viernes, 11 de diciembre de 2009

martes, 8 de diciembre de 2009

Cosas que piensas






Carta abierta a mi amigo, Paco Martínez
En esta nueva etapa de tu vida, probablemente la más difícil, has decidido escribir y compartir con tus amigos esas “cosa que piensas” a lo largo de tu lucha, previsiblemente larga, para vencer la enfermedad que se te ha declarado y que estás afrontando con una fuerza, determinación y presencia de ánimo verdaderamente admirables; estoy convencido de que tu actitud es uno de los elementos que coadyuvará, junto a todo el protocolo médico –hoy en día muy avanzado- a que salgas victorioso de la dura pelea en la que te encuentras.
Como ya te dije, creo que es un buen ejercicio para ti mismo el escribir esas reflexiones e incluso las sensaciones y emociones que irán surgiendo paulatinamente; por mi parte, quiero acompañarte en un intercambio epistolar que comente, comparta y, en la medida que mi escaso talento me lo permita, amplíe esas percepciones y te sirva, al menos de entretenimiento, a lo largo de todo ese camino.
A ello voy, querido amigo. Dices de tu primer día, que recibiste unas grandes dosis intravenosas de medicamentos que venían derivados de la ingeniería genética y que se habían demostrado de indudable eficacia; tu reflexión acerca de las carencias de inversiones en Investigación y Desarrollo son totalmente acertadas y sólo te diré que, quizás, el ejemplo comparativo que ponías no era el más adecuado; no es indispensable llegar media hora antes a ningún sitio, pero sí lo es tener una carreteras seguras, fiables y no congestionadas; pero el impresionante derroche que nuestro mundo hace hoy en cosas accesorias y superfluas es vergonzoso; por ejemplificarlo de una forma más amplia que la pequeña localización en un país, te daré algún dato a nivel mundial; el mantenimiento –no cuento siquiera la construcción- de la estación artificial de nieve de Dubai, con la temperatura exterior de 40º y la interior a -1º, cuesta, diariamente, 1.500 barriles de petróleo; el coste de cada soldado norteamericano en Afganistán supone un millón de dólares anuales -30.000 soldados, 30.000 millones-; cada 6 segundos muere en el mundo un niño por carencia de medicamentos y vacunas que costarían menos de 2 dólares; nada de esto nos es ajeno, pues de una forma un otra nos afecta y nos determina.
España tiene 17 parlamentos con sus correspondientes diputados, más coches oficiales que Alemania y Francia juntas, el dinero de todos es dado a los bancos para paliar sus cuentas, estamos viendo ejemplos permanentes de corrupción, abusos y mientras tanto… llegada la “crisis” –que los poderosos ocasionan- son los presupuestos para asuntos de verdadera importancia los que disminuyen.
Es evidente, amigo, que no vivimos en el mejor de los mundos. Quizás, el vernos afectados directamente mueve nuestro pensamiento en la dirección correcta y comprendemos la injusticia, el desamparo y los desequilibrios con los que convivimos. Pero el pensamiento sin la acción se pierde en la conciencia; bien es cierto que es el primer paso, pero de nada sirve si no actúa como motor para cambiar las cosas. Aunque pensemos que poco podemos hacer, como me dijo otro querido amigo, “entre hacer algo y no hacer nada, hay un mundo”. Nuestra actitud, nuestras valoraciones y nuestros votos no debemos dirigirlos a defender nuestros intereses, sino a los intereses generales que son los únicos verdaderamente nuestros.
En tu segundo escrito, te refieres certeramente a lo que acabo de decirte. Valoras el empuje de los médicos jóvenes y también el asesoramiento de los de más edad; en definitiva, es la suma de vigor y conocimiento -que debería primar en cualquier actividad- la que da los frutos verdaderamente estimables.
No es cierto, Paco, que ante la enfermedad todos seamos iguales; todos los días vemos evidencias de esas desigualdades; lo que sí es cierto, es que tu caso y los que pertenecen a ese ámbito, están priorizados por su importancia y reciben un tratamiento especial derivado de uno de los mayores logros sociales –en eso estamos de acuerdo- que se llama Seguridad Social. Personalmente es de las cosas que más orgulloso me hace sentir del país en el que vivo; que por el hecho de ser un ciudadano español se tenga derecho a una protección médica universal, es de un alcance social y ético verdaderamente envidiable. La sanidad y la educación nunca deben salir de las manos del Estado, lo que no implica que no pueda haberlas privadas; la sanidad privada cumple su función y, en mi opinión, debería contener exenciones fiscales para, precisamente, descongestionar lo público de dolencias sin importancia y dedicar más recursos tanto a investigar como al bienestar general.
Tú estás recibiendo los beneficios que proporciona algo “hecho entre todos” y que es lo único verdaderamente valioso; lo que juntos, como sociedad, somos capaces de hacer por los demás.
En cuanto a lo que dice nuestro común amigo solo añadiría un matiz; en la vida debemos luchar por algo pero nunca contra nadie, a excepción de “esos malos bichos” que tú tienes y que van a recibir su merecido.
Un fuerte abrazo amigo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

