras obligaciones laborales; su vida, durante los primeros diez días, se limitaba a ir del hospital a la sencilla pensión y de nuevo al hospital. Al cabo de un tiempo y como coincidían los Sanfermines, algunas enfermeras viendo a mi hermana tan joven y sacrificada, la invitaron a disfrutar por la noche de las fiestas; a ella le extrañó, pues ya había advertido los criterios imperantes en “la orden”, pero sus ímpetus juveniles la inclinaron a aceptar la oferta. -¡Me pegué los siete días sin dormir! -me dijo. -¡Me lo pasé bomba!
Obviamente y por joven que fuera necesitaba dormir y lo hacía, con la natural levedad, a lo largo del día que pasaba en compañía de mi madre; pero en uno de ellos su cansancio era tan notable que se durmió profundamente coincidiendo con la visita “celestial” y cuya comitiva formaban un sacerdote, el capellán, una enfermera, la enfermera jefe, y dos monaguillos haciendo sonar sus campanillas con evidente entusiasmo. ¡Ni por esas! Ella continuaba adorando a Morfeo ante la evidente ira del capellán que ordenó despertarla bruscamente y -¡me pegó una bronca que no he olvidado! Mi madre, mujer que realizó excelentes obras en su vida pero que siempre necesitó escenario y espectadores, se embelesaba con estas visitas –tenía una cierta tendencia al folklore en una actitud que en sus formas me recordaba Carme Elías en el filme - aunque a la postre no fuera consecuente ni seguidora de las mismas.
Posteriormente y saliendo ya del oscurantismo que en sus inicios era seña de identidad de la institución, vi en televisión una grabación en la que “monseñor” subido a una tarima, de negro y con el bonete de puntas, –en un escenario bastante pueblerino- se dirigía a una cautivada multitud y, especialmente, a un matrimonio que tenía en brazos a un niño con evidentes muestras de deficiencia mental.

-¡Este pequeño es un regalo que os manda Dios!- dijo, ante la mirada complacida de sus padres.

