domingo, 14 de diciembre de 2008

Princesas




El pasado puente de la Constitución volví a ver la película de Fernando León de Aranoa, “Princesas”, además del excelente making-off que la acompaña en la edición en DVD. La volví a disfrutar como el primer día, con el añadido que proporcionan las revisiones y que permite una mejor reflexión en la medida en que la trama argumental y el desarrollo son conocidos.
El director propone un recorrido sobre el mundo de la prostitución con una mirada tierna que no elude, de ningún modo, la profundidad. Tres espacios destacan, dos de ellos físicos – la calle y la peluquería- y un tercero de carácter emocional. El primero y que dará título al tema musical de Manu Chao, es la calle. La calle como espacio vital, jungla de lucha por la supervivencia, medio de comunicación e intercambio y ámbito de libertad. Una calle plena de gentes de diverso pelaje, multirracial, activa, y que, a lo largo de toda la película se ve acompañada por los rayos del sol - permanentemente iluminando la plaza- como inseparables compañeros y que adquieren el sentido de metáfora de vida, alegría y esperanza. En ese espacio cósmico se establece el segundo, la peluquería –como una burbuja íntima- en la que se dibujan los personajes, su pálpito más personal, sus frustraciones, carencias e ilusiones; los diálogos, desnudan la verdad de cada uno de ellos provocando la hilaridad cómplice que derivan siempre los inocentes. Porque ellas son las verdaderas inocentes de la historia: las putas. Esta dimensión alcanza su mayor expresividad en el espacio etéreo de las conversaciones entre las dos principales protagonistas del filme: “Calle” y la prostituta dominicana, ambas arrojadas al sórdido mundo del alquiler físico, desde la desesperanza de la una y desde la desesperación de la otra. En esos primeros planos, la comunicación gestual, las modulaciones sonoras y, sobre todo, las miradas, nos revelan la verdadera bondad de estos personajes desvalidos. Esas miradas que, en sus citas en las cafeterías, se dirigen a los ventanales en la búsqueda esperanzada de un horizonte liberador.
Entre los múltiples aspectos destacables de la película, sobresale la colosal interpretación de Candela Peña. Todo en ella es adorable. La natural asepsia y determinación de sus entregas laborales, su ilusionado encuentro amoroso que la traslada a los primeros estadios de inocencia y la dolorosa evidencia del callejón sin salida, los aborda con plenitud de matices y con una sencillez conmovedora.
Los segundos en los que evoca la posibilidad onírica de que alguien, simplemente, “la vaya a buscar al trabajo”, son de una expresividad que cautiva desde la emoción más profunda. ¡Para enamorarse de ti Candela…o “Calle”!
Pero el retrato y la historia quedarían incompletos sin aludir a la otra parte del mundo de la prostitución: los clientes. Entre las variadas tipologías que los conforman –en definitiva casi todos- , Fernando León los reduce a tres: los frívolos –bastante inocentes en su dimensión primaria-, los trastornados – verdugos y víctimas de su perversa inclinación- y los repugnantes machistas que uno encuentra a cada paso y que intuyo que componen el material más numeroso.
Jamás me gustó el ejercer de juez de comportamientos ajenos, los cual no excluye mi lícita opinión. También, que es evidente que si alguien vende es porque otros están dispuestos a comprar y no a la inversa. Y diré también, que tengo muy poca vocación de lanzar piedras. Pero hay una clase de individuos que siempre me causaron una especial aversión. Uno los puede ver en las cafeterías, normalmente, en zonas casi propias, siempre en pequeños grupos, con copa en una mano y cigarrillo en la otra, mostrando la prepotencia en sus sonrisas y ensuciando con su mirada a toda mujer que se encuentre, entre o salga del local. Mediocres que en el momento en que se sienten aupados a una posición dominante, aprovechan para mostrar todas sus miserias; esa mezquindad no distingue sexos –se ríen del tonto, del discapacitado, del deforme, de todo el que consideran por debajo-, pero tienen una cierta predilección por el género femenino, – supongo que para ellos sigue siendo el “débil”- que se convierte en blanco de sus comentarios más obscenos y vejadores. Si en alguna ocasión y por circunstancias me he tenido que ver entre ellos, siempre busqué el pretexto para salir por piernas. Me sentía entre cerdos.
Este perfil de fulanos lo dibuja el director de forma magistral; ese grupo de “amigotes” que anteponen a la diversión o al sexo, la manifestación grotesca de su propia autoafirmación y masculinidad y que acaba en una exhibición de pobreza moral repugnante.
La escena en que “Calle”, en medio de su ilusionado encuentro amoroso, se ve obligada a realizar una felación a un cliente para evitar la delación y la destrucción de su sueño, y las risas que se observan en su mesa de amigos, tan expresivas que aunque los comentarios no lleguen al espectador, se pueden imaginar:
-   ¿te lo hizo?
-   ¡Uf! me lo hizo de la “hostia”, pues has tardado poco…
-    es que la situación me puso a cien
-    mírala ahí…con esa carita…como si no hubiera hecho nada
-    jajajajaja
-    tío…,¡eres la leche!
En unos minutos se alcanza el clímax dramático de la acción, desnudando la impunidad de un comportamiento tan lamentable que consigue que las risas duelan.
Por último, haré referencia a lo que para mí ha sido un descubrimiento tanto artístico como humano: Manu Chao. La excelente canción de “Calle” inspirada en el nombre de la protagonista, consigue en unos cuantos versos poner en valor la vida, el dolor, los vacíos, los sentimientos y las esperanzas de un colectivo tan despreciado como utilizado. Los acordes musicales que lo sostienen, abren de forma sonora la evocación a la alegría que “algún día llegará”. Como él mismo explica en las entrevistas del making-off, más que un trabajo, fue una experiencia vital tan gozosa como enriquecedora. Seguro que es porque él no hizo como los personajes que pone en boca de su protagonista, “Calle”, en su precioso tema:
“me llaman guapa siempre a deshora”.
Zaragoza, diciembre de 2008