El secreto de sus ojos



Si en alguna ocasión nos preguntamos qué es cine, “El secreto de sus ojos” es una acertada respuesta. Contiene todos los elementos que hacen de una película una obra de arte plena. Drama, comedia, suspense, análisis político social, reflexión y sentimiento, todo ello narrado con la maestría, el ritmo y el equilibrio de un gran maestro.
Parte de un guión, aparentemente sencillo, en el que Benjamín Esposito, secretario de un Juzgado de Instrucción de la ciudad de Buenos Aires, ya retirado, tiene el tiempo y la motivación para escribir una novela sobre un brutal asesinato ocurrido en 1975 del cual fue testigo y protagonista; las circunstancias que rodearon el caso le conmovieron profundamente y tuvo la permanente convicción de que no se había resuelto en toda su extensión. Sobre esta base, Juan José Campanella – el aclamado director de “El hijo de la novia” y “Luna de Avellaneda”- nos hace un recorrido por la Argentina de la década de los 70 profundizando en las historias personales de los protagonistas.
En este apabullante relato de lo cotidiano, nos muestra la pobreza moral que rodeó al país en la etapa de la presidencia de M.ª Estela Martínez de Perón y López Rega y que derivaron en la dictadura terrible de los generales; la burocracia estatal, la impunidad, el aprovechamiento de los “útiles” sin la menor consideración ética y el beneficio propio como forma de subsistencia en un entorno carente de valores, son retratados en la finura maligna que, ¡tantas veces!, diferencia al ser humano de los simples animales. Quizá el mayor mérito sea que hace las referencias justas para situarnos en un escenario de miserias, culpas, silencios y remordimientos.
Sin perderse en ello y quedando latente a largo de su desarrollo, Campanella pone el acento en las vidas de los cuatro personajes centrales de la historia.
El viudo Morales, quien prontamente llega a la conclusión de la imposible justicia punitiva y que comienza, obsesiva e inexorablemente, a dedicar el resto de su truncada vida a que el criminal pague, con su perpetuo encierro, el irreparable daño que ocasionó; es él quien contiene en sus ojos el secreto de la historia y el ejemplo de un futuro derrotado que sólo se sustenta en la reparación como alimento contra el olvido. Su compañero de Juzgado –en una soberbia interpretación de Guillermo Francella- cuya figura se va componiendo a lo largo del filme y que comienza con la apariencia de un gris e indolente funcionario que trata de establecer con el alcohol, el cinismo y la ironía una forma de autodefensa ante la indignidad y que culmina en un ejemplo heroico de lealtad, integridad y amistad.
Y la maravillosa historia de amor, eje central del filme, entre la compañera jefe del Juzgado –Soledad Villamil- y el protagonista –Ricardo Darín-. Difícilmente puede contarse mejor y casi sin palabras la tensión amorosa que impregna y subyuga todo el relato. Es una partitura en la que se oyen las notas y se escuchan los silencios. Es una página literaria en la que sólo se lee el blanco de la hoja. Es un espectáculo visual en el que las miradas, los gestos, los movimientos y los símbolos -¡qué maravilla la rosa roja en la mesa cuando suceden las personales entrevistas!- son más explícitos que las palabras, siendo éstas las justas y de una sencillez poética cargada de emotividad.
El peso de las distancias, las inseguridades del protagonista, sus temores y miedos, determinan, en la metáfora angustiosa de su enamorada, el grito de: “El pasado no está dentro de mi jurisdicción”, que no concluye en el efecto deseado.
La película se ve adornada por notas de humor de notable inteligencia y que hacen de contrapunto a la tensión permanente que se deriva de la historia; las escenas de investigación chapucera, las tertulias de los cafés, las torpezas del ordenanza del juzgado e incluso las broncas del juez instructor, alivian momentáneamente otras de terrible dureza y que dejan el corazón en un puño; la escena del ascensor en el Ministerio de Bienestar Social en la que podemos constatar la innoble y amenazadora impunidad del asesino, bloquea los pulmones hasta perder el aliento.
Es el equilibrio que busca y consigue Campanella en todo el desarrollo de filme y que incluye –también en la justa medida- el espectáculo visual. La explosión orgiástica en las escenas del fútbol, que alcanzan un clímax casi épico y las tomas del Palacio de Justicia, son ejemplos de ejercicio visual de la mejor factura. La primera contiene un atrevimiento técnico poco habitual en películas de carácter intimista y que sólo realizadores brillantes consiguen encajar.
Lo mismo ocurre con la dirección de actores en la que cuenta con la complicidad y brillantez de Ricardo Darín –magnífico- y, en mi opinión, con la espectacular interpretación de Soledad Villamil; es la sensualidad y la feminidad en la acepción más profunda de la expresión y consigue un nivel de seducción que impregna los espacios de aroma arrebatador; suplica desde la dignidad, seduce desde la inteligencia y provoca desde la elegancia.
Y el desenlace – Campanella necesita que acabe bien- en el que el amor y la esperanza redimen de cualquier error; sin caer en el sentimentalismo ni la ñoñería y en una bella pirueta consigue cambiar el TEMO por el TEAMO dando salida al soterramiento, la ansiedad y el fatalismo como futuro.
- Va a ser complicado-, dice la protagonista
- No importa-, le contesta una amplia sonrisa.
Lo que demuestra que el pasado está dentro de nuestra jurisdicción cuando hay causas pendientes.
Noviembre 2009

domingo, 11 de octubre de 2009

Lugares comunes


“El año que viene casi todos ustedes serán profesores. De literatura no saben demasiado pero lo suficiente para empezar a enseñar. No es eso lo que me preocupa. Me preocupa que tengan siempre presente que enseñar quiere decir mostrar. Mostrar no es adoctrinar, es dar información pero dando también el método para entender, razonar, analizar y cuestionar esa información. Si alguno de ustedes es un deficiente mental y cree en verdades reveladas, dogmas religiosos o doctrinas políticas, sería saludable que se dedicara a predicar en un templo o desde una tribuna. Si por desgracia siguen en esto, traten de dejar las supersticiones en el pasillo antes de entrar al aula. No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza, es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor persona por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Pónganse como meta enseñarles a pensar. Que duden, que se hagan preguntas. No los valores por sus respuestas, las respuestas no son la verdad. Buscan una verdad que siempre será negativa. Las mejores preguntas son aquellas que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no por eso pierden vigencia. Qué, cómo, cuando, por qué; si en esto admitimos eso de que la meta es el camino, como respuesta no nos sirve. Describe la tragedia de la vida pero no la explica. Hay una misión, un mandato que quiero que cumplan. Es una misión que nadie les ha encomendado pero que yo espero que ustedes, como maestros, se la impongan a sí mismos. Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites… sin piedad.”