Aquello me impresionó. Pero todavía más, el resto de la intervención –de aproximadamente veinte minutos- en la que la tosquedad, la pobreza intelectual, el chascarrillo, la elementalidad de argumentos alcanzó niveles que no había logrado imaginar. Era zafiedad en estado puro. ¿Qué mecanismos dominan determinados personajes, que a lo largo de los tiempos tanto han influido en las personas, con fundamentos intelectuales tan pobres?
La historia y el presente están llenos de ejemplos y reconozco mi incapacidad para descubrir el misterio. Y eso que curiosidad y tesón no me faltan. Decidí leer “Camino”, la obra por antonomasia, el catecismo opusdeísta, el credo que da sentido a la vida. ¡Dios mío! – perdón- ¡qué panfleto más infumable y elemental! 
¿Cómo es posible que más de dos mil años de civilización, de Grecia a la Ilustración, de Darwin a nuestros días, de Newton a los viajes espaciales, posibiliten que tenga éxito –indiscutible- una “propuesta espiritual y vital” como la que planteó este básico –en sentido literal- cura de Barbastro? 
Pero como he dicho, tesón no me falta. Y me fui a visitar Torreciudad. El santuario del Opus Dei. La obra póstuma –la verdad que allí sí que vi una obra- de Monseñor Escrivá. ¡Impresionante! ¡Qué lamentable vanidad! ¡Qué culto a la persona! ¡Qué megalomanía! Todo un espectáculo. Solo en países tercermundistas pueden verse monumentos contemporáneos, mausoleos de una persona, del calibre de Torreciudad. Sentí absoluta repugnancia y mi curiosidad quedó ampliamente satisfecha. También y como abofeteándome, se me revelaron las claves de un éxito de este cariz. ¡Cómo no me había dado cuenta! Había tratado de estudiar el huevo, sin contar con la gallina ni, sustancialmente, con el gallinero. Era la misma historia de siempre con leves variantes integristas para los más irracionales. La Religión. La raíz de todos los males como propone el profesor de Oxford, Richard Dawkins, en sus diversos libros y medios audiovisuales. El virus de la fe. A ello me referiré mas tarde. 
El conocer algunas reacciones, con motivo de las designaciones para optar a los premios Goya – esto de las nominaciones y el mal uso de la lengua me saca de quicio- me obligó a vencer la pereza que me producen los asuntos teológicos y me dispuse a disfrutar – lo digo ahora- de la película de Javier Fesser, “Camino”.
Camino es una obra brillante. Es, antes que nada, un canto a la vida, a los sentimientos, a los instintos más naturales, al amor y a la esperanza; y para resaltarlos hasta el lirismo, Javier Fesser utiliza precisamente su contraposición: la negación, la asfixia de su ahogamiento, el dolor como redención, la percepción pecaminosa de todo lo que nos ilumina, la descripción desnuda de los comportamientos del entorno de la niña “Camino”, con plasmaciones estéticas de sublimes luces y dolorosas oscuridades. 
Si su intrínseca tragedia conmueve como el tajo que sufre la rosa al abrir sus pétalos a la luz, el director no pone el acento en este hecho arbitrario, injusto e incomprensible pero consustancial con la vida y la muerte; nadie nace con un seguro a plazo ni con una garantía sanitaria. Así, la niña Camino se mueve entre el dolor de su enfermedad y la alegría del primer amor, entre la fe y la razón, entre el miedo y la esperanza. Su creíble madurez –aparentemente increíble- se ve adornada por la bondad más maravillosa que trata de conciliar las enseñanzas de su entorno con los impulsos más puros que brotan de su corazón. ¿Cómo puede desterrarlos si los está viviendo con la intensidad del primer pálpito? Y por otra parte… ¿cómo puede ella renunciar al clima cálido, confortable, atento y amoroso de los seres queridos? La bonhomía de sus sentimientos no se lo permite y ni siquiera su corto tiempo de vida le obliga a la elección. 
Pero el director sí que nos muestra los resultados de esa elección en la figura de la hermana. Con parecidos atributos de carácter y sensibilidad ha sido inducida, por un entorno patológico y por una manipulación obscena en un momento decisivo de su vida, a los brazos de la negación, de la renuncia y del dolor más absurdo. Las secuencias permiten intuir que, de no existir una inmoral ocultación, su vida podría haber sido diferente y que su entrega a “la obra” viene determinada por un trauma primerizo que marcará definitivamente el resto de su vida. 

-¿Cómo es posible que una madre haga algo así? –preguntó en voz alta mi hijo. 
- Javier, lo terrible es que la persona no es mala y cree que está haciendo el bien.
- ¡Estas cosas me superan!...contestó.

Vinieron a mi memoria las palabras pronunciadas por el Premio Nobel de Física, Steven Weinberg:

“La religión es un insulto a la dignidad humana. Sin ella, habría gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que gente buena haga el mal, se necesita la religión".

«Camino» es una obra que te provoca una tremenda convulsión; que proporciona la información necesaria para el análisis, la reflexión y la profunda introspección en el alma humana; que retrata con gran sutileza los comportamientos más sublimes y ahonda en las oscuridades más sórdidas y tenebrosas de la irracionalidad dogmática. Los personajes componen una paleta de significados que va desde la pureza luminosa hasta la perversión manipuladora e interesada. Nada es gratuito. De tal forma que produce atracción y rechazo, emociona e irrita, duele y alivia, remueve sentimientos y motiva el pensamiento. Que cuestiona e invita al debate y la superación. En mi opinión, es su mayor virtud. Creo que Camino obliga a revisar nuestro “almacén” para comprobar si todo está en orden. 

Revisando el mío, con la permanente inquietud de su correcta disposición, debo decir que sigo sin encontrar a Dios. Ni afirmo ni niego. Pero no me sirve cualquier respuesta ante lo desconocido. La fe, por definición, exige un ciego compromiso ante la falta de evidencias. Ahí reside su dogmatismo cuyo grado solo se mide por la mayor o menor radicalidad. Y sus consecuencias han sido y son devastadoras. Es precisamente ante ellas cuando no puedo por menos que manifestarme como “militante defensivo”.