jueves, 4 de diciembre de 2008

Al otro lado







El sábado pasado vi la película “Al otro lado” del cineasta turco Fatih Akin. Esta película aborda seis historias entrecruzadas con el fondo del contraste de culturas y nos muestra las soledades, sentimientos, sueños, luchas y la incomunicación de los personajes y con la muerte como final y principio de las cosas. Plásticamente la película es de una notable belleza, en la que abundan los lentos primeros planos, en búsqueda de una expresividad de sentimientos inspirada en la cinematografía sueca, pero con estética y un tempo mediterráneos, que le confieren una proximidad vital de gran hermosura y lucidez. Con el soporte de una rocambolesca historia en la que, de diferente manera y en ignorancia, intervienen los seis personajes, el cineasta va tejiendo una maraña de emociones que concluyen en la esperanza como escape final.
Dicho todo lo que antecede, quisiera entrar ahora en algunos aspectos de la película- en realidad uno- que a mí me han impactado y emocionado especialmente. Siendo cierto que habla de la casualidad, de las relaciones interpersonales, del otro lado, del amor, de los afectos, de la fortuna, etc., creo que hay uno que destaca por encima de los demás y que “preside” la interrelación de todos ellos. Y es la relación padres/hijos/padres. Y que esta relación, no siendo así en origen, concluye en un desarrollo monoparental, determinando unos matices emocionales que marcan una cierta diferencia e intensidad. La madre -sola-, que se prostituye con el único objetivo de proporcionar un futuro mejor para su lejana hija; la madre -sola-, que observa, con mayor impotencia que reprobación, como su hija -fiel reflejo de sí misma- asume peligros que, conocidos por su experiencia, trata de evitar; el padre -solo-, que dedica su vida “al otro lado”, a que su hijo tenga un brillante futuro “en este lado”, y que, en su etapa final, considerando la misión como cumplida, solo busca un mínimo afecto y calor, aunque sea comprado.
La madre oliendo la ropa en un recuerdo desesperado; el grito desgarrador de la hija al teléfono desconectado, en un ¡mamá!, –magnífico doblaje-, emocionado y suplicante; la mirada solícita de aprobación del padre al hijo, me parecen elementos magistrales de expresividad emocional.
Esos aspectos son los que más me han conmovido. La supremacía de la ley natural ante cualquier condicionante atávico, cultural o social. El lazo más profundo e incondicional del ser humano. Como dice Alfonso Guerra en su magnífico libro de memorias “Cuando el tiempo te alcanza”:

Un hijo, es la experiencia amorosa más intensa y continuada que puede vivir el ser humano.
Cuando niño, en la castrante enseñanza que los de nuestra edad sufrimos, recuerdo la Enciclopedia -en su apartado de Historia de España- en la que destacaba la sublimación del “régimen” hacia figuras como las de Guzmán el Bueno o el General Moscardó. Siempre me causaron malestar. No podía comprender como un padre –a pesar del deber (sic), de la patria, y de todo lo quieran-, podía, incluso, proporcionar el puñal para matar a su hijo. Es evidente que ni la edad ni los tiempos, propiciaban el poner objeciones ni dar réplicas al autorizado maestro. En mi ignorancia, solo podía ver que todos estaban de acuerdo en algo que no me gustaba.

Estos recuerdos vinieron a mi memoria al final de la excelente película de Fatih Akin, cuando al tratar de explicar la fiesta del cordero a la madre alemana, el hijo recuerda la pregunta a su padre cuando era niño:
-padre, si Dios te lo pidiera, ¿me sacrificarías como hizo el profeta Ibrahim?
- hijo mío, me enemistaría con Dios con tal de protegerte.

Sentado en la playa con el hijo, mirando hacia el horizonte en espera de su padre, aún sabiendo que el mío no regresará, concluí, definitivamente, que me gustaba mucho más que Guzmán el Bueno y que si Dios existe, debería comprenderlo.