Con esta brillantísima exposición –después de un preámbulo que narra cómo el profesor ha sido apartado de las aulas- comienza la excelente película de cineasta argentino Adolfo Aristaraín, “Lugares comunes”. Supone toda una declaración de principios, en unos tiempos en los que la enseñanza se está postulando justo en las antípodas de lo que allí se propone, mostrados con la brevedad y sencillez del sentido común. La formación humanitaria, el conocimiento, la reflexión, la revisión y el análisis han sido sustituidos por la preparación urgente y especializada de unidades productivas, sin más objetivo que la competitividad en aras de un mínimo bienestar que alimenta la dependencia y la alienación.
Se inicia el periplo desesperanzado del viejo profesor, Fernando Robles (Federico Luppi), junto a su esposa, Liliana (Mercedes Sampietro) –mujer, compañera, amiga, cómplice- que tiene por delante los últimos años de su vida para –dentro de la precariedad de su economía- hacer lo que desea, pero al que le han arrebatado lo único que le gusta hacer: enseñar. Aquello que le ha supuesto la posibilidad de trasladar y compartir preguntas para las que tampoco tiene respuestas. En ese compartir con los alumnos ha encontrado la principal razón de vivir y el equilibrio entre sus contradicciones y principios. Se desencadena, entonces, uno de esos momentos de vacío en la vida de un hombre, en el que tiene que decidir entre alternativas que nunca había contemplado y que, en principio, encuentra hostiles y sin sentido. Es el comienzo de la empatía con el profesor, con cuyo conflicto existencial muchos hombres se identifican, tanto en la búsqueda como en la imperiosa necesidad de mantener el mayor grado de identidad, dentro de un sistema que lo fagocita todo. Aristaraín, desnuda con maestría los sentimientos, contradicciones, valores, inquietudes y miedos del profesor, que no consiguen doblegar la solidez de sus principios y su fidelidad a la utopía como actitud vital.
Esa solidez terca y orgullosa le precipita hacia una reprobación cruel y desproporcionada con la vida de su hijo, del que se siente decepcionado por lo que juzga como actitud cobarde y acomodaticia.
Sin desmerecer en absoluto el lenguaje visual –hay planos y escenas de una gran belleza estética- el hilo conductor de la narración es la palabra. Lenguaje directo, arrollador, que no deja un respiro a la mente y que te envuelve junto a las reflexiones del personaje en la convulsión y el desasosiego. No se explaya el director con la situación social de Argentina sino que, pasando “de puntillas” por ella, traslada el escenario al mundo en general: corrompido, vacío de valores y acomodado a una sociedad carente de impulsos morales. Pero hay esperanza. Y esta se manifiesta para ellos con el contrapunto de la desesperanza de otro. El antiguo propietario de una “chacra” que había planificado toda su vida junto a su mujer, Laura, y que fallecida esta, no encuentra sentido a su vida; tan inmensa es su pérdida que concluye en una inacción tan dolorosa que le lleva a proclamar : “pensé en quitarme la vida, pero no me animo”
En este rural escenario, inician una nueva vida “de terratenientes” cuyo valor se desprende en la deliciosa velada con sus íntimos amigos, con otra de las conversaciones que muestran los principios inalienables del protagonista cuando se le acusa de haberse quedado en los “sesenta”:

Me quedé mucho antes. Ni Marx, ni Bakunin, ni Cuba con Fidel, ni el Ché.. La guerra la perdimos hace rato. Cómo será que los dueños del mundo están tan sólidamente establecidos que hasta permiten que exista la izquierda. ¿Por qué? Porque no molesta a nadie. Ya nos es una idea revolucionaria. Es una chapita, un pin. A lo sumo puede ser una actitud moral que nunca va a salir de la esfera privada.

Ante la protesta de la joven amiga que pretende que esos ideales se cumplen en la Cuba de Fidel, la sonrisa del viejo profesor y su tierna mirada, se ven iluminadas tanto por la convicción de su error como por la esperanza de que no todo está perdido.
Y esta nueva vida en la “chacra” supone el microcosmos en el que se desarrolla la extraordinaria, maravillosa y ejemplar historia de amor entre Fernando y Liliana; un amor intenso, profundo y libre que se convierte en el tesoro más preciado de los personajes dentro del “naufragio” que supuso la ruptura de su anterior vida. La comprensión, la ternura, el apoyo del uno con la complicidad del otro, se evidencian como una nueva juventud que, carente de ímpetus fogosos, supera cualquier desafío. Las conversaciones, los paseos, las miradas, las infantiles travesuras del viejo profesor con los cigarrillos, se deslizan con el halo de una generosidad conmovedora. Es en ese diminuto entorno donde pueden poner en práctica sus ideales confiriendo al peón y a su familia un trato, remuneración y respeto –no más allá de lo posible- coherente con sus principios. En la vida en el campo es donde el personaje de Liliana adquiere su mayor dimensión y tiene la fortuna de contar con la magistral interpretación de Mercedes Sampietro. Sencillamente colosal. Verla ajustarse el chal sobre los hombros, con el pelo recogido y su mirada limpia, es toda una exhibición de feminidad; la intensidad de su mirada al acercarse a su marido tumbado en el sofá -creyendo que duerme- y suplicante decirle: “No me dejes sola”, alcanza una emotividad que nubla los ojos y hace enmudecer.
Lugares comunes es la historia de dos seres humanos, de un matrimonio, de un naufragio, de un renacer, de amistad, de amor y de esperanza.
Pero por encima de todo y lo que la hace más grande, es la expresión sublime de la lealtad como valor supremo.
Lealtad que, en el caso de Liliana, trasciende a la muerte.

Octubre del 2009





jueves, 20 de agosto de 2009

El juez y el general




Hojeando, ayer, el diario El País me detuve en la noticia que hacía referencia a un documental con el título de este escrito y que optaba –con bastantes probabilidades de éxito- a los premios Emmy. En la breve referencia, señalaba que trataba sobre la investigación de las torturas, asesinatos y desapariciones de la dictadura chilena del general Pinochet. Como muchos de mi generación –por entonces yo tenía 22 años- vivimos aquel golpe como propio, ya que el acceso al poder, democráticamente, de un dirigente socialista nos producía el sueño de la cercanía propia de libertad y justicia que durante toda nuestra juventud se había visto asfixiada. Recuerdo con nitidez que me encontraba en casa de los padres de mi primera mujer y que más que el horror por el impacto de la violencia inicial en el asalto al Palacio de la Moneda, el sentimiento fue de enorme tristeza al constatar que el sueño de un ideal quedaba roto como el frágil cristal. Los reportajes posteriores de la revista Triunfo –auténtico baluarte del periodismo íntegro- se hacían eco, con profusión, de la figura política, moral y humana del derrocado presidente Salvador Allende. No es mi intención ahora detallar a esta importante figura de la historia de Hispanoamérica, pero una frase suya quedó para siempre en mi memoria: “Sólo merece la pena morir por aquello sin lo cual no vale la pena vivir”. ¡Qué diferencia con los que hoy en día –en realidad siempre- se enredan en piruetas pseudo intelectuales y ejercicios dialécticos para justificar por qué se puede matar! La memoria de ese vuelco traumático me ha acompañado toda mi vida y confesaré un odio permanente hacia el general asesino. En su caída, ese odio se había transformado en repugnancia, sentimiento que con los años suele sustituirlo cuando la madurez se impone sobre la ardorosa vehemencia.