Y parafraseando a Javier Krahe, en mi particular “camino”, “prefiero la duda a un mal axioma”


Febrero del 2009 

PD.
Soy consciente de que mis apreciaciones no serán compartidas por muchos de los que las lean. En estos tiempos “políticamente correctos”, con frecuencia inusitada se acuñan frases que, por poco reflexionadas, se convierten en leyes indiscutibles. A raíz de la lucha contra la organización terrorista ETA y como medida inductora para que dejaran de matar, se dijo que “todas las ideas son respetables”, pero que no es admisible matar por ninguna; siendo evidente lo segundo, no proporciona carta de naturaleza a la estupidez de lo primero. No todas las ideas son respetables. Sí son respetables todas las personas, simplemente por el hecho de serlo.
En este sentido, no siento el menor respeto por las convicciones religiosas ni por los actos que de ellas se derivan; los únicos para mí apreciables son aquellos que igualmente se dan en laicos con el sentido ético derivado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Quiero, e incluso admiro, a muchas personas que profesan la fe religiosa. Obviamente no por eso, sino por cualidades que mueven mis sentimientos y mi estima. A ellos les digo que esta, es tan grande o mayor que la aversión que me produce su fe.
Me dolería que mis postulados disminuyeran el privilegio de la suya.



sábado, 17 de enero de 2009

No sos vos, soy yo


Recientemente, en un muy agradable almuerzo celebración de cumpleaños de una amiga, coincidimos varias personas entre las cuales se encontraban algunas relacionadas con el mundo del cine, teatro y televisión; dos actrices –una de ellas con reconocimiento nacional- y un joven guionista hijo de esta. La conversación, principalmente entre dos de ellos, versaba sobre los males y la falta de calidad del cine español; encontré los argumentos especialmente duros y críticos –todo lo que se hacía era malo- y sobre todo cuando lo comparaban con el cine americano; la verdad es que los criterios eran de carácter bastante técnico y , en mi opinión, se perdían algo en ellos; esta comparación llegaba hasta las series televisivas –sobre las que tengo poco interés- que no resistían la apuesta con las americanas tipo Dr. House, Prisión Breack, CSI, etc.
El resto de los presentes escuchábamos con gran atención lo que decían, con el respeto que merecen personas profesionales con el natural conocimiento de causa. Yo no estaba de acuerdo o, al menos, tan radicalmente como ellos lo planteaban.
Intervine –ante la sorpresa y la atención de todos- para mostrar mi desacuerdo. “Creo que las descalificaciones hacen referencia al oficio, a las formas y a los medios; en ese sentido no tengo nada que objetar ni minimizar su importancia. Pero el problema radica en que ese cine que vosotros sublimáis, poseyendo todo lo que decís “no tiene nada que contar”; es como un marco doble, con paspartú y espejo que contiene un lienzo sin el menor interés. Entiendo que –si no exclusivamente el español – el cine hispano, nos ofrece buenos ejemplos de muy notable calidad que sortea la carencia de medios con indudable talento; llegaría mas lejos: en la mayor parte de los casos, no los necesita”.
Mi querida amiga Luisa – gran actriz- me dio la razón que luego fue compartida por todos; especialmente cuando profundizamos en consideraciones sobre el cine hispanoamericano con las referencias de Argentina, Chile, Colombia, Cuba, etc.