Con el mayor interés me dispuse a ver, por medio de Google, el excelente documental que, no me cabe ninguna duda, merece el mayor de los premios. En mi opinión el mayor mérito consiste en que más allá de la exposición descarnada de algunos de los crímenes, se centra en la evolución personal y humana del juez Guzmán, al comprobar de forma tan paulatina como tenaz el horror de los años de la dictadura chilena.
De familia conservadora, se manifiesta comprensivo, en su inicio, con el golpe de Estado aunque lamente la muerte del presidente, consecuencia, quizás inevitable, del caos que vivía el país. Se impone el orden –valor supremo de los conservadores- y de esta forma el país podrá desarrollarse lejos del “las garras del comunismo”. Con la mayor naturalidad, manifiesta su voto en contra de Allende en las elecciones presidenciales, destacando que con el otro candidato tanto su vida como la de su familia hubieran sido mejores.
Pero el destino cruza en su andadura la querella de los familiares de las víctimas y, con absoluto escepticismo acerca de los horrores que detallan, comienza una investigación tan serena, constante y larga, que no sólo logrará el procesamiento del general sino la condena de más de doscientas personas responsables de asesinatos y torturas y que constituirá un hito en la justicia chilena.
El juez Guzmán, compone la columna vertebral del documental y con una magistral exposición de su evolución que se va componiendo fotograma a fotograma, consigue que la vayamos viviendo desde la serenidad, que no excluye el horror y que mueve a la más profunda reflexión. Nos aparece un hombre solo –en cierta manera lo es- que sin apoyos de la judicatura se va alimentando de descubrimientos y evidencias que mueven su conciencia y refuerzan su voluntad. La íntima indignación sobre lo ignorado actúa como un potente motor que le impele a abandonar la “burbuja de oro” –palabras literales suyas- y buscar denodadamente la verdad. Conforme avanza su investigación, conmueve la ternura con la conversa con las familias de las víctimas y su bonhomía compasiva se acrecienta con las nuevas pruebas y evidencias.
Es difícil especular sobre qué hubiera ocurrido de concernirse exclusivamente al ámbito chileno, pero qué duda cabe de que la intervención del juez Garzón y su solicitud de extradición de Londres del general Pinochet, internacionalizó el proceso y ayudó a su favorable conclusión.
El documental contiene pinceladas sobre la evidente y luego reconocida intervención norteamericana, casos de torturas dolorosísimos, desnuda la psicología de los verdugos y muestra la convivencia con un dolor inacabable. Pero por encima de todo es la historia de la transformación de un hombre que, acabado el proceso, en una imagen de una fuerza comunicativa impresionante, visionando las imágenes de exaltados fascistas que vitorean al Pinochet muerto, dice desesperanzado: “no han aprendido nada”.
Agosto del 2009

PD. El cadáver del general Pinochet, ante el temor de profanación de su tumba, fue incinerado y se desconoce el paradero de sus cenizas. Sarcasmos de la vida, acabó como un desaparecido más. Vienen a mi memoria las palabras de Lluis Llach en sus “Campanades a mort”: “¡Asesinos de razones, asesinos de vidas! Que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestra vida y que en la muerte os persigan nuestras memorias”.

 

sábado, 18 de abril de 2009

Prólogo de Viento a favor




Prólogo al libro de mi amigo Antonio Ramírez
Cuando en noviembre del año 2006 recibí un correo electrónico de Antonio, en el que me enviaba su pequeña sinopsis anunciando su decisión de escribir unas memorias de su época marinera junto con el primer capítulo de las mismas, no pude por menos que animarle a que lo hiciera, de una forma tan alborozada como vehemente, para que esa “falta de constancia” que se atribuía, no fuera nunca un obstáculo para concluir en lo que, hoy felizmente, podemos llamar su libro o al menos, -creo que tiene historia suficiente- su primer libro.
Yo tenía poco conocimiento de esa etapa y lo sabido era más por boca de terceros que por la suya propia, ya que nuestra amistad, si bien tiene unas raíces que gozosamente cada día se manifiestan más profundas, ha tenido durante muchos años la distancia física como impedimento para intercambios de pasados que, a estas alturas, no podemos por menos que calificar ya como algo remotos.
Conforme pasaban los meses del 2007 fui recibiendo las entregas y Antonio me iba pidiendo opinión -tengo que pensar que como consecuencia de mi actitud positiva más que por mi escaso talento literario- lo que facilitó, además de un hermoso intercambio epistolar, profundizar con él en ese pasado marinero, -¿solo marinero?-, que nos relata; al ir conociendo de primera mano los aconteceres de su historia, y “reconociendo” a su autor en cada una de las situaciones, me entusiasmé tanto con la lectura, que permanentemente me venía a la mente su imagen y, sobre todo, esa maravillosa risa con la que estoy seguro escribía muchas anécdotas, junto a la expresión emocionada y tierna en el relato de las experiencias mas duras.
Fue en la Navidad pasada, cuando en el intermedio de una cena y por boca de Lourdes -ahora marinero da tus velas al viento pues acabo de nombrar a la Estrella Polar de tu vida - me dijeron que les gustaría que yo escribiera el “Prólogo” de este libro que hoy tienes en las manos; regresé a casa con la sensación de que mi reacción pudiera haberles perecido fría, pues fue de esas ocasiones en las que el impacto emocional recibido es de tal naturaleza, que sólo la actitud de casi “darlo por no oído” te permite salir del trance con una cierta entereza. Pasé como una centella de la emoción al silencio. Y hoy me tienes aquí, querido amigo -si lo eres de Antonio también lo eres mío- disfrutando del lujo de escribir sobre él y del regalo que nos ha hecho a todos.
Porque estas memorias son un regalo para todos los sentidos.
Te mueve a la reflexión la situación que origina su marcha de casa; mas allá de los hechos domésticos, esa España de los 60, todavía cuartelera, en la que la mezquindad y la opresión, la angustia y el conformismo, el miedo y la desesperanza, dejaban poco espacio a espíritus libres y abiertos a la vida; no se entretiene Antonio sino en pasar deslizándose por la superficie, pues bastante trabajo tuvo con paliar sus consecuencias como para adentrarse en sus causas. Pero en las pocas líneas con las que describe el entorno, lo hace con tan sencilla brillantez, que cualquiera que lo haya vivido lo recuerda nítidamente; el bar, los obreros, el cacique, las plazas, las inversiones en capitalización, el representante del 600, los bocadillos, las pesetas, la calle, los vecinos -más familia que muchas familias actuales-, el autostop, etc.
Tenía que escapar. Y en su huida y también en su búsqueda, se nos manifiesta como un prodigio de supervivencia – como hombre bien nacido le llama suerte-, en el que las percepciones de lo que le rodea, la intuición del beneficio, el aprovechamiento de sus cualidades y recursos, la seducción de sus habilidades, los explota en cualquier situación, entorno y momento; el buceo “a la pesca de lentillas” con la familia Krupp, merece un destacado lugar en la mejor picaresca de la literatura del Siglo de Oro español. Tenemos a lo largo del libro, múltiples ejemplos de esta extraordinaria virtud que adquiere siempre la mayor nobleza porque jamás perjudica, ni se aprovecha, ni lastima, ni pasa por encima de nadie. En su supervivencia, no hay depredación. Solamente hay imaginación desbordante y esa gran sabiduría acumulada a lo largo de cientos de años por ese “talante” andaluz, por esa ambición de empatía con lo que te rodea. Si como alguien dijo, “cultura es lo que queda en una persona después de olvidar lo que aprendió”, esa cultura ya corría por sus venas antes de aprender todo lo que la vida le iba a enseñar. ¡Cómo no iban a percibir su bonhomía, Pau, el Sr. Paco, Chelo, Joan...y toda su familia de Palma!
Palma de Mallorca, que se convierte en la plataforma desde la que se lanza casi a la vida, al mar y, en un maravilloso encuentro, al amor. Valerie Dubois, su primer amor, deja en él una huella imborrable y la pena ansiosa de lo que, sin terminar, se pierde; porque la historia se pierde en las reflexiones de la desesperanza por una parte y la comprensión de la realidad por otra. Enorme cualidad la que evidencia Antonio y que mostrará permanentemente a lo largo de su vida y que consiste “en ponerse en el lugar del otro”, lo que conlleva una actitud comprensiva hacia los demás y nos sitúa a las puertas de la paz y el equilibrio interior. ¡Qué cuidado ha tenido siempre con que cualquier batalla perdida no derivara en rencor, ni lastimara un corazón que, a toda costa, quiso mantener limpio como el océano!
Nos cuenta también las relaciones con las mujeres que en esa época pasaron por su vida y quiero destacar especialmente la enorme ternura con la nos habla de ellas; hasta en los momentos en los que se ve agobiado por “ballenatos” o “gusiluces” y se ríe a carcajadas de “lo que se le viene encima”, lo hace desde la levedad con la que se trata al material sensible. Al cristal. A la mujer. Y siempre hay gratitud hacia ellas por recibir y devolverle todo el amor que les entrega. Las desea, las busca, las mira, las provoca, las seduce, las ama, pero en cualquiera de ellas y, aunque en las ocasiones más frívolas pudiera actuar de otro modo, como decía una canción que tanteas veces le escuché, “además de su cuerpo, siempre busca otro valor”. Quiero adelantarte, lector atento, que el párrafo que dedica a Juanita “una chica corriente de un barrio de Córdoba” es de lo mas hermoso y sencillo que se puede escribir de una mujer.
Y del amor a la pasión. El mar. Lo que impregna toda su vida y donde él se manifiesta en toda su plenitud. Antonio puede estar, pero sin el mar no es. Como dijo A. Machado “es un hijo de la mar” y, por tanto, la ama tan profundamente como la respeta. Y como ocurre con las pasiones verdaderas, si están expresadas con la brillantez con la que lo hace, contagian al más neófito; accederemos al Artemisa, al North Star, al Orión -¡ah! el Orión- al Albatroz, al Galatea, al Annie Comyn, al Libertad… y nos moveremos entre regalas, imbornales, jarcias, cabuyería, flechastes, obenques, foques… navegaremos “de ceñida”, “a orejas de mulo”, “de bolina”, “de aleta” con la naturalidad del que lo ha hecho siempre. Porque, en la emoción del recuerdo, la descripción de los paisajes y mares es de tal claridad expresiva, que más que en el pasado nos sentimos en un presente y le acompañamos en la aventura; el cielo, el sol, la lluvia, el viento, el frío, el amanecer, el atardecer, la noche, son vividos -perdón leídos- con una intensidad que alcanza su máximo nivel cuando nos sumergimos con él en la mar. Colores, arenas, luces y especies desconocidas te acompañan ya siempre; peje perros, serviolas, abaes, viejas, sargos…se han convertido para mí en algo inolvidable.
Pero no quiero hablar más del mar. Mucho mejor lo hace él y lo vas a disfrutar en innumerables páginas.
A lo que quiero invitarte, amigo y lector, es una apnea imaginaria -casi tan larga como esos cuatro minutos de Antonio- por las profundidades de cada una de las líneas de este libro y descubras -como en el mar- lo que nunca se ve en la superficie.
Porque en este libro hay que bucear para ver el verdadero sentido, la emoción escondida, el impulso vital que lo arrastra a lo largo de sus páginas y que nos descubre el porqué, por quién y para quién está escrito.
Este libro, por encima de todo, es un recuerdo emocionado y tierno, una declaración de admiración, gratitud y amor, para ese “marmitón” que sin cumplir los dieciséis años se lanzó a la vida con 280 pesetas y unos bocadillos, sin más horizonte que el mundo entero, con el rumbo que le marcaba su instinto y con un corazón presto a empaparse de todo lo hermoso que se le ofreciera. A ese chaval cuya firme determinación vital le lleva - en la frase, para mí, más conmovedora del libro- “a perder, si es necesario, el camino de regreso”.
El es quien hace las gamberradas a Patxi, quien hace exhibiciones acrobáticas, quien se larga a cantar…quien murmura a la inglesa… y Antonio nos habla de él…porque se le escapa y vuelve a por él…habla en primera persona, pero de él…hace piruetas con él…se ríe con él…y, de vez en cuando, la tristeza también le embarga junto a él…y entonces escapa de él para contarnos cosas…pero detrás está él…ese chaval siempre está ahí. ¿Será porque quiere seguir siendo él?
Lo cierto es que Antonio se siente orgulloso de ese “marmitón”.
Y le sobran razones.
Lo mismo que nos pasa a sus amigos.

Antonio Aragüés Giménez
Mayo del 2008

sábado, 4 de abril de 2009

Carta al médico de mi madre




Querido Alfonso:
“Debéis estar preparados para lo peor; tiene una cardiopatía irreversible acompañada de insuficiencia pulmonar”, fue tu último diagnóstico en el Hospital Clínico, y con disimulada irritación ante la definitiva impotencia, respondiste ante la mirada suplicante de mi hermana Isabel: “Se muere todo el mundo, incluso Concha”. No era difícil deducir de tu tono, no ya la resignación profesional largamente experimentada, sino la tremenda amargura humana que tal realidad próxima te producía.
Una realidad anunciada mucho tiempo atrás, sorteada, combatida, derrotada en tantas ocasiones con tu imprescindible complicidad, que parecía imposible que llegara.
Nunca, como en este caso y aunque la ciencia ortodoxa opine lo contrario, se ha cumplido la brillante frase de Montaigne: “No morimos por estar enfermos sino por estar vivos”
Porque aunque parezca una paradoja, pocas veces se ve relucir la vida de una forma tan intensa en momentos de tanto dolor; vida a la que nuestra madre nunca renunció, a pesar de los sinsabores y malos tratos que le dio en tantos momentos y, ni siquiera en los más difíciles le volvió la espalda, como la amante que soporta todas las traiciones por conservar el bien amado.