Anticipo este largo preámbulo pues vino a mi memoria al disfrutar por segunda vez –esto de visionar dos veces las películas que me gustan se está convirtiendo en un hábito- la excelente comedia de Juan Taratuto, “No sos vos, soy yo”, pues es un claro ejemplo, entre muchos, de los argumentos que dieron pie a mi intervención en aquella tertulia. Con poco presupuesto y sin florituras ni efectos especiales pero con una historia cotidiana brillantemente contada y con un puñado de actores entregados, que “viven” su desarrollo como si no actuaran, obtiene un resultado más que notable.
Se trata de una comedia en la que Javier, un joven cirujano recientemente casado y enamorado de su mujer, decide emprender una nueva etapa en Estados Unidos, país en el que María le confirma grandes oportunidades; pero poco antes de ir a reunirse con ella y consecuencia de su estancia, María le comunica que se ha enamorado de otro hombre y deben terminar su relación. El shock producido y su posterior evolución constituyen el hilo argumental que dará desarrollo a las experiencias emocionales del protagonista. Si Chaplin dijo –creo que fue él- “que la vida desde cerca es una tragedia pero vista de lejos es una comedia”, Taratuto, a través de la excelente interpretación de Diego Perreti, consigue a la perfección evidenciar esa realidad. La existencia de Javier, que ha basado toda su vida en un proyecto común, se desmorona en la más profunda desesperación; la “tragedia” de su abandono, la vive con tal intensidad que recuerda esas emociones juveniles que, con el tiempo, a todos nos provocaron sonrisas.
Primero trata angustiosamente de aferrarse a la negación de lo evidente, focalizando su mente en la imposibilidad de la realidad que está viviendo, involucrando a sus amigos hasta el límite de la paciencia y a su psicoanalista en interminables sesiones, que oscilan permanentemente como un péndulo, sin que sus argumentos obtengan el mínimo éxito; estas conversaciones en dos ámbitos, provocan situaciones y escenas de la mayor hilaridad con el tenue fondo de la ternura y la sonrisa cómplice; especialmente divertida es la escena en la que el psicoanalista, en un intento de proporcionarle argumentos de peso, le cita el pensamiento de Borges: “a mí Borges, me chupa un huevo”, es la respuesta obcecada de su “tragedia” que no admite “milongas”.
Con posterioridad, intenta asumir la realidad y superarla de forma alocada en un mimetismo precipitado de los comportamientos que le rodean; esta búsqueda urgente en suplir lo que perdió, determina las escenas más cómicas y tiernas del filme. Es la evidencia de que Javier, echa de menos a alguien pero también algo. En cierta manera se plantea la pregunta que otro autor literario argentino, Carlos Chernov, nos expone en su libro “El amante imperfecto”: ¿La amamos porque es bella o es bella porque la amamos? ¿Nos enamoramos de alguien o de algo que nos seduce de ese alguien?
Taratuto consigue que los espectadores compartamos sus sentimientos, pues plantea su película como unas charlas entre amigos, en la que todos, en cierta medida, nos reconocemos; lo que se cuenta es predecible, pero la desnudez de su exposición consigue hacerlo sorprendente con chispazos que recuerdan – no en vano lo califican como el Woody Allen porteño- al mejor cine del americano.
No puedo dejar de resaltar la excelente banda sonora, contrapunto exacto a cada momento anímico, con los magníficos temas de Jorge Drexler y Andrés Calamaro.

Por último, ese resumen final del inútil reencuentro con María y que da pie al título de la película al modo de un epílogo: “Al principio fue una gran angustia que se transformó en un dolor profundo y, con el tiempo, derivó en una gran tristeza; hasta que un día, te levantas y compruebas que todo está bien” “No sos vos, María, soy yo”

Lo dicho, pocos medios y mucho talento.