“Concha tiene una naturaleza extraordinaria y un médico sensacional”, dijiste, en otra ocasión, con tu habitual humor cargado de ironía; es curioso que cuando nos tomamos en broma es cuando más serios resultamos. Podríamos hacer una apología de todo tipo de valores humanos: ternura, tolerancia, paciencia, perseverancia, valor, disciplina, esfuerzo, amor… pero todos se resumen en esa expresión rotunda:
“Un médico sensacional”
Porque es imposible si no hay detrás una maravillosa persona, que dedica su existencia, no a combatir la muerte sino a luchar por la vida.
¡Y qué compañero de lucha tuvo nuestra madre!
Vienen a nuestra memoria las largas noches de hospital, con sus sentidos lamentos y sus permanentes reclamos a dos ausencias, su madre y su hermano –médico como tú- y a una presencia, la tuya Alfonso, cuya promesa de atención servía de inmediato para calmar su ansiedad. ¡Cómo se transformaba su rostro sólo con verte! Esa leve sonrisa, en un rostro bellísimo de natural, relucía de serenidad, de confianza, de sentirse en buenas manos. La ciencia no ha inventado el medicamento que llevabas contigo.

“Todos cuando favorecen a otros, se favorecen a sí mismos; y no me refiero al hecho de que el socorrido querrá socorrer y el protegido proteger, o a que el buen ejemplo retorna, describiendo un círculo, al que lo da, sino a que el valor de toda virtud radica en sí misma, ya que no se practica en orden al premio: la recompensa de una acción virtuosa consiste en haberla realizado” (Cartas a Lucilio, Séneca)

Debes sentirte bien, Alfonso. Satisfecho, pleno, feliz. Junto con nuestra madre, eres el vencedor de esta batalla. Es lo que pretendo con esta carta, contribuir a afirmar ese sentimiento. Ni siquiera darte las gracias, pues no es necesario a quien consideramos parte de nosotros. No la llores, nosotros no lo hacemos.

¡Qué bien debe estar ahora!, allá arriba, sonriendo…con nuestro padre.

La imaginamos en el Hospital del Cielo, donde su hermano Antonio habrá hecho todos los preparativos, la rodeará de eminentes cardiólogos y ángeles enfermeros, de tecnologías celestiales que eliminan el dolor y de milagrosos medicamentos de alegría.

Pero estoy seguro de que el día que se encuentre algo “pachucha”, esperará a la noche y, aprovechando un descuido de los celadores, escapará por una escalerita de estrellas en el firmamento, para llegar temprano a la consulta terrenal de su querido Alfonso.

Nunca lo olvidaremos.

Julio 1999

miércoles, 11 de febrero de 2009

Camino





Me daba pereza. Había oído hablar de la película de Javier Fesser y, de forma vaga, de su contenido –es fácil de deducir por el título- que se desarrollaba en los aledaños del Opus Dei. Mi curiosidad sobre esta institución estaba sobradamente satisfecha pues desde hace más de treinta años y debido a circunstancias de diversa índole he tenido oportunidad de conocer sus bases, sus propuestas y normas de comportamiento derivadas del pensamiento (sic) de su fundador, D. Josemaría Escrivá de Balaguer.
Mi primer contacto con “la obra” se produjo cuando, debido a la grave enfermedad de corazón que padecía mi madre, los médicos aconsejaron una cirugía pionera que se realizaba en la Universidad de Navarra; pude comprobar entonces –los signos eran más ostentosos que ahora- el espíritu que impregnaba el citado Centro. Hace pocos días y recordando aquellos tiempos con mi hermana Cristina me contó una anécdota que creo merece la pena reseñar. A ella, con aproximadamente 15 años, le tocó el peso de la compañía permanente durante un mes pues los demás hermanos, excepto los pequeños, teníamos que cumplir con nuestras obligaciones laborales; su vida, durante los primeros diez días, se limitaba a ir del hospital a la sencilla pensión y de nuevo al hospital. Al cabo de un tiempo y como coincidían los Sanfermines, algunas enfermeras viendo a mi hermana tan joven y sacrificada, la invitaron a disfrutar por la noche de las fiestas; a ella le extrañó, pues ya había advertido los criterios imperantes en “la orden”, pero sus ímpetus juveniles la inclinaron a aceptar la oferta. -¡Me pegué los siete días sin dormir! -me dijo. -¡Me lo pasé bomba!
Obviamente y por joven que fuera necesitaba dormir y lo hacía, con la natural levedad, a lo largo del día que pasaba en compañía de mi madre; pero en uno de ellos su cansancio era tan notable que se durmió profundamente coincidiendo con la visita “celestial” y cuya comitiva formaban un sacerdote, el capellán, una enfermera, la enfermera jefe, y dos monaguillos haciendo sonar sus campanillas con evidente entusiasmo. ¡Ni por esas! Ella continuaba adorando a Morfeo ante la evidente ira del capellán que ordenó despertarla bruscamente y -¡me pegó una bronca que no he olvidado! Mi madre, mujer que realizó excelentes obras en su vida pero que siempre necesitó escenario y espectadores, se embelesaba con estas visitas –tenía una cierta tendencia al folklore en una actitud que en sus formas me recordaba Carme Elías en el filme - aunque a la postre no fuera consecuente ni seguidora de las mismas.
Posteriormente y saliendo ya del oscurantismo que en sus inicios era seña de identidad de la institución, vi en televisión una grabación en la que “monseñor” subido a una tarima, de negro y con el bonete de puntas, –en un escenario bastante pueblerino- se dirigía a una cautivada multitud y, especialmente, a un matrimonio que tenía en brazos a un niño con evidentes muestras de deficiencia mental.
-¡Este pequeño es un regalo que os manda Dios!- dijo, ante la mirada complacida de sus padres.
Aquello me impresionó. Pero todavía más, el resto de la intervención –de aproximadamente veinte minutos- en la que la tosquedad, la pobreza intelectual, el chascarrillo, la elementalidad de argumentos alcanzó niveles que no había logrado imaginar. Era zafiedad en estado puro. ¿Qué mecanismos dominan determinados personajes, que a lo largo de los tiempos tanto han influido en las personas, con fundamentos intelectuales tan pobres?
La historia y el presente están llenos de ejemplos y reconozco mi incapacidad para descubrir el misterio. Y eso que curiosidad y tesón no me faltan. Decidí leer “Camino”, la obra por antonomasia, el catecismo opusdeísta, el credo que da sentido a la vida. ¡Dios mío! – perdón- ¡qué panfleto más infumable y elemental!
¿Cómo es posible que más de dos mil años de civilización, de Grecia a la Ilustración, de Darwin a nuestros días, de Newton a los viajes espaciales, posibiliten que tenga éxito –indiscutible- una “propuesta espiritual y vital” como la que planteó este básico –en sentido literal- cura de Barbastro?
Pero como he dicho, tesón no me falta. Y me fui a visitar Torreciudad. El santuario del Opus Dei. La obra póstuma –la verdad que allí sí que vi una obra- de Monseñor Escrivá. ¡Impresionante! ¡Qué lamentable vanidad! ¡Qué culto a la persona! ¡Qué megalomanía! Todo un espectáculo. Solo en países tercermundistas pueden verse monumentos contemporáneos, mausoleos de una persona, del calibre de Torreciudad. Sentí absoluta repugnancia y mi curiosidad quedó ampliamente satisfecha. También y como abofeteándome, se me revelaron las claves de un éxito de este cariz. ¡Cómo no me había dado cuenta! Había tratado de estudiar el huevo, sin contar con la gallina ni, sustancialmente, con el gallinero. Era la misma historia de siempre con leves variantes integristas para los más irracionales. La Religión. La raíz de todos los males como propone el profesor de Oxford, Richard Dawkins, en sus diversos libros y medios audiovisuales. El virus de la fe. A ello me referiré mas tarde.
El conocer algunas reacciones, con motivo de las designaciones para optar a los premios Goya – esto de las nominaciones y el mal uso de la lengua me saca de quicio- me obligó a vencer la pereza que me producen los asuntos teológicos y me dispuse a disfrutar – lo digo ahora- de la película de Javier Fesser, “Camino”.
Camino es una obra brillante. Es, antes que nada, un canto a la vida, a los sentimientos, a los instintos más naturales, al amor y a la esperanza; y para resaltarlos hasta el lirismo, Javier Fesser utiliza precisamente su contraposición: la negación, la asfixia de su ahogamiento, el dolor como redención, la percepción pecaminosa de todo lo que nos ilumina, la descripción desnuda de los comportamientos del entorno de la niña “Camino”, con plasmaciones estéticas de sublimes luces y dolorosas oscuridades.
Si su intrínseca tragedia conmueve como el tajo que sufre la rosa al abrir sus pétalos a la luz, el director no pone el acento en este hecho arbitrario, injusto e incomprensible pero consustancial con la vida y la muerte; nadie nace con un seguro a plazo ni con una garantía sanitaria. Así, la niña Camino se mueve entre el dolor de su enfermedad y la alegría del primer amor, entre la fe y la razón, entre el miedo y la esperanza. Su creíble madurez –aparentemente increíble- se ve adornada por la bondad más maravillosa que trata de conciliar las enseñanzas de su entorno con los impulsos más puros que brotan de su corazón. ¿Cómo puede desterrarlos si los está viviendo con la intensidad del primer pálpito? Y por otra parte… ¿cómo puede ella renunciar al clima cálido, confortable, atento y amoroso de los seres queridos? La bonhomía de sus sentimientos no se lo permite y ni siquiera su corto tiempo de vida le obliga a la elección.
Pero el director sí que nos muestra los resultados de esa elección en la figura de la hermana. Con parecidos atributos de carácter y sensibilidad ha sido inducida, por un entorno patológico y por una manipulación obscena en un momento decisivo de su vida, a los brazos de la negación, de la renuncia y del dolor más absurdo. Las secuencias permiten intuir que, de no existir una inmoral ocultación, su vida podría haber sido diferente y que su entrega a “la obra” viene determinada por un trauma primerizo que marcará definitivamente el resto de su vida.
-¿Cómo es posible que una madre haga algo así? –preguntó en voz alta mi hijo.
- Javier, lo terrible es que la persona no es mala y cree que está haciendo el bien.
- ¡Estas cosas me superan!...contestó.
Vinieron a mi memoria las palabras pronunciadas por el Premio Nobel de Física, Steven Weinberg:
“La religión es un insulto a la dignidad humana. Sin ella, habría gente buena haciendo el bien y gente mala haciendo el mal. Pero para que gente buena haga el mal, se necesita la religión".
«Camino» es una obra que te provoca una tremenda convulsión; que proporciona la información necesaria para el análisis, la reflexión y la profunda introspección en el alma humana; que retrata con gran sutileza los comportamientos más sublimes y ahonda en las oscuridades más sórdidas y tenebrosas de la irracionalidad dogmática. Los personajes componen una paleta de significados que va desde la pureza luminosa hasta la perversión manipuladora e interesada. Nada es gratuito. De tal forma que produce atracción y rechazo, emociona e irrita, duele y alivia, remueve sentimientos y motiva el pensamiento. Que cuestiona e invita al debate y la superación. En mi opinión, es su mayor virtud. Creo que Camino obliga a revisar nuestro “almacén” para comprobar si todo está en orden.
Revisando el mío, con la permanente inquietud de su correcta disposición, debo decir que sigo sin encontrar a Dios. Ni afirmo ni niego. Pero no me sirve cualquier respuesta ante lo desconocido. La fe, por definición, exige un ciego compromiso ante la falta de evidencias. Ahí reside su dogmatismo cuyo grado solo se mide por la mayor o menor radicalidad. Y sus consecuencias han sido y son devastadoras. Es precisamente ante ellas cuando no puedo por menos que manifestarme como “militante defensivo”.
Y parafraseando a Javier Krahe, en mi particular “camino”, “prefiero la duda a un mal axioma”
Febrero del 2009
PD.
Soy consciente de que mis apreciaciones no serán compartidas por muchos de los que las lean. En estos tiempos “políticamente correctos”, con frecuencia inusitada se acuñan frases que, por poco reflexionadas, se convierten en leyes indiscutibles. A raíz de la lucha contra la organización terrorista ETA y como medida inductora para que dejaran de matar, se dijo que “todas las ideas son respetables”, pero que no es admisible matar por ninguna; siendo evidente lo segundo, no proporciona carta de naturaleza a la estupidez de lo primero. No todas las ideas son respetables. Sí son respetables todas las personas, simplemente por el hecho de serlo.
En este sentido, no siento el menor respeto por las convicciones religiosas ni por los actos que de ellas se derivan; los únicos para mí apreciables son aquellos que igualmente se dan en laicos con el sentido ético derivado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Quiero, e incluso admiro, a muchas personas que profesan la fe religiosa. Obviamente no por eso, sino por cualidades que mueven mis sentimientos y mi estima. A ellos les digo que esta, es tan grande o mayor que la aversión que me produce su fe.
Me dolería que mis postulados disminuyeran el privilegio de la suya.