Zaragoza, 17 de Enero del 2009

domingo, 14 de diciembre de 2008

Princesas




El pasado puente de la Constitución volví a ver la película de Fernando León de Aranoa, “Princesas”, además del excelente making-off que la acompaña en la edición en DVD. La volví a disfrutar como el primer día, con el añadido que proporcionan las revisiones y que permite una mejor reflexión en la medida en que la trama argumental y el desarrollo son conocidos.
El director propone un recorrido sobre el mundo de la prostitución con una mirada tierna que no elude, de ningún modo, la profundidad. Tres espacios destacan, dos de ellos físicos – la calle y la peluquería- y un tercero de carácter emocional. El primero y que dará título al tema musical de Manu Chao, es la calle. La calle como espacio vital, jungla de lucha por la supervivencia, medio de comunicación e intercambio y ámbito de libertad. Una calle plena de gentes de diverso pelaje, multirracial, activa, y que, a lo largo de toda la película se ve acompañada por los rayos del sol - permanentemente iluminando la plaza- como inseparables compañeros y que adquieren el sentido de metáfora de vida, alegría y esperanza. En ese espacio cósmico se establece el segundo, la peluquería –como una burbuja íntima- en la que se dibujan los personajes, su pálpito más personal, sus frustraciones, carencias e ilusiones; los diálogos, desnudan la verdad de cada uno de ellos provocando la hilaridad cómplice que derivan siempre los inocentes. Porque ellas son las verdaderas inocentes de la historia: las putas. Esta dimensión alcanza su mayor expresividad en el espacio etéreo de las conversaciones entre las dos principales protagonistas del filme: “Calle” y la prostituta dominicana, ambas arrojadas al sórdido mundo del alquiler físico, desde la desesperanza de la una y desde la desesperación de la otra. En esos primeros planos, la comunicación gestual, las modulaciones sonoras y, sobre todo, las miradas, nos revelan la verdadera bondad de estos personajes desvalidos. Esas miradas que, en sus citas en las cafeterías, se dirigen a los ventanales en la búsqueda esperanzada de un horizonte liberador.
Entre los múltiples aspectos destacables de la película, sobresale la colosal interpretación de Candela Peña. Todo en ella es adorable. La natural asepsia y determinación de sus entregas laborales, su ilusionado encuentro amoroso que la traslada a los primeros estadios de inocencia y la dolorosa evidencia del callejón sin salida, los aborda con plenitud de matices y con una sencillez conmovedora.
Los segundos en los que evoca la posibilidad onírica de que alguien, simplemente, “la vaya a buscar al trabajo”, son de una expresividad que cautiva desde la emoción más profunda. ¡Para enamorarse de ti Candela…o “Calle”!
Pero el retrato y la historia quedarían incompletos sin aludir a la otra parte del mundo de la prostitución: los clientes. Entre las variadas tipologías que los conforman –en definitiva casi todos- , Fernando León los reduce a tres: los frívolos –bastante inocentes en su dimensión primaria-, los trastornados – verdugos y víctimas de su perversa inclinación- y los repugnantes machistas que uno encuentra a cada paso y que intuyo que componen el material más numeroso.
Jamás me gustó el ejercer de juez de comportamientos ajenos, los cual no excluye mi lícita opinión. También, que es evidente que si alguien vende es porque otros están dispuestos a comprar y no a la inversa. Y diré también, que tengo muy poca vocación de lanzar piedras. Pero hay una clase de individuos que siempre me causaron una especial aversión. Uno los puede ver en las cafeterías, normalmente, en zonas casi propias, siempre en pequeños grupos, con copa en una mano y cigarrillo en la otra, mostrando la prepotencia en sus sonrisas y ensuciando con su mirada a toda mujer que se encuentre, entre o salga del local. Mediocres que en el momento en que se sienten aupados a una posición dominante, aprovechan para mostrar todas sus miserias; esa mezquindad no distingue sexos –se ríen del tonto, del discapacitado, del deforme, de todo el que consideran por debajo-, pero tienen una cierta predilección por el género femenino, – supongo que para ellos sigue siendo el “débil”- que se convierte en blanco de sus comentarios más obscenos y vejadores. Si en alguna ocasión y por circunstancias me he tenido que ver entre ellos, siempre busqué el pretexto para salir por piernas. Me sentía entre cerdos.
Este perfil de fulanos lo dibuja el director de forma magistral; ese grupo de “amigotes” que anteponen a la diversión o al sexo, la manifestación grotesca de su propia autoafirmación y masculinidad y que acaba en una exhibición de pobreza moral repugnante.
La escena en que “Calle”, en medio de su ilusionado encuentro amoroso, se ve obligada a realizar una felación a un cliente para evitar la delación y la destrucción de su sueño, y las risas que se observan en su mesa de amigos, tan expresivas que aunque los comentarios no lleguen al espectador, se pueden imaginar:

- ¿te lo hizo?
- ¡Uf! me lo hizo de la “hostia”, pues has tardado poco…
- es que la situación me puso a cien
- mírala ahí…con esa carita…como si no hubiera hecho nada
- jajajajaja
- tío…,¡eres la leche!

En unos minutos se alcanza el clímax dramático de la acción, desnudando la impunidad de un comportamiento tan lamentable que consigue que las risas duelan.

Por último, haré referencia a lo que para mí ha sido un descubrimiento tanto artístico como humano: Manu Chao. La excelente canción de “Calle” inspirada en el nombre de la protagonista, consigue en unos cuantos versos poner en valor la vida, el dolor, los vacíos, los sentimientos y las esperanzas de un colectivo tan despreciado como utilizado. Los acordes musicales que lo sostienen, abren de forma sonora la evocación a la alegría que “algún día llegará”. Como él mismo explica en las entrevistas del making-off, más que un trabajo, fue una experiencia vital tan gozosa como enriquecedora. Seguro que es porque él no hizo como los personajes que pone en boca de su protagonista, “Calle”, en su precioso tema:

“me llaman guapa siempre a deshora”.

Zaragoza, diciembre de 2008



jueves, 4 de diciembre de 2008

Al otro lado




El sábado pasado vi la película “Al otro lado” del cineasta turco Fatih Akin. Esta película aborda seis historias entrecruzadas con el fondo del contraste de culturas y nos muestra las soledades, sentimientos, sueños, luchas y la incomunicación de los personajes y con la muerte como final y principio de las cosas. Plásticamente la película es de una notable belleza, en la que abundan los lentos primeros planos, en búsqueda de una expresividad de sentimientos inspirada en la cinematografía sueca, pero con estética y un tempo mediterráneos, que le confieren una proximidad vital de gran hermosura y lucidez. Con el soporte de una rocambolesca historia en la que, de diferente manera y en ignorancia, intervienen los seis personajes, el cineasta va tejiendo una maraña de emociones que concluyen en la esperanza como escape final.
Dicho todo lo que antecede, quisiera entrar ahora en algunos aspectos de la película- en realidad uno- que a mí me han impactado y emocionado especialmente. Siendo cierto que habla de la casualidad, de las relaciones interpersonales, del otro lado, del amor, de los afectos, de la fortuna, etc., creo que hay uno que destaca por encima de los demás y que “preside” la interrelación de todos ellos. Y es la relación padres/hijos/padres. Y que esta relación, no siendo así en origen, concluye en un desarrollo monoparental, determinando unos matices emocionales que marcan una cierta diferencia e intensidad. La madre -sola-, que se prostituye con el único objetivo de proporcionar un futuro mejor para su lejana hija; la madre -sola-, que observa, con mayor impotencia que reprobación, como su hija -fiel reflejo de sí misma- asume peligros que, conocidos por su experiencia, trata de evitar; el padre -solo-, que dedica su vida “al otro lado”, a que su hijo tenga un brillante futuro “en este lado”, y que, en su etapa final, considerando la misión como cumplida, solo busca un mínimo afecto y calor, aunque sea comprado.
La madre oliendo la ropa en un recuerdo desesperado; el grito desgarrador de la hija al teléfono desconectado, en un ¡mamá!, –magnífico doblaje-, emocionado y suplicante; la mirada solícita de aprobación del padre al hijo, me parecen elementos magistrales de expresividad emocional.
Esos aspectos son los que más me han conmovido. La supremacía de la ley natural ante cualquier condicionante atávico, cultural o social. El lazo más profundo e incondicional del ser humano. Como dice Alfonso Guerra en su magnífico libro de memorias “Cuando el tiempo te alcanza”:

Un hijo, es la experiencia amorosa más intensa y continuada que puede vivir el ser humano.
Cuando niño, en la castrante enseñanza que los de nuestra edad sufrimos, recuerdo la Enciclopedia -en su apartado de Historia de España- en la que destacaba la sublimación del “régimen” hacia figuras como las de Guzmán el Bueno o el General Moscardó. Siempre me causaron malestar. No podía comprender como un padre –a pesar del deber (sic), de la patria, y de todo lo quieran-, podía, incluso, proporcionar el puñal para matar a su hijo. Es evidente que ni la edad ni los tiempos, propiciaban el poner objeciones ni dar réplicas al autorizado maestro. En mi ignorancia, solo podía ver que todos estaban de acuerdo en algo que no me gustaba.

Estos recuerdos vinieron a mi memoria al final de la excelente película de Fatih Akin, cuando al tratar de explicar la fiesta del cordero a la madre alemana, el hijo recuerda la pregunta a su padre cuando era niño:
-padre, si Dios te lo pidiera, ¿me sacrificarías como hizo el profeta Ibrahim?
- hijo mío, me enemistaría con Dios con tal de protegerte.

Sentado en la playa con el hijo, mirando hacia el horizonte en espera de su padre, aún sabiendo que el mío no regresará, concluí, definitivamente, que me gustaba mucho más que Guzmán el Bueno y que si Dios existe, debería comprenderlo.