sábado, 17 de enero de 2009

No sos vos, soy yo




Recientemente, en un muy agradable almuerzo celebración de cumpleaños de una amiga, coincidimos varias personas entre las cuales se encontraban algunas relacionadas con el mundo del cine, teatro y televisión; dos actrices –una de ellas con reconocimiento nacional- y un joven guionista hijo de esta. La conversación, principalmente entre dos de ellos, versaba sobre los males y la falta de calidad del cine español; encontré los argumentos especialmente duros y críticos –todo lo que se hacía era malo- y sobre todo cuando lo comparaban con el cine americano; la verdad es que los criterios eran de carácter bastante técnico y , en mi opinión, se perdían algo en ellos; esta comparación llegaba hasta las series televisivas –sobre las que tengo poco interés- que no resistían la apuesta con las americanas tipo Dr. House, Prisión Breack, CSI, etc.
El resto de los presentes escuchábamos con gran atención lo que decían, con el respeto que merecen personas profesionales con el natural conocimiento de causa. Yo no estaba de acuerdo o, al menos, tan radicalmente como ellos lo planteaban.
Intervine –ante la sorpresa y la atención de todos- para mostrar mi desacuerdo. “Creo que las descalificaciones hacen referencia al oficio, a las formas y a los medios; en ese sentido no tengo nada que objetar ni minimizar su importancia. Pero el problema radica en que ese cine que vosotros sublimáis, poseyendo todo lo que decís “no tiene nada que contar”; es como un marco doble, con paspartú y espejo que contiene un lienzo sin el menor interés. Entiendo que –si no exclusivamente el español – el cine hispano, nos ofrece buenos ejemplos de muy notable calidad que sortea la carencia de medios con indudable talento; llegaría mas lejos: en la mayor parte de los casos, no los necesita”.
Mi querida amiga Luisa – gran actriz- me dio la razón que luego fue compartida por todos; especialmente cuando profundizamos en consideraciones sobre el cine hispanoamericano con las referencias de Argentina, Chile, Colombia, Cuba, etc.

Anticipo este largo preámbulo pues vino a mi memoria al disfrutar por segunda vez –esto de visionar dos veces las películas que me gustan se está convirtiendo en un hábito- la excelente comedia de Juan Taratuto, “No sos vos, soy yo”, pues es un claro ejemplo, entre muchos, de los argumentos que dieron pie a mi intervención en aquella tertulia. Con poco presupuesto y sin florituras ni efectos especiales pero con una historia cotidiana brillantemente contada y con un puñado de actores entregados, que “viven” su desarrollo como si no actuaran, obtiene un resultado más que notable.
Se trata de una comedia en la que Javier, un joven cirujano recientemente casado y enamorado de su mujer, decide emprender una nueva etapa en Estados Unidos, país en el que María le confirma grandes oportunidades; pero poco antes de ir a reunirse con ella y consecuencia de su estancia, María le comunica que se ha enamorado de otro hombre y deben terminar su relación. El shock producido y su posterior evolución constituyen el hilo argumental que dará desarrollo a las experiencias emocionales del protagonista. Si Chaplin dijo –creo que fue él- “que la vida desde cerca es una tragedia pero vista de lejos es una comedia”, Taratuto, a través de la excelente interpretación de Diego Perreti, consigue a la perfección evidenciar esa realidad. La existencia de Javier, que ha basado toda su vida en un proyecto común, se desmorona en la más profunda desesperación; la “tragedia” de su abandono, la vive con tal intensidad que recuerda esas emociones juveniles que, con el tiempo, a todos nos provocaron sonrisas.
Primero trata angustiosamente de aferrarse a la negación de lo evidente, focalizando su mente en la imposibilidad de la realidad que está viviendo, involucrando a sus amigos hasta el límite de la paciencia y a su psicoanalista en interminables sesiones, que oscilan permanentemente como un péndulo, sin que sus argumentos obtengan el mínimo éxito; estas conversaciones en dos ámbitos, provocan situaciones y escenas de la mayor hilaridad con el tenue fondo de la ternura y la sonrisa cómplice; especialmente divertida es la escena en la que el psicoanalista, en un intento de proporcionarle argumentos de peso, le cita el pensamiento de Borges: “a mí Borges, me chupa un huevo”, es la respuesta obcecada de su “tragedia” que no admite “milongas”.
Con posterioridad, intenta asumir la realidad y superarla de forma alocada en un mimetismo precipitado de los comportamientos que le rodean; esta búsqueda urgente en suplir lo que perdió, determina las escenas más cómicas y tiernas del filme. Es la evidencia de que Javier, echa de menos a alguien pero también algo. En cierta manera se plantea la pregunta que otro autor literario argentino, Carlos Chernov, nos expone en su libro “El amante imperfecto”: ¿La amamos porque es bella o es bella porque la amamos? ¿Nos enamoramos de alguien o de algo que nos seduce de ese alguien?
Taratuto consigue que los espectadores compartamos sus sentimientos, pues plantea su película como unas charlas entre amigos, en la que todos, en cierta medida, nos reconocemos; lo que se cuenta es predecible, pero la desnudez de su exposición consigue hacerlo sorprendente con chispazos que recuerdan – no en vano lo califican como el Woody Allen porteño- al mejor cine del americano.
No puedo dejar de resaltar la excelente banda sonora, contrapunto exacto a cada momento anímico, con los magníficos temas de Jorge Drexler y Andrés Calamaro.

Por último, ese resumen final del inútil reencuentro con María y que da pie al título de la película al modo de un epílogo: “Al principio fue una gran angustia que se transformó en un dolor profundo y, con el tiempo, derivó en una gran tristeza; hasta que un día, te levantas y compruebas que todo está bien” “No sos vos, María, soy yo”

Lo dicho, pocos medios y mucho talento.

Zaragoza, 17 de Enero del 